La escritura ante la muerte del hijo

por In/ficción

Recién salido del horno

Recién salido del horno

Si tiene razón Lipovetsky y vivimos en una sociedad hedonista, La hora violeta, de Sergio del Molino, no va a ser un bestseller. Aunque espero equivocarme, la leucemia y muerte de su hijo Pablo, un niño que no llegó a cumplir los dos años de vida, no son temas que hagan salivar a las masas lectoras. Aunque elegías las haya habido siempre.

Esta obra tiene su público potencial. Somos público potencial aquellos que nos estamos convirtiendo en fanáticos de la literatura-vida, de esa pasión por escribir para reencantar el mundo, para luchar contra el sinsentido y la anomia encontrando siquiera rastros de significado en los hechos, encuentros, recuerdos, sueños y pesadillas que puntúan nuestras vidas. Son público potencial todos aquellos que conocían de la enfermedad de Pablo, y del sufrimiento de sus padres, los periodistas Sergio del Molina y Cristina Delgado, que, medio por curiosidad medio por empatía, quieran saber más de esa travesía del desierto que es acompañar a un hijo a la muerte. Somos público potencial aquellos a los que nos gusta la buena literatura y no nos importa mirar a la cara a los silencios de la vida, como esperando que se transformen en signos. No son público objetivo los que sólo conciben la cultura como un lugar para la fuga del mundo y sus suciedades a través del más ralo entretenimiento.

Lo que hace Sergio del Molino en este libro es escribir sobre un duelo sin fin, al que se ve abocado por la muerte de su hijo. Lo expone sencillamente ni bien arranca: “Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos del cadáver de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre” (p. 11). Pocas páginas más adelante lo formula del siguiente modo: “No puedo retroceder en el tiempo, no puedo despertar y comprobar que ha sido una pesadilla y ni siquiera puedo salir corriendo, sacar todo el dinero del banco y esconderme en un país con otro nombre, porque la muerte de Pablo me va a destruir esté donde esté” (p. 25). Y, avanzando: “la tecnología me ha permitido documentar cada día de la vida de mi hijo. No hay gesto ni momento significativo que no haya sido retratado. Tengo el ordenador saturado de imágenes suyas. Un archivo que de pronto se ha vuelto inflamable. Carpetas y carpetas llenas de visiones de un ayer imposible” (p. 51).

Nos quiere hacer entender que no hay respuesta en nuestro mundo a un golpe como el que él ha recibido. Tal palo te deja instalado en lo que él denomina la hora violeta, que, como él mismo nos explica, es una expresión robada de un poema de Eliot, y que designa “esa zona de la tarde en que los oficinistas están a punto de abandonar corriendo sus escritorios rumbo a la promesa de un beso, de un baile, de una cena, de una noche en que sus deseos se frustrarán de nuevo” (p.186)

Podría seguir citando afortunadas metáforas sobre esa tierra de nadie en la que el autor se sumerge, pero ya basta: mejor leer el libro y respirar con su prosa lenta, generosa y meándrica, cargada de una angustia suavizada por la buena literatura, la música norteamericana y los lentos tragos de bourbon.

Con el referente consciente del Mortal y Rosa de Umbral constantemente en el retrovisor, las entradas de esta especie de diario palpitan cargadas de una humanidad que nos concierne a todos los que llevamos ese calificativo de humanos, por nuestra connatural exposición a la contingencia, y muy especialmente a todos los que tienen una familia y se arriesgan a eso de tener y criar hijos. El autor se da cuenta de este riesgo que supone la paternidad, que amplifica la esa fragilidad en que consiste lo humano cuando dice, en mitad de la enfermedad de su hijo: “Es la primera vez que me siento frágil de verdad, y también es la primera vez que me siento responsable de una familia” (p.143-144).

Frente al peso infinito y eterno que se deduce del recorrido por los hospitales y demás lugares inhóspitos de la leucemia, quizás merece la pena acabar esta reseña con la cita de las últimas líneas de una carta-artículo que le escribió a Pablo, el niño, la madre, Cristina Delgado, en Heraldo de Aragón, el día que su bebé hubiese cumplido dos años. El texto lo incorpora el mismo libro y es éste: “Pablo trajo la luz y la alegría. Nos enseñó que se puede sonreír siempre, aunque las cosas estén muy feas, y que a veces un abrazo es más poderoso que el más fuerte de los calmantes. Ahora sé que hay que luchar todas las batallas, porque si pierdes la guerra –y todas las guerras pueden perderse-, hay que caer derrotado sabiendo que has hecho lo que estaba en tu mano por ganar. Y, sobre todo, ahora sé que el amor siempre vence a la muerte, porque ella me ha quitado a Pablo, pero jamás logrará que yo deje de querer a mi hijo” (p. 189).

Da un poco de vergüenza decirlo, pero uno disfruta leyendo estos libros arrancados con violencia de las propias entrañas. No lo dudéis…

Jorge Martínez Lucena

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