Marilyn y Elvis en el Reino de Picas

por In/ficción

No hacen falta palabras

Me complace compartir con vosotros un cuento que escribí el año pasado. Sirva esto de cajón exhibicionista.

En aquel tiempo Marilyn Monroe y Elvis Presley tenían 8 años. Eran hermanos mellizos y ambos tenían un pelo fantástico. Elvis lucía un tupé tremendamente original. Marilyn un moldeado rubio que era la envidia de todas las chicas. Ese día empezaban el nuevo curso. Pasaban de la clase de los sueños, en el piso 10, a la clase de los genios. Se lo merecían, les había dicho su madre al despedirlos a la puerta de casa. Acababan de volver de sus fabulosas vacaciones en Disneylandia, regalo de la Reina de Picas por su excelente rendimiento escolar. Un mes entero de lujo, sin padres, simplemente divirtiéndose, sin más complicaciones, viviendo en un hotel donde un simpático robot llamado Aladino los cuidó día y noche proveyéndoles de todo aquello que pedían. “Sus deseos son órdenes para mí”, decía el androide después de procesar sus peticiones. “Sus deseos son órdenes para mí”, aquellas palabras resonaban todavía en sus cabezas cuando desembarcaron en el rellano que les tocaba. Se habían acostumbrado a que les solucionasen sus necesidades con cierta inmediatez. Como decía el anuncio del Taller de Innovación Infantil (TII) al que habían asistido en el parque temático: “A lo bueno se acostumbra uno, y no hay que bajar el nivel”. Bajaron del ascensor con sus pantallas bajo el brazo, dispuestos a conocer a su nuevo tutor. No sabían nada de él. Simplemente habían abierto el mensaje que les había llegado desde el Ministerio. Decía claramente: “planta 22, clase de los genios, profesor K.” Era un nombre extraño. No conocían su origen entre las estrellas del sistema. Nunca habían visto a un actor o a un personaje llamado K. en pantalla. No habían visto nunca su foto. K. solo era una letra, en lugar de una imagen. Por eso, estaban impacientes por ver cómo era. Al fondo del pasillo se escuchaba jolgorio. Parecía que hubiese una fiesta. Se apresuraron en aquella dirección. Estaban todos sus amigos: morenos, contentos, saltando, gritando, chupando piruletas y acalorados. Elisabeth Taylor, James Dean, las gemelas Hepburn, Katherine y Audrey, Michael Jackson: todos habían pasado de curso. Ese año también se iban a divertir de lo lindo. Pero, ¿dónde estaba el profesor K.? Era verdad que no necesitaban demasiado a nadie para aprender: se aprendía jugando, se aprendía probando, se aprendía emprendiendo, como decía el himno de aquel centro educativo, pero a veces venía bien la presencia de un adulto, aunque solo fuese como dinamizador, como solucionador de problemas desquiciantes, como proveedor de necesidades puntuales para las que todavía no se hubiese llegado a la completa autonomía. Su ausencia, lo habían comprobado el curso pasado, podía ocasionar, aunque fuese puntualmente, momentos de ansiedad intolerables. Las hermanas Hepburn habían llegado a hiperventilar por no encontrar sus disfraces de super-heroínas. No sabían dónde los habían puesto después del carnaval y les había surgido la irrefrenable necesidad de enfundarse de nuevo en aquellas licras. Querían convertirse en Catwoman y en Wonderwoman y no estaba la profesora Barbie para decirles dónde estaban.

Se cortó el hilo musical apenas perceptible que había estado sonando, “We are the champions”, y se hizo el silencio cuando entró un hombre muy alto y muy delgado vestido con un traje negro que le iba bastante estrecho y corto, y con una corbata negra muy fina. Tenía una enorme nariz, poco pelo muy negro y una afiladas cejas en forma de uve invertida que coronaban unos ojos diminutos y azabache, como de tiburón. Caminaba encorvado, deslizándose sigilosa y rápidamente, aunque con cierta dificultad, como si la ropa fuese de su hermano pequeño. Marilyn y Elvis sintieron una cierta extrañeza común. Les solía pasar. A ratos tenían una especie de telepatía emocional. Se miraron a los ojos y no les hizo falta decirse nada: nunca habían conocido a nadie tan raro. Estaban acostumbrados a los modelitos de su tutora del curso anterior, la profesora Barbie. Colorido, espectacularidad, impacto, impresionismo, eso era lo normal, y no aquel traje como encogido que no dejaba ni respirar. Solo de mirarlo ya entraba un poco de estrés y de opresión en el pecho.

Pese a su extravagancia, el profesor K. demostró por qué le habían concedido el puesto de tutor en la clase de los genios. A su alrededor siempre se creaba una zona meditabunda, una especie de aureola hecha de expectación. Su presencia era un altivo interrogante que secretamente prometía respuesta.

Gracias a aquella predisposición que alentaba, la clase pudo iniciar ciertas actividades que hasta entonces no había sido posible realizar como grupo. La lectura de cuentos fue una de las más significativas. El profesor K. atenuaba la iluminación natural bajando las persianas eléctricas de los enormes ventanales y les pedía que guardasen sus pantallas, se tumbasen en los tatamis, practicasen durante un minuto la respiración abdominal y aquella voz aterciopelada empezaba a hilar un relato que a muchos de los niños los sumía en un estado de semiinconsciencia. A veces leía los fascículos editados con tal propósito por parte del Ministerio, básicamente modulaciones o versiones de los dos relatos fundacionales de la democracia del Reino de Picas: el de la niña que se convierte en una artista famosa y el del niño que se convierte en triunfador multimillonario. El cambio estaba en los protagonistas –a veces eran perros, a veces eran gatos, otras veces eran Pretty Woman, Hannah Montana, Peter Pan y Wendy, Justin Bieber, Blancanieves, El Rey León, Drew Barrymore, Luke Skywalker, Bambi o Pocahontas- pero la historia era siempre la misma. Movimiento sostenido en el optimismo más invulnerable. Un mínimo conflicto que previsiblemente llevaba a la constante y esperada consumación de la felicidad. En ciertas ocasiones, sin embargo, aprovechando la penumbra de la clase, cogía alguno de aquellos libritos oficiales pero ni siquiera los abría, y su voz se alzaba primero tenue y luego poderosa en la ludoteca, contando una historia que parecía proceder de lugares recónditos de su persona. Cuando le escuchaban era difícil no volver a pensar, como los antiguos, que los hombres tenían alma, dudando de alguno de aquellos aforismos primordiales del Reino que les habían enseñado el curso anterior: “La ciencia es la única verdad y se puede demostrar científicamente” o “La felicidad sólo se encuentra en el movimiento hacia la felicidad”. Todos aquellos anuncios a través de los que habían aprendido los principios básicos de la sociedad y que seguían poniéndoles de vez en cuando, eran tan coloridos, tan luminosos, tan alegres, estaban tan bien rodados y montados a velocidad fulmínea, parecían tan seguros de sí mismos, que al lado de K. parecían una simplificación de la vida y se tornaban huecos, especialmente cuando él estaba explicando alguna de aquellas historias tan absurdas, tan oscuras y tan desasosegantes.

Marilyn y Elvis descifraban aquellas retahílas de palabras y empezaban a suceder cosas indeterminadas dentro de ellos. No sabían bien el qué, pero era algo significativo y seguramente prohibido, porque no estaba bien pensar en cosas tóxicas que no parecían llevar al previsible y legítimo final. Todos aquellos pensamientos y emociones hacían crecer su ansiedad hasta límites nocivos que recomendaban consumo inmediato. La profesora Barbie se lo había advertido el año anterior. “Si la ansiedad crece y no la podéis encarrilar, si vuestras cogniciones y sentimientos se encadenan de modo desaforado y os sobrepasan, entonces obedeced a la psicología de la normalidad: interrumpid lo que estéis haciendo, conectad vuestras pantallas y buscad algo que os pueda llenar ese hueco que se os ha abierto dentro antes de que se haga demasiado grande como para poder cerrarlo”.

Marilyn y Elvis sobrellevaron aquella extrañeza durante meses. Por un lado, el profesor K. les hacía experimentar un tipo de vibración en que se les exaltaba el ánimo y las ganas de entender. Con aquel hombre, como habían comentado en secreto tantas veces, nunca dejaban de aparecer nuevas perplejidades. Pero, por otro lado, temían que aquello los estaba haciendo diferentes y vagamente inseguros. Ya no bastaba con recitar aforismos para contestar a cualquier situación. Era como si aquellos relatos del profesor K. los estuvieran introduciendo en un mundo más complejo que el que habían percibido hasta entonces. Sus padres empezaron a contestar a sus impertinencias quitándoles importancia y diciéndoles que no era nada anormal ir enriqueciendo de matices la propia visión del mundo. Cuando uno crecía era lógico que su percepción de la realidad se hiciese cada vez más compleja. Eran pasos lógicos y sencillos en pos del placer y la realización personal. Pero ante la insistencia por parte de los niños en determinadas preguntas de las consideradas críticas y ante la sospecha de que aquella insana curiosidad de sus hijos se hiciese notar en el vecindario o se hubiese hecho notar ya y alguien diese parte a la administración por miedo al contagio y a la epidemia humanística, fueron los mismos padres de Marilyn y Elvis los que hicieron la denuncia ante la policía. Simplemente rellenaron el formulario en la página de internet del Sheriff y los hechos se sucedieron según lo previsto. La policía pasó aviso de intervención urgente a los servicios de atención psicológica del Ministerio, que rápidamente se personaron en el hogar materno de los chicos y aplicaron el protocolo estándar de normalización de conductas en todos los niveles de actuación. Después de una entrevista a fondo con los niños, la psicóloga en jefe de Calidad Educativa aisló con premura la fuente de todo aquel conflicto creado en los chicos y pasó informe al Ministerio, a fin de que se contabilizase en las estadísticas, así como a los alguaciles, para que se tomaran cartas en el asunto y se estableciesen concéntricos cordones sanitarios en torno al brote melancólico.

Según el informe introducido por la terapeuta ejecutiva en el sistema, como base para el desencadenamiento del procedimiento habitual requerido en esos casos, el problema había sido causado por uno de los cuentos del profesor K. titulado “La niña gorda explotó ante el espejo”. En primer lugar, se confirmaba que aquella historia era lo que ellos llamaban “narrativa impropia”, en el sentido de que no era una versión de ninguno de los dos mitos fundacionales del imaginario del Reino de Picas. En segundo lugar se detallaba muy escuetamente la trama del relato. En su redacción se adivinaba un insospechado disfrute: “Una niña se aburre en su habitación. No sabe qué hacer. La sensación de malestar crece en ella de un modo desproporcionado. Se mete en la cama e intenta dormir pero un insomnio recurrente la martiriza. No se ducha. No va al colegio. No se divierte. Hasta que un día llaman a la puerta y, cuando ella consigue reunir las fuerzas para levantarse e ir a abrirla, se encuentra con una enorme máquina con ruedas. Sabe que es una máquina porque parece inerme y metálica y de ella cuelga un cable con un enchufe. Es una máquina de vending con una pantalla gigante. Tecnología Plug and Play. La hace rodar hasta su habitación. La conecta y la máquina se ilumina como un platillo volante. Empiezan a aparecer instrucciones en un display naranja, que pide respuestas orales de la chica, quien contesta inmediatamente a todas las demandas del aparato porque tiene curiosidad por que se desencadene el proceso que entraña aquel dispositivo, que no sabe para qué sirve. Resulta que si le dices cómo te sientes, te propone visionados estratégicos. Si estás triste, primero te hace sentir inteligente y luego te lleva a la risa, de modo que te das cuenta de que tu tristeza es mentira y es inútil, y entonces es capaz de mantenerte en un estado de alegría permanente si te conectas al artilugio con desenfado y ligereza contestando a sus preguntas y aceptando sus sugerencias y escogiendo libremente, eso es fundamental, insiste en el display naranja, que seas tú quien escoja. La niña mejora. Está cada vez mejor. No sale de su habitación pero le da la sensación de ser una aventurera. Cree que no para quieta. Sus pupilas la llevan de aquí para allá. Aquella nueva televisión parece llevarla adonde ella necesita. No tiene necesidad ni siquiera de levantarse a comer. La máquina de vending parece que esté conectada a sus constantes vitales y hace aparecer avisos en el display naranja a través de los cuales le ofrece distintas comidas y bebidas. Es como si aquel trasto fuese mágico y capaz de anticipar sus propios antojos. Los alimentos aparecen milagrosamente cocinados y recién hechos. Esponjosas hamburguesas con bacon y queso, sabrosas salchichas de Frankfurt rebosantes de mostaza y ketchup, humeantes pizzas de pepperoni, crepes de dulce de leche y de azúcar con limón, suculentas pechugas de pollo rebozadas con salsa barbacoa: lo que ella quiere antes de que lo quiera. La niña se entrega al frenesí de consumo y va engordando entre goces y risas y lágrimas de pasión. Su existencia se va limitando cada vez más, pero no lo nota. La pantalla es relevante. La realidad es opaca. En su fina cintura de avispa se va agolpando toda la materia que engulle. Los flotadores se multiplican. Su peso crece hasta cotas inenarrables. Su volumen se sale de la gráfica de percentiles de los niños de 8 años. Su obesidad es alarmante y evidente y preocupante y sigue consumiendo acríticamente, imantada por aquella televisión inteligente que la posee y la ha curado de sus insondables depresión y aburrimiento.

Hasta que un día estalla.

El cuento acaba con una última escena en que la pantalla sigue emitiendo contenidos divertidos y escupiendo propuestas desde su display naranja, pero ya no hay nadie para contestar, sólo la ubicua salpicadura de los restos de la niña por toda la chorreante habitación. Parece que un dragón legendario haya escupido a sifón un esputo hemoptísico con el volumen de un cuerpo infantil. El último comentario del profesor K. es sobre la pantalla que fulge en la oscuridad. Según dice, acaba Blancanieves de Walt Disney mientras inquietantes churretes de sangre se escurren por la pantalla.”

Vista la gravedad del tema, al final del informe se solicitaba un intervención normalizadora de grado uno, consistente en la suspensión cautelar del profesor K. hasta que se averiguase qué le había llevado a cometer tan aberrante acción, y en la reeducación progresiva de los chicos a través de actividades cognitivas menos exigentes que permitiesen a los alumnos del curso de los genios reencontrarse tras tan ingrata pesadilla. Lo bueno del desliz educativo del profesor K. era que no había sido cometido con soporte gráfico. Había sido mucho peor el crimen cometido antaño por el club Tim Burton, que hizo uso de la animación digital y de la intolerable estética gótica para inocular su veneno terrorista en la infancia. En el presente caso, la mera oralidad de la transgresión convertía el error en sanable y se podía catalogar de una gravedad controlada. Era verdad que el daño estaba hecho y que aquellos alumnos muy probablemente ya crecerían con la osadía de combinar imágenes más allá del régimen establecido por las emisiones homologadas. Habían perdido coyunturalmente la tan preciada inocencia y había que fomentar en sus psiques el olvido. Si se veía que las medidas leves no tenían efecto se pasaría a una intervención de grado dos, en la que se pediría la participación de un psiquiatra en la evaluación del daño causado y muy probablemente se utilizaría la medicación pertinente.

Dos meses después la rutina escolar de la clase de los genios se había restablecido. Se le había hecho entender al profesor K. que sus métodos e historias no eran los más adecuados. Él se había disculpado: se había despistado y había dejado de tomar la medicación para la firmeza de ánimo. Mes y medio después estaba de nuevo en el aula ejerciendo sus funciones. Le brillaban los ojos. La química había hecho su trabajo y los informes periciales sobre la salud psíquica del maestro señalaban ya una total recuperación. Además, había realizado un curso a distancia del Ministerio de una duración de 30 horas sobre Corrección Narrativa. Cuando lo terminó y lo aprobó recibió la carta de notificación para su reincorporación inmediata y completa a sus funciones en la Red de Escuelas del Reino de Picas (RERP). Se le recordaba que, ante cualquier sentimiento negativo estaba obligado a solicitar ayuda urgente al departamento psicológico de su centro, interrumpiendo cualquier contacto con sus alumnos, que no tenían ninguna culpa de sus congénitas flaquezas e inseguridades.

En su reencuentro, los alumnos se alegraron de verlo en plena forma después de tanto tiempo de convalecencia y cuarentena médica. Le aplaudieron. El sistema funcionaba. Había conseguido dibujar una leve aunque contumaz mueca de optimismo en el rostro tendencialmente hierático del profesor K. Había que felicitarse. Los protocolos y los circuitos de reconducción de situaciones imprevistas habían mostrado su pertinencia. Aquel hombre era un hombre nuevo. Seguía vistiendo de negro, seguía explicando historias con aquella meliflua voz misteriosamente masculina que les embelesaba de principio a fin, con la única diferencia de que ahora no se saltaba el guion y les leía los relatos encuadernados y acreditados por el Ministerio. Incluso, curioso, los cuentistas del Reino habían recibido el encargo de reformar el cuento de “La niña gorda explotó ante el espejo”, que se había convertido en “La niña que por fin pudo mirarse al espejo”, y el profesor K. les había leído la nueva adaptación.

Todo se fue poniendo en su sitio. Marilyn y Elvis, a pesar de todo, crecieron intelectualmente. Cuando terminaba el curso, pese al retraso originado por el incidente, el trauma consiguiente y las horas adicionales de visionado de cuentos de hadas con final feliz asignadas, volvían a ser los primeros de la clase en las competencias de toda índole y eran firmes candidatos a ganar de nuevo el premio Reina de Picas de Emprendimiento Mental. Seguían emocionalmente telepáticos, y eran ambos despiertos y estables, ya que parecían conformarse con las respuestas que se les daban dentro del ámbito del lenguaje a disposición de los ciudadanos en los diccionarios oficiales.

Se acercaba el día de los mencionados premios. Los entregaba la misma Reina, como cada año. Ese era, pensaba ella, el mejor modo para que se la identificase como la proveedora de felicidad del Reino: coronando a los mejores del sistema. Su Majestad había recibido de los burócratas del Ministerio un exhaustivo informe biográfico de cada uno de los premiados. Entre ellos, como era de esperar, figuraban Marilyn y Elvis. Cada año les regalaba un viaje a esa pareja: cada vez más lejos y cada vez más divertido. Pero ese año los cartapacios de tela verdosa con el dibujo de la heráldica de Picas donde se detallaba el itinerario y resultados académicos de cada uno de los hermanos tenían un grosor considerablemente mayor al del resto de premiados. Sintió curiosidad y los estudió con detenimiento. Aquella historia era fantástica. La peripecia que aquellos chicos habían atravesado y superado con éxito solo había sido posible gracias a la unión de fuerzas de los distintos departamentos coordinados a la perfección por el Ministerio, en seguimiento de sus reales ideas. Era la historia ejemplar perfecta para mostrar a sus ciudadanos el recto funcionamiento de las instituciones democráticas de su país. Tenía que hacerlo público. Era una historia que clamaba por convertirse en un documental en el que la Reina figuraría como la heroína final, la salvadora de aquellas dos jóvenes promesas que, de no haber sido por su intervención y sistema, se hubiesen convertido en carne de psiquiátrico, en portadoras de una anormalidad sin cura, en irremediables víctimas de la metafísica, aquel virus que habían conseguido erradicar como la viruela. Por todo ello había dado la orden a los creadores reales de que elaborasen con urgencia aquel producto televisivo. Propaganda y diversión en el mismo proyectil, pensó.

Ese día la Reina lucía un look Peggy Sue. Le gustaba transmutarse y ser plural. Le pareció que con aquella coquetería de muñeca modosita y trasnochada fascinaría a los telespectadores que viesen retransmitido el documental de final abierto que habían proyectado en todos los canales del Reino esa tarde y que iba a culminar en una gala exclusiva, precisamente usando el formato predilecto de las masas: el reality. Exhibicionismo, vouyerismo, morbo, emociones fuertes y lacrimógenas: todo rodado en directo: la Reina de Picas en versión vintage junto a Marilyn y Elvis.

El clímax calculado por los guionistas era el de la entrevista final entre la monarca y los niños. Las cámaras se cernían sobre el sofá semicircular en el que se acomodaban los ligeros pompis de los tres protagonistas de la noche. Ya habían recogido el regalo: un mes con todos los gastos pagados por la casa Real en Las Vegas Infantiles con mayordomo y doncella de carne y hueso. El público había explotado en sucesivos aplausos de plástico capaces de comunicar, a la velocidad de la luz, inigualables emociones a través del ubérrimo sistema circulatorio de fibra óptica. Después, había llegado la entrevista en la que la Reina de Picas había ido sonsacando a los chicos su triste historia y había hecho explícito en el diálogo cómo aquel malentendido, que podría haber devenido fatal, se había convertido en una historia de superación gracias a los dispositivos preventivos y de autorregulación implantados por el Ministerio y a las leyes de calidad de la educación dictadas por ella misma y pulidas por sus técnicos.

Cuando ya todo había quedado claro, cuando ya todas las lágrimas habían sido vertidas, la Reina de Picas buscó la moraleja: “¿Qué habéis aprendido de todo esto?”. Se hizo un silencio dramático. La cámara dos desconectó y entró la tres que hizo un primer plano del profesor K., que estaba en la primera fila del público con las pupilas dilatadas, hipnotizado por la escena que tenía ente sus ojos. Entró de nuevo la cámara dos, que enfocó a Marilyn y a Elvis, que se miraron el uno al otro con complicidad y dijeron a la vez: “Que aquí todos se toman muchas molestias para que no tengamos molestias.” La Reina de Picas mostró una complacida sonrisa: “Sois unos chicos listos.” Los mellizos volvieron a cruzar sus miradas. La cámara dos hizo un zoom muy lento y llegó a captar en primer plano la pregunta de Marilyn: “Queréis que sigamos con el cuento de hadas, ¿verdad?”

 

Jorge Martínez Lucena

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