Reparar a los vivos (versión cinematográfica)

por In/ficción

Alice Taglioni interpreta a la pianista de la película

 

Dejo aquí esta reseña de una película francesa que me encargaron en un digital. Desgraciadamente no ha sido publicada porque no ha conseguido el visto bueno del censor, así que la lanzo por este tubo para que se pierda en la libertad del hiper-espacio de ceros y unos.

Reparar a los vivos (2016) sigue el rastro de una tradición cinematográfica francesa que consiste en adaptar a la gran pantalla novelas de éxito con cierta carga humanitaria. Quizás el mejor exponente de esta corriente, con cuatro nominaciones a los Oscar de la Academia, es La escafandra y la mariposa (2007), de Julian Schabel, que llevó al cine la historia real de Jean-Dominique Bauby, periodista y editor de Elle que quedó tetrapléjico y mudo a los 43 años tras un ataque cerebrovascular que le hizo redescubrir el mundo desde su único ojo hábil y volver a establecer contacto con él a través de una especie de morse en versión parpadeo. Otro ejemplo más reciente de esta veta de adaptaciones de bestsellers franceses es Intocable (2011), de Phillipe Pozzo di Borgo, un noble millonario accidentado que se ve obligado a restablecer su vínculo con el exterior, y en este caso lo conseguirá a través de su cuidador, un argelino en la realidad que se convierte en negro en el filme, imagino que por alguna razón visual.

Este tipo de historias suelen funcionar en taquilla de un modo similar a como lo han hecho en las librerías. Tienen un punto íntimo que provee, tanto al espectador como al lector, la oportunidad no solo de asistir a una emocionante historia de superación personal, sino también de sentir que se solidarizan con alguien damnificado por la existencia.

Su vínculo con este tipo de películas es lo que mejor funciona en Reparar a los vivos, novela de la escritora Maylis de Kerangal, publicada en 2014. Con La escafandra y la mariposa, comparte además la belleza salvaje y desenfadada de Emmanuelle Seigner, actriz de recuerdo imborrable por su fulgurante participación en aquella Frenético (1988) de su marido, Roman Polanski. Mientras que con Intocable coincide también en su editor en lengua hispana: Anagrama.

De Kerangal sigue fiel a la estructura narrativa coral que ya le dio resultado en su Nacimiento de un puente. En esta ocasión nos explica tres historias que no son más que tres visiones de la misma a través de personajes distintos. El grito humanitario que opera de reclamo en el conjunto son los trasplantes de órganos, poniendo el acento en la invisible heroicidad de la familia de los donantes.

En el primer relato asistimos a la tragedia y al impacto que esto tiene en los padres. La segunda visión está del lado de una de las receptoras, una violinista divorciada con dos hijos que no puede iniciar una nueva vida por una enfermedad cardíaca que la tiene postrada. La tercera narración está focalizada en el personal implicado en el trasplante.

El resultado coreográfico es notable. Usando un registro poético e intimista que a menudo cae en el melodrama lacrimógeno, desatando el llanto incluso en los críticos más encallecidos, Katell Quillévéré, la joven directora franco-belga, consigue fabricar momentos/escenas hipnóticas, como es el caso de la inicial, protagonizada por el surfista de diecisiete años que salta a la calle desde la ventana de su novia dormida en mitad de la noche para irse a cabalgar olas con los amigos.

Otro de los rasgos fílmicos de este largometraje que permiten vaticinarle un cierto éxito a la producción lo emparentan más con la tradición hollywoodiense que con la francesa. En un determinado sentido nos recuerda a Philadelphia (1993), del recientemente fallecido Jonathan Demme. En ella se emparejaban dos reivindicaciones en favor de minorías socialmente marginadas, el colectivo de los estigmatizados enfermos de SIDA y el colectivo homosexual, arrasado en aquella época por la enfermedad. Al invocar la compasión del espectador, y hacerlo tan bien, el incondicional abrazo imaginario conseguía extenderse desde el enfermo hasta las personas homosexuales, lo cual colaboró en su aceptación social de un modo innegable. Y ese progresivo cambio cultural fue el que, pocos años después, permitió el auge político de los nuevos derechos.

En el caso de Reparar a los vivos, tenemos entrelazadas dos causas nobles principales: la primera, iluminar la heroicidad de los familiares de los donantes; la segunda, el motivo de tan noble gesto: reparar a los vivos, esto es, darles una nueva oportunidad, aunque sea de un modo diferente, en este caso otorgado por la coordinación humana, la ciencia y el progreso. Pues bien, casualmente esta última y conmovedora causa coincide en la carne del personaje de este filme con una agradable y culta violinista que ha vivido un matrimonio heterosexual con el único resultado positivo de sus dos hijos, y que se ha enamorado de una preciosa pianista que le corresponde y con la que su corazón, no solo simbólicamente “roto” por el pasado, no le deja iniciar una nueva vida. Así, de un modo tan sencillo y euclidiano, la película pone la unánime retórica de los trasplantes a favor de los imaginarios sociales en pro de las reivindicaciones LGTBI, que, tanto en Estados Unidos como en Francia, coinciden últimamente con la legalización del matrimonio homosexual.

Una película, pues, digna de ser vista y llorada con un paquete de clínex a mano, que previsiblemente tendrá buen recorrido en cuanto a premios por delante.

 

Jorge Martínez Lucena

Anuncios