In/ficción

Crítica cultural sobre infecciones por literatura, cine, filosofía, ensayo, …

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La ciencia se pronuncia contra mi libro Negro

Más razón que un santo

Foucault forever

Creo que el pensador Michel Foucault permite entender una cierta reacción que he observado en algunos de los amigos de Félix Romeo a los que entrevisté para elaborar Negro, un libro en que Félix (o mi imagen de él, perdón) es el protagonista junto a un servidor. Foucault define los saberes-poderes como discursos privilegiados que el poder potencia, alienta, reconoce y homologa en todas las sociedades, y que invisten de verdad a sus expertos, divulgadores o aprendices. Uno de esos saberes-poderes en nuestra modernidad es el discurso científico o, mejor, cientificista. Dice: La ciencia es la avanzadilla de nuestra humanidad, la bendita probeta en la que se enroscan las verdades ocultas de la materia, la mismísima guerra al misterio, a lo oscuro y a lo negro. El científico deviene así el santo sacerdote de esos oficios prometeicos y lumínicos, la encarnación misma del sacrosanto progreso. Pero la ciencia no se queda en los laboratorios, se extiende como la agencia de calidad de nuestro conocimiento y se torna humana, social, económica, periodística, lo que se quiera. Y al final es la ciencia la que decide si puedes dar clases, si tienes que ingresar en un sanatorio mental, si tus hábitos son adecuados o tus escritos aceptables.
Daniel Gascón es uno de esos amigos de Félix Romeo damnificados por Negro y ha escrito un artículo científico, prolijo y maratoniano sobre mi libro

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Juego de tronos, un sombrío mito fundacional

Cuando era un freaky e investigaba a Tolkien aprendí que éste había decidido escribir su obra magna, El Señor de los anillos, porque había estado leyendo las sagas islandesas Leer el resto de esta entrada »

Ensayo Z llega a Madrid

¿Somos zombis?

El próximo jueves día 22 de Marzo, a las 19:30 h., en la librería Estudio en Escarlata (C/ Guzmán El Bueno, 46  28015 Madrid), tendrá lugar la presentación de mi último libro Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera (Berenice, 2012). Leer el resto de esta entrada »

Otra Alaska que cuestiona lo humano (Reseña de “Caribou Island”, de David Vann, Random House Mondadori, Barcelona, 2011)

No me refiero a esta Alaska

Después de Sukkwan Island (2010), cuyo título en inglés era Legend of a Suicide, llega a España la traducción de Caribou Island (trad. Luis Murillo Fort). El autor, David Vann, se pasó por la librería Laie de Barcelona para presentar su libro. Allí pude conocerle y charlar un rato con él, que no parece en absoluto un personaje de sus novelas (es muy amable y simpático): aunque quizás vaya puestísimo de inhibidores selectivos de la serotonina –léase PROZAC, p.e.

Pero vayamos a lo que nos ocupa. David Vann sigue situando a sus personajes en su tan conocida Alaska (el estado de los Estados Unidos de América), cuyos panoramas describe con minucia y maestría –aunque me dijo que su próxima novela se desarrollará en California; continúa frecuentando temas que combinan a la perfección con aquellos gélidos parajes, aunque en esta ocasión la trama transcurre en un verano apresurado que vuela hacia su propia extinción; y permanece fiel a su género, la tragedia de libro, perfectamente taraceada en su forma y canónicamente anunciada desde el principio, con un concentrado primer párrafo en que se urde ya el futuro viaje del lector.

En el mismísimo arranque de la novela leemos cómo Irene, la madre de la familia cuyo retrato se nos va a hacer en este relato, le cuenta a su hija treintañera, Rhoda, la última imagen que tiene de la abuela: “Mi madre no era real. Era un sueño prematuro, una esperanza. Era un lugar. Nevado, como este, y frío. Una casa de madera en el monte, con un río más abajo. Día nublado, la vieja pintura de los edificios más luminosos como por efecto de la luz atrapada, y yo volvía a casa del colegio. Diez años de edad caminando, sola, caminando por los trechos de nieve sucia del patio, caminando hacia el angosto porche. No recuerdo qué fue lo que pensé entonces, no consigo recordar quién era yo ni lo que sentí. Todo eso desapareció, se ha borrado. Abrí la puerta principal y me encontré a mi madre colgada de las vigas. Lo siento, dije, volví sobre mis pasos y cerré la puerta” (p. 7).

Desde el mismísimo comienzo se abre la grieta por donde va a desaguar lentamente toda esa familia, como una mera avanzadilla de la civilización que en Alaska (el estado) encuentra su ápice. El fresco es generoso en matices. La naturaleza es descrita con detallada ampulosidad que muchas veces se desborda en poéticos instantes, en que el autor asume funciones incluso de taxidermista. Pero vayamos a los personajes. O mejor dicho, a las parejas, porque ésta es una narración sobre la muerte del hombre, pero, sobre todo, sobre la desaparición lenta y progresiva de la humanidad a partir del suicidio que está viviendo el matrimonio. Es verdad que Vann no se entrega a la hipérbole en este particular, como lo hizo Michael Haneke en una película como El séptimo continente (1989). Es un científico realista levantando acta de defunción de los humanismos. Sin embargo, tal y como acostumbra, el autor ha escrito este libro con su sangre, inspirándose en personajes reales que ha conocido a lo largo de su intensa biografía, algunos de ellos muy cercanos a él, como es el caso de su padre, que protagonizaba el primero de sus libros traducidos al español.

Las parejas que aparecen en la triste historia que se nos cuenta son cuatro. Dos de ellas son centrales en la trama, las otras dos funcionan más bien como tipos sociológicos, como elementos masivamente presentes en nuestros días en las sociedades occidentales. Además, cabe decir, todas estas parejas excepto una forman parte de un mismo árbol genealógico. Con lo cual, asistimos con el progreso de la narración a los efectos degenerativos producidos por la pulsión de muerte que anida en las mismísimas raíces de la familia, que en nada es ayudada por su entorno social, entregado al entretenimiento, el mercantilismo y la superficialidad. Todo parece conducir, fatalmente, a la trivialización de la vida en su gran variedad de posibilidades.

Por un lado tenemos a Irene y a Gary, los padres recién jubilados, cuyas vidas están signadas individualmente por el fracaso. Su pasado en común se convierte, renglón tras renglón, en una impedimenta que se muestra cada vez más insoportable, hasta que algo se rompe y la Moira se convierte en un animal hambriento e imparable. Irene está lastrada por esa hecatombe personal que es la eterna desesperación simbolizada por el cuerpo inerme y suicida de su propia madre. Gary es un filólogo frustrado que dejó a medias su doctorado sobre las sagas islandesas no sabe bien por qué, como si su vida fuese un mero precipitado del azar, que, con mano maligna, le hubiese guiado hacia su situación actual a través de su continuo intento de fuga hacia los paraísos artificiales, que en su caso son siempre futuras ficciones en que él se convierte en una especie de guerrero feliz en una inexistente y originaria aldea vikinga. Esta táctica de evitación, este impulso que le hace huir, es precisamente el origen de la actividad que domina buena parte de la novela: la construcción de una cabaña en una diminuta isla alaskeña en la que irse a pasar el invierno la pareja, como queriéndose simbolizar con ello su congelación final y total. A punto de terminar su realización, Gary se da cuenta de que: “era preocupante, algo no andaba bien. Como si el matrimonio hubiera logrado sacar lo peor que llevaba dentro” (p. 259). Y mira su futuro refugio y leemos: “Lo que tenía delante era, sin ninguna duda, la cabaña más fea que había visto jamás, un engendro, algo mal concebido y mal construido de principio a fin. La exteriorización de cómo había enfocado su vida, pero no de lo que él podría haber sido. Esa forma externa más auténtica se había perdido, no había tenido lugar, pero Gary ya no estaba triste, ni siquiera tenía rabia. Eso era así, por fin lo había comprendido” (p. 260). Parece aquí que la muerte ya ha ganado su partida, ha esterilizado el deseo, lo ha vaciado y convencido de que no tiene lugar en este mundo.

La otra pareja central en nuestro relato es la formada por Rhoda (hija de Irene y Gary) y Jim, el adinerado dentista del pueblo. En un principio aparentan constituir un modelo positivo y burgués. Sin embargo, el lector se va apercibiendo de la predominancia en ellos de la mera fachada y el engaño. Rhoda sueña con el idílico día de su boda en Hawai, pero sabe “lo sola que podría sentirse una vez casada”. Jim –personaje inspirado, según Vann, en su propio padre- vive esperpénticamente la crisis de los cuarenta y le es secretamente infiel a su compañera con una esbelta jovencita, venida del sur para pasar las vacaciones, que acaba haciéndose pagar generosamente sus favores sexuales, chantaje mediante, justo antes de abandonarle. Las cábalas existenciales de este hombre maduro parecen prestarle la voz a un eventual jaque sufrido por el mismísimo American way of life: “En el fondo, la cuestión era qué estaba haciendo con su vida. No era creyente, y en su oficio difícilmente se llegaba a ser famoso o poderoso. Esos eran los tres grandes pilares: fe, fama y poder. Suficientes, en principio, para justificar toda una vida, o cuando menos hacerte pensar que la vida tenía sentido. Todo aquel rollo de ser un buen tío, de tratar bien a la gente, de estar con la familia era eso, un rollo, porque no tenía ninguna base firme. No existía una tarjeta de puntuación cósmica. A algunos, aparentemente, les funcionaba tener hijos, pero en realidad no. Mentían, porque habían perdido sus propias vidas y era demasiado tarde. Y el dinero, por sí solo, no significaba nada. De modo que únicamente quedaba una cosa, el sexo, y en este sentido el dinero podía ayudar (…) De pie ante el fregadero, mientras lavaba la lechuga, Jim encontró la solución. Dedicaría el resto de su vida al sexo” (p. 154).

También encontramos mínimamente caracterizado a Mark, el hermano de Rhoda, hijo de Irene y de Jim, que se dedica sobre todo a cultivar, vender y fumar marihuana, a pescar salmones de madrugada en un barco mediano, y a pasárselo bien con extravagantes amigos de disfrutan como niños de cosas tan estúpidas como llevar chaquetas de Hello Kitty mientras se agreden en carreras de Karts. De él se nos dice escuetamente que “para Mark cada día era un chiste, la vida un puto chiste” (p. 272). También se nos habla de su relación con su novia, con la que vive, una simplona que le acompaña en su travesía por esa sucesión de pasatiempos que para ellos es la existencia. Y la última pareja es la más volátil de todas, constituida por los dos jovencitos pijos que visitan Alaska en tienda de campaña durante el verano: Monique y Carl. Entre ellos tienen una especie de pacto de libertad total, pero mientras el chico está perdidamente colgado de la chica, la cosa no funciona tan matemáticamente a la inversa, ya que ella es bastante proclive a capitalizar su belleza y frivolidad en furtivas y lucrativas aventuras, de las que ya hemos mencionado algún ejemplo.

Los componentes del cóctel son estos. La novela los agita y confabula para verterlos luego en un magnífico combinado que no tiene rastro de dulzura, sino que invita a entender los sentimientos más depresivos, a degustar la espesa textura de la ineluctable tragedia, a vislumbrar los blanquecinos y espumosos tonos del más circular apocalipsis. Sin embargo, pese a terminar la cosa cerrándose en cierto modo en lo tocante a los padres, el autor, con una técnica sin igual, deja que el resto de peripecias conyugales sean clausuradas en la imaginación del lector, sin querer esto decir que algo escape del fatum.

Abandonado ya el libro, uno rememora el amargo eco de un sordo vaticinio que resurge de las rumorosas somnolencias del recuerdo textual: la medicina para nuestra sociedad no puede ser una receta negativa compuesta de abstinencias y privaciones, o una positiva, hilada de mentirosos romanticismos; se necesitan hechos que descerrajen los cerrojos de esta realidad, insondablemente cautiva de la mediocridad, que aquí retrata con soberbia Vann. Quizás, como intuye el mismo escritor, podría suceder algo que girase las tornas de nuestro destino y nos devolviese la condición de hombres, tan añorada por polichinelas manejados por griegos y caprichosos dioses. Pero tendría que ser algo excepcional, capaz de desembozar horizontes. Algo que Gary cree no haber encontrado en toda su existencia, y que ya no encontrará. Por eso el narrador nos cuenta: “En muchos sentidos, su estilo de vida había sido bueno. Sin tele. Sin internet. Sin teléfono. Solamente el lago, el bosque, la casa, los hijos, ir al pueblo para trabajar y comprar víveres. Visto así, no había estado nada mal. Un tipo de vida que tenía algo de elemental. Algo que podría haber sido auténtico de no ser porque en el fondo era una simple distracción, una suerte de mentira, para Gary. Si él hubiera sido auténtico, habrían podido serlo la vida de los otros” (p. 242).

Pongámosle, sin embargo, un pero. Pese a la impecable factura formal, pese al final, capaz de sostener la búsqueda trapecista de sentido del relato por parte del lector, sentimos añoranza de la huella de esperanza que rastreamos a veces en McCarthy. Una débil centella, un agónico rescoldo de tibio fulgor. No pediríamos más, en mitad de ésta, la más ártica e infranqueable de las tormentas descargadas sobre lo humano, tan frágil (a este respecto véase Melancolía (Von Trier, 2011) –especialmente el prólogo).

Jorge Martínez Lucena

La nueva Eva: una inmaculada cortesana (Reseña de “Fin”, de David Monteagudo, El acantilado, 2009)

Clara Lago interpreta a Eva en la adaptación cinematográfica de "Fin"

Acaba de aparecer Brañaganda (David Monteagudo, 2011) y la crítica no está tratándola demasiado bien. Según parece, ésta fue la primera novela de su autor. Sin embargo, Vallcorba prefirió publicar primero Fin (2009). Por eso, escribiendo una reseña de ésta última estamos a la última, porque Fin es la novela de Monteagudo posterior a la que se acaba de publicar. Así, Fin es la última novela de David Monteagudo, un proletario de las letras. Con ella acaba de ganar el Premio Mandarache 2011. La verdad es que, pese a las dificultades iniciales en su lectura, debidas en su mayor parte a aspectos formales, al llegar al final del trayecto, se puede decir que esta opera prima (que no lo es) es más que satisfactoria.

El lector posmoderno entra de puntillas in media res, y se sorprende tejiendo paralelismos en su tupida red de referencias culturales. Se podría decir que las ideas creativas que circulan en un inicio para estructurar la trama parecen copias de películas ya vistas y libros ya leídos. Para empezar, vemos un grupo de amigos que, tras veinticinco años de vida separados, deciden reunirse en un lugar perdido en el campo, intentando ser fieles a una vaga promesa que entonces realizaron todos ellos contemplando las estrellas. Aquí resuenan en nuestra memoria narrativa filmes como Remake (Roger Gual, 2004) o, si nos queremos remontar un pelín más allá, Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992). Es verdad que la sorpresa que se encuentran una vez llegan a la casa perdida en el campo es algo diferente que la de estas dos películas, cogiendo lentamente las derivas del cine de terror. Pero los constantes diálogos cargados de nostalgia, los reproches y las amarguras remiten constante e irremisiblemente a aquellos referentes.

No acaba ahí la cosa. Las similitudes siguen titilando en los avisados órganos de reconocimiento del lector/espectador actual. Cuando la trama empieza a desplegarse, aparecen otras inevitables remembranzas literario-fílmicas. Por un lado, rememoramos la tan frecuentada novela de Agatha Christie, Diez negritos (1939), con esos personajes que son acusados de un crimen, para luego ir cayendo, sucesiva y lentamente, como moscas, del modo más incomprensible, pese a que en aquella novela y género se acababa despejando la incógnita del misterio, cosa que aquí ni se pretende. Aunque esta referencia se mezcla con una mucho más reciente; la de El proyecto de las brujas de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez. 1999), la película independiente más taquillera de la historia.

Por si fuera poco, junto a los ingredientes del drama y la novela policíaca, y los sorprendentes aditamentos de los nuevos horror movie, tenemos quizás el que acabará siendo el género predominante, la novela post-apocalíptica, y a este respecto no dejan de venirnos a la cabeza libros como el fantástico Mecanoscrito del segundo origen (1974), de Manuel de Pedrolo (el mismo autor lo reconoce), que para todos los que crecimos en Cataluña en los ochenta fue lectura obligatoria de bachillerato, que el mismo autor reconoce como influencia. Al que quizás habría que añadir ese fantástico conjunto de relatos de Pere Calders, también escrito en catalán y posteriormente traducido, Invasión sutil y otros cuentos (1978), que podríamos tildar de surrealismo sutil, algo que también podría calificar ciertos momentos mágicos del escrito que nos ocupa. Como cuando una jauría de galgos aparentemente inofensivos, crece en oleadas, casi asintóticamente, llegando a convertirse en una inmensa amenaza húmeda y hambrienta como los hocicos de los canes, en una gasolinera donde los supervivientes se han detenido a reponer víveres, en su peregrinación en bicicleta hacia la ciudad.

El resultado es un sobreabundante pastiche posmoderno. Aunque muy equilibrado formalmente por un innegable deseo de contención que preside el libro y que va liberando su estrecho yugo lentamente, abriéndose progresivamente a un mayor espacio para el comentario y el sentimiento de un narrador que al principio se quiere confundir con un lockeano punto invisible en el espacio, dejando poco recorrido para una lírica minimalista que sólo alcanza cotas preciosistas en los últimos capítulos. Esta draconiana e inicialmente molesta auto-imposición puede tener varias razones. Quizás es algún tipo de obsesión clasicista –el autor, en una entrevista, dice que no pierde el tiempo leyendo novedades y que sólo lee ya a los clásicos. O, directa y simplemente, está facilitando, junto con su gran despliegue de diálogos, la construcción de un futurible guión cinematográfico que ya es realidad –el filme está en post-producción y si todo va bien será estrenada durante el próximo año: Fin (Jorge Torregrossa, 2012).

A toro pasado, el lector se da cuenta del magnífico alambique del relato. Todo está medido y recortado para que cuadre, para que se sostenga, incluso los momentos más delirantes, en que leones y tigres campan a sus anchas por los pueblos y las carreteras españolas. El mecanismo es de gran precisión: tenemos la culpa individual que alberga cada uno de los amigos convocados a la reunión, y una especie de amenaza fantasma que se cierne sobre la colectividad y que ha hecho desaparecer a todos los humanos de los alrededores. El juego entre ambas ideas es constante en la narración: es por eso que los personajes hacen el ejercicio que iría bien que hiciesen los habitantes de la actual crisis; se interrogan sobre la responsabilidad que tienen ellos, por sus acciones pasadas, en todo lo que está sucediendo, aunque lo hacen con un pensamiento nihilista que, en cuanto se formula, se identifica con la total desesperanza que prácticamente decae en desaparición. Lo vemos en la misma entraña del relato, que funciona como una buena metáfora de nuestro momento actual en Occidente. Ante la crisis de nuestra cultura, parece que el impulso razonable es la vuelta a nuestra tradición, a aquello que tiempo ha nos hizo progresar. Lo dice Ginés, el espontáneo líder del grupo, dirigiéndose a los demás: “No importa de qué escapemos… del Profeta, de un cataclismo nuclear, de nuestras propias conciencias… El resultado es el mismo: hay que seguir, hay que alejarse del núcleo, del problema, lo más posible y buscar la normalidad, la civilización… si es que aún existe” (p. 201).

Sin embargo, existe una sospecha de que esa civilización ya no existe, de que se ha esfumado con los cuerpos de los vivos. Lo verbaliza María cuando encuentran el cadáver de Andrés, el Profeta, en un coche accidentado en mitad de la carretera, y se da cuenta de que sólo han desaparecido los vivos: “estamos en un jodido mundo de muertos… se ve que los muertos no desaparecen” (p. 341). Así, encontramos en estas páginas un veredicto inicialmente pesimista. Occidente se ha visto reducido a la nada, llevaba en la entraña de su deseo de dominación total del mundo ese nihilismo imparable que ha aniquilado la joie de vivre en sus ciudadanos. Se lo advierte la más joven a Nieves, una de las integrantes de la banda: “Y tú crees que si estás… (…) que si estás siempre vigilando… si no dejas de pensar en eso… pues que no ocurrirá” (p. 264). Parece que, en esta sencilla retahíla, se pueda estar denotando el problema de Occidente, que ha pensado que con la dinámica racionalista y cientificista podría detener, prever y domeñar el continuo acontecer imprevisible de lo real. Este cansancio de lo antiguo, además, lo aseverarían hechos como que todos los personajes que van esfumándose como ráfagas de aire, justo antes de hacer mutis por el foro, manifiestan su profunda desesperanza. María, la única que pertenece a la generación de los veinteañeros, frente a la de los cuarentones desengañados de todo ideal, les dice: “yo no voy a abandonar la esperanza (…) Es verdad; no es para… para aumentar la moral del grupo: es que no me creo que no haya nada más; no… no puedo creerme que a mí, precisamente a mí, me haya tocado ver… ver el fin del mundo… y menos aún ser la última superviviente” (p. 265).

Existe pues, claramente, una nítida dialéctica entre lo natural y lo cultural, lo nuevo y lo viejo, lo agreste y la civilización en decadencia, lo animal y lo humano. Hay un claro intento de destronar las jerarquías: los jóvenes tienen esperanza frente a los maduros, los animales ya no aceptan el reinado del hombre, la oscuridad de las noches ya no se deja poblar por el artificio de la luz eléctrica, y, como colofón, María no es más que el nombre de guerra de Eva, la prostituta de lujo, que se convierte en la única posibilidad de nuevo inicio, con todas las connotaciones críticas que ello puede tener con respecto a la responsabilidad del cristianismo en el aburguesamiento social y la pérdida de la pasión por la aventura tan propia de lo humano. Ya decía Eliot, a pesar de sus creencias religiosas, que no tenía claro (aunque el no tenerlo claro dejaba claro que lo tenía) si había sido la humanidad la que había abandonado a la Iglesia o si había sido al revés. El final del libro nos deja, precisamente, en estas meditaciones, mientras leemos su última frase, donde el autor muestra que la concisión narrativa no era más que un recurso retórico, más o menos afortunado, pues domina también registros más enjundiosos del lenguaje: “El terreno que pisa empieza a descender en dirección a la ciudad, y nosotros, desde nuestro punto de vista, vemos cómo su cuerpo se va ocultando gradualmente, empezando por los pies, tras el horizonte cercano y transitorio del cambio de rasante: un horizonte de asfalto recalentado, licuado por la reverberación, que se va tragando a Eva parsimoniosamente, como si la chica se hundiera hasta las caderas, hasta la cintura, hasta los hombros, en el agua jabonosa y resbaladiza del espejismo, hasta que su oscura cabellera, sus últimos rizos, flotan unos instantes sobre el lecho de mercurio fundido, se convierten en una bola inestable, separada del asfalto, en un punto negro que se comprime agónicamente, hasta desaparecer” (p. 350). Si no se ha desvanecido en el aire como el resto, el único futuro de la humanidad se encarna en Eva, esa inmaculada cortesana, único lugar donde no vencen ni la culpa ni el dualismo.

Jorge Martínez Lucena

Sugestiones en la lírica eternal

Lana del Rey de Femme Fatale americana en Video Games

Soy partidario de la intemporal nebulosa, suave y coqueta, de algunos productos terminados que podríamos llamar eternales. El recientemente descubierto sadcore de Lana del Rey, inseparable de las imágenes de la misma presentes en el videoclip de su canción Video Games, donde parece imponerse un melancólico y sugerente auto-abandono. El cine lento, el cine de la Coppola, con el tiempo, apenas corriente, de filmes como Lost in Translation (2003) o María Antonieta (2006), similar al detenido latir de la vida de los tuberculosos de La Montaña Mágica (1924), o al casi imperceptible sonsonete de En busca del tiempo perdido (1913-1927), acreditado allí desde multitud de melifluas afirmaciones como la que dice: “(…) cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo” (Proust, 1995, p. 63).

Además de la fuga a los paraísos artificiales, subproducto de eternidad y de felicidad mecida en una inmanente y utópica indeterminación, este tipo de dilatados y gozosos bostezos estéticos podrían estar sugiriendo alguna otra cosa. Esta fragilidad del tiempo que inhiere a determinadas obras artísticas podría estar sumiéndonos en el sueño de la indiferencia ante determinada condición de lo real que nuestra civilización occidental ha tendido a pasar por alto. Si intentamos ponerle nombre a esta característica de las cosas: Steiner lo ha llamado presencias reales, Lévinas lo bautizó con el apodo de el Otro, Heidegger lo entendió como el Ser que se retrae ante todo intento de ser capturado por el entendimiento -probablemente, pensaba él, porque era la misma nada. Parece que obviamos cierto elemento constitutivo de lo real y nos deslizamos anfibios sobre nuestras experiencias en el intento de unificarlas mediante una igualación artificial de lo que sucede. Parece que ciertas narraciones violentan lo real luchando por una articulación de las propias vivencias que permitiría juntarlas, aunque fuese a costa de eliminar aquello que permite que las cosas sucedan, e irrumpan en el mundo de lo posible, precisamente a través de lo imposible, de lo que no puede ser comprendido por nuestra razón logocéntrica, pero que constituye la retaguardia y la puerta de todo aparecer en nuestro mundo. En este sentido, lo que se nos estaría ocultando, o quizás encantando, es ese trasfondo intermitente o esa eventualidad subyacente de cada presente, que quedarían licuados en una suerte de hipnótico flujo magmático exudado por el lenguaje y el texto, que nos transportaría a una cósmica cinta transportadora, serena secularización del sentimiento de la eternidad.

Toda esta belleza, me parece, embota nuestros sentidos y desvía nuestra atención, colaborando inadvertidamente con el nihilismo nietzscheano, que, como se recordará, consistía en convertir la realidad en fábula (Nietzsche, 1993, pp. 51-52), lo que se hacía viable por la eventual extirpación de ese elemento intrínseco de donación que abre toda realidad a su existencia, que era debidamente substituida por la ceguera de la voluntad de poder. Pese a todo, cuando uno escucha canciones, ve películas o lee libros como los mencionados, percibe esa belleza preñada de tristeza, y se ve inundado por la premonición que es toda ausencia. Por eso digo yo que lo más triste de todo es abandonarse al mero efecto sentimental de ese espeso pathos del tiempo ralentizado, interrumpiendo el precioso silencio, que, desde la misma vaciedad, bulle atrapado en nuestra conciencia, buscando espacios para manar en libertad desde nuestra memoria.

Bibliografía

Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos, Alainza, Madrid, 1993.

Proust, M., En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann, Alianza, Madrid, 1995.

Infección por In/ficción

Chupópteros de lo humano en la cultura

Nuestra cultura se ha visto despertada en los últimos tiempos por ciertas constataciones que el pensamiento más arteriosclerótico ha considerado heréticas. Mientras esto sucedía, en el otro polo ideológico había numerosos conciliábulos de lo políticamente correcto que se arrojaban a las furibundas llamas de la hoguera de los multi-todo. Uno de los campos de batalla donde este enfrentamiento ha permanecido inextinguible es el mismo concepto de frontera: entre literatura y filosofía, entre realidad y ficción, entre géneros de ficción y no-ficción,…
Con Derrida, sin embargo, se abre paso la posibilidad del acuerdo entre las mencionadas radicalizaciones intelectuales. Sus ideas de contaminación, diferencia, deconstrucción, tertium datur, double bind, etc. abren un nuevo modo de inteligencia más adaptado y flexible a nuestros tiempos posmodernos. Si se entiende el juego entre identidad y alteridad que se impone en esa ley que nos gobierna, llamada diferencia, vemos cómo resulta inevitable que toda realidad esté siendo invadida o infectada por su alteridad. Nada consigue persistir en su propia identidad sino como huella, como rastro o estela de su propia existencia. El sistema inmunológico de todo lo que nos encontramos es poroso a lo otro, que lo llena de ese parásito constante de lo ajeno. Somos auto-inmunes. Y, si atendemos a todo esto, las consecuencias que se cosechan en lo conceptual no tienen pérdida. Vemos entonces cómo muchos conceptos ampliamente aceptados ven disolverse la frontera que tradicionalmente se establecía entre ellos. Y el resultado no es la desaparición de las diferencias, sino la proliferación de las éstas, y con ello de las fronteras, con la consiguiente resistencia a la clasificación que esto conlleva.
El mismo Derrida ha desarrollado en su obra múltiples explicaciones de esa nueva lógica de la contaminación existente entre diferentes binomios. Se le ha acusado por ello de diversos pecados que nos parece que no ha cometido. No es que haya destruido las fronteras entre hombre/animal o literatura/filosofía, sino que ha descubierto pasadizos por donde se cuela la mutua infección conceptual. Si nos fijamos, por ejemplo, en el segundo de los casos citados y dejamos hablar al francés, éste nos dice:
“Siempre hay en lo que llamamos “filosófico” una adherencia a la lengua natural: ciertos filosofemas aparecen como profundamente indisociables del griego, el alemán, el latín, pero ello no constituye la parte literaria de la filosofía, sino que es, antes bien, algo que la filosofía comparte con la literatura. Y, a la inversa, hay en la literatura algo traducible, una promesa de traducción, esto es, un aspecto que no es ajeno a lo filosófico (…) Al igual que la literatura, la filosofía está indisociablemente ligada a los idiomas, a los corpora de las lenguas naturales. Entonces, desde este punto de vista, no puede decirse que haya una frontera –la lengua o la relación con la lengua, supongamos- entre filosofía y literatura” (Derrida y Ferraris, 2009, pp. 24-25).
En la filosofía encontramos el germen ininteligible y plurívoco de la literatura, mientras que, para la comunicabilidad de la literatura, se hace indispensable en ella el rastro de traducibilidad y universalidad propio de la filosofía. He aquí algo irrefutable que vemos enunciarse en distintos campos de la cultura: las antiguas categorías están mutuamente infectadas, y no es que se conviertan por ello en inservibles, sino que por ello se abren a la polisemia y a la miscelánea, tan practicada en los tiempos de la posmodernidad.
Tal sfumato de los límites lo podemos apreciar en otros ámbitos ya citados: ficción/realidad; ficción/no ficción; etc. Y lo curioso es que siempre tiene un efecto semántico tremendamente productivo. Lo podemos apreciar en la mockumentaries como Grizzly Man (Herzog, 2005), en los enojos y denuncias provocados por filmes como A serbian film (Srdjan Spasojevic, 2010), o en las atinadas y ya clásicas reflexiones de Paul Ricoeur (1987) sobre la relación mimética bidireccional entre experiencia temporal y narración.
Lo que me propongo en este blog no es otra cosa que situarme en el filo de todas y cada una de estas numerosas fronteras y hacerlas productivas en su ambivalencia, embarcándome en la búsqueda de espacios de significación para la vida actual y en la elaboración de gramáticas y semánticas de la infección desde las meras pruebas recopiladas en mi vida ordinaria como consumidor de literatura, cine, filosofía, etc. Así pues, desde aquí intentaré infectar un poco de mí a nuestra cultura, al tiempo que me veo infectado por ella. A eso es a lo que llamaré infección por In/ficción. Veremos si soy sostenido en el empeño…

 

Bibliografía
Derrida, J. y Ferraris, M., El gusto del secreto, Madrid, Amorrortu, 2009.
Ricoeur, P., Tiempo y narración. El tiempo narrado (T.3), Madrid, Cristiandad, 1987.

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