Una novela rusa o Carrère sale del armario

por In/ficción

Otro cuadro de Dorian Gray

Otro cuadro de Dorian Gray

Nos buscamos. Nos narramos, y la narración del yo se aquilata con la autenticidad, el ideal moral de la modernidad, consistente en ser fiel a uno mismo. Por eso lo primero que hay que hacer para ser auténtico es sumirse en esa búsqueda que es todo relato, que tantas veces toma el tortuoso camino de la sinceridad, esa voluntad de decir la verdad sobre uno mismo que supuestamente nos encamina hacia la unión entre lo que decimos de nosotros mismos y lo que somos. Así, ser auténtico sería algo así como el resultado de una comunión entre la comunicación y el ser de la propia persona. Suena bien.

A este respecto, creo que merece la pena reparar en que para ser auténtico por esta vía de la sinceridad se cae fácilmente en el despelote. Algo que forma parte de nuestro imaginario televisivo, según el cual ver es ser: cuanto más mostramos nuestra intimidad, más reales somos, más presentes estamos en el mundo. Y esto no es sólo por influencia de la televisión, sino de la cultura de esta modernidad avanzada que llamamos posmodernidad, que algunos han caracterizado como narcisista. El Narciso cree ser la medida de todas las cosas. Se tiene a sí mismo como ideal, auténtico. Por eso, el Narciso es connatural a la sociedad post-metafísica, sin grandes ideales ni relatos que impongan límites a la voluntad o al capricho del yo.

Es por eso que la búsqueda de la autenticidad se puede convertir no sólo en un striptease, sino en una completa autopsia en vida de uno mismo. Uno puede acabar arrancándose las entrañas en público en nombre del arte o de la terapia, o incluso de los dos a la vez. Es lo que le sucede a Emmanuel Carrère en la última novela que le he leído, Una novela rusa (2007). En ella cuenta dos años de su vida asumiendo ese dogma tan aceptado actualmente de que hay que salir del armario.

(Desconozco si es o no verdad lo que el escritor cuenta en este libro. Si no lo es, miente, porque finge que lo es, pese a llamarle novela, y no entiendo por qué alguien se podría estar echando tanta basura ficticia encima. Si lo es, uno entiende por qué el autor confiesa sus asiduas visitas al psicoanalista, y descubre que la literatura-vida que él practica siempre trabaja en el filo del narcisismo).

El contenido del libro es fragmentario, como la vida misma, como nuestros pensamientos e inquietudes, que nos llevan de un tema a otro, sólo unificados por nuestras obsesiones. En concreto, en este texto, Carrère nos habla de un húngaro, András Toma, que lleva desaparecido más de cincuenta años. Desapareció en la Segunda Guerra Mundial y lo encuentran ahora en Kotelnich, ingresado en un inmundo psiquiátrico ruso. Nos habla de cómo fue a hacer un reportaje sobre esta ignota población de Rusia y de cómo empezó a recuperar su vínculo con la lengua rusa, con el pueblo ruso, y con su abuelo materno, un georgiano que desapareció en Francia también en la Segunda Guerra Mundial, seguramente por ser colaboracionista. Nos habla de cómo reestablece así el contacto con uno de los secretos de su familia, algo que pesa en su madre, en su tío, en él, en su primo que se suicida, y en toda su familia, y que no le permite ser él mismo, lastrándole de oscuridad. Nos habla de Sophie, su novia, su amante, la rubia, guapa y joven francesa de clase media-baja de la que se enamora en esa época. Nos habla de su amarga historia con ella y nos lo cuenta todo: cómo se avergüenza de su falta de cultura y de sus amistades, mucho menos cultas y colocadas socialmente que las suyas, sus mutuas infidelidades, sus engaños, los celos, el sexo telefónico entre ambos, el aborto de ella ante la constatación de que estaba embarazada de otro, lo que antes se llamaban secretos de alcoba. Y nos lo cuenta a nosotros, a sus padres, a sus hijos, a Sophie, a sus amigos, a sus enemigos, a todo el que quiera leerlo. Nos habla de sus viajes a Kotelnich, que “es donde uno reside cuando ha desaparecido” (p. 55), de sus nuevas amistades, de misteriosos asesinatos, de extravagantes agentes del FSB, de curdas de vodka monumentales, de palizas, de sospechas, del rodaje de un documental sin guión. Nos habla incluso de literatura performativa, de una carta erótica que publicó en Le Monde a modo de cuento de verano, dirigida a Sophie, en el que le daba instrucciones sobre cómo se tenía que masturbar en un tren pensando en él, intentando, al unísono, provocar una subida de temperatura global en los diferentes lavabos de los diferentes vagones del tren en cuestión. Un regalo de amor un tanto estrambótico. Nos habla de todas estas cosas, mostrando cómo pudor ha sido abolido en su vida psíquica.

Hasta donde yo veo, Carrère se retrata a sí mismo como a un Narciso de libro. Parece como si se pusiese de modelo de esa cultura narcisista predominante de la que hemos hablado antes. Por ejemplo, nos dice, como si estuviese describiendo el narcisismo en términos freudianos: “el padre debe ser un guerrero y la madre desear que el hijo lo sea también; de lo contrario todo está falseado. En mi caso lo tergiversaron todo. Muy pronto tuve conciencia de que mi padre no era un guerrero y mi madre prefería que me quedase a su lado antes que ir al combate” (pp. 107-108). Él mismo reconoce tener un problema cuando afirma: “toda mi vida me he considerado no normal, excepcional, a la vez que maravilloso y monstruoso, lo cual no es inquietante cuando eres adolescente pero sí lo es a mi edad, y por mucho que vaya tres veces por semana al psicoanalista cada vez veo menos razones para que esto cambie” (p. 81).

Está claro que encaja perfectamente en la etología de este trastorno de personalidad. Si buscamos en el DSM IV, el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association, se habla de tres puntos clave: patrón general de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía. Lo primero ya lo hemos visto. Lo segundo lo acredita cuando habla del comportamiento poco adecuado a la sociedad chic de su novia Sophie y dice: “Y para mí, que dependo tan cruelmente de la mirada de los demás, es como si ella se devaluase a ojos vista” (p. 61). En cuanto a lo tercero, tenemos el libro entero, que puede ser considerado una agresión contra él mismo o una radical falta de empatía con los que supuestamente deberían ser sus seres queridos. Él mismo se pregunta: “¿hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? (…) Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien” (pp. 237-238).

Y vemos, cómo, también en una actitud propia del Narciso, entra en el reproche hacia sí mismo, que soluciona inculpando en la causa a su madre, Hélene Carrère d`Encausse, secretaria perpetua de la Academia de Letras de Francia, que debe estar encantada. Le dice: “Tú no nos negaste, no, tú nos amaste, hiciste todo lo que estuvo en tu mano para protegernos, pero nos negaste el derecho de sufrir y nuestro sufrimiento te rodea hasta el punto de que era necesario que alguien lo asumiese un día y le diera voz” (p. 293).

Al final, vemos cómo el narcisismo encuentra el modo de perpetuarse en nuestra sociedad hipervisual y exhibicionista. Se libera del propio malestar provocado por la estructura narcisista optando por nuestro característico patrón de grandiosidad, aprendido en Gran Hermano y demás realities: nos convertimos en seres borderline, que se afirman a sí mismos de un modo narcisista, y paradójicamente creemos que lo hacemos contra el entorno. Por eso prácticamente acaba diciendo: “Recibí como legado el horror, la locura y la prohibición de expresarlos. Pero los he expresado. Es una victoria” (p. 294).

La lástima de todo esto es que no haya hecho aflorar todo este subtexto comentado, denunciando un círculo vicioso en el que andamos atrapados los hijos de nuestro tiempo. Recursos como la rotura de la cuarta pared o modalidades radicales de metaficción (hacer consciente al lector de que está leyendo literatura y que está siendo llevado a determinados jardines de la mano del autor), le hubiesen servido para romper el eterno retorno del narcisismo y abrirse a la autenticidad, que siempre remite a una relación, a un bien, a una dependencia, en relación con los cuales uno puede crecer siendo más él mismo. A este respecto, no me basta con que le haya puesto como título el apelativo de novela, porque también están las novelas de no ficción.

Pero no soy quién para decirle al gran Carrère lo que tiene que hacer, ni cómo ser auténticamente él, y mucho menos para apuntarle cómo mejorar su literatura, que normalmente raya a niveles muy altos. Lo que uno tiene claro es que si para ser escritor de éxito hay que ser un ególatra y dar pábulo al cotilleo, mejor nos dedicamos al pinta y colorea.

Jorge Martínez Lucena

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