Limónov: una vida sin elipsis

por In/ficción

La aparición: Alexander Solzhenitsyn

La aparición: Alexander Solzhenitsyn

Limónov es un escritor de verdad, aunque no hayas leído nada de él ni sobre él. Es el último alter-ego de Emmanuel Carrère, que, como es sabido, escribe pseudobiografías de personajes más o menos conocidos, más o menos familiares, buscándose a sí mismo. Lo hizo de un modo quizás insuperable en El adversario, con el psicópata Jean-Claude Romand.

En este nuevo libro, híbrido de géneros (novela-biografía-ensayo) se habla de Eduard Limónov, que no es un psicópata, sino más bien un nihilista ruso de esos que se encuentran a puñados en las novelas de Dostoievski, pero actualizado, puesto al día, más punk, más never mind the bollocks, sin preguntas teológicas o antropológicas o cosas así despiertas, muy a lo bukowski, dando por supuesto que no hay respuesta al corazón humano que no sea falsa e insuficiente. Aunque, de todos modos, Limónov siempre busca, se busca, y su vida está poseída por un descontento y un malestar que le permite atravesarlo todo, y cuando digo “todo” habría que pensar en que su vida tiene trazos muy variopintos y pintorescos: ha sido poeta ruso underground, supervivientes en moteles lumpen de yonquis en Nueva York en los 70, homosexual callejero ocasional, practicante de la sodomía con negros en sótanos furtivos de Harlem, amante de modelos y de asistentas, mayordomo de multimillonarios, agitador social y cultural en Paris, martillo de herejes con personajes como Gorbachov o Solzhenitsyn o Putin, guerrillero serbio en la guerra de los Balcanes, amigo personal de genocidas como Arkan, fundador del Partido Nacional Bolchevique –integrado por sus queridos nasbols:  jóvenes de clase baja con deseos de encontrarle un sentido a la vida en una neotribu radical y anti-sistema-, preso político en diversos gulags, amante de la meditación que defiende haber llegado en una ocasión al Nirvana, esposo o amante de muchas mujeres extravagantes (entre ellas locas, suicidas, alcohólicas, ninfómanas, menores, condesas, renombradas periodistas,…), padre tardío, disidente del nuevo zar democrático junto a periodistas como Anna Politkóvskaya, etc.

La vida de este hombre es absolutamente inclasificable. Trasciende cualquier etiqueta que intente domesticar su personalidad o su conducta. Por eso es un acontecimiento constante que pide ser narrado, acercado, reintroducido en algún tipo de lógica que no consigue apresarlo. Pongo un ejemplo que lo ilustra claramente. Ni bien llegan a Estados Unidos, tanto él como su mujer de entonces, Elena, tienen dificultades con el inglés. Por eso, unos amigos suyos, emigrantes rusos ya asentados en el Nueva York, les regalan un televisor para que practiquen la lengua: “Cuando lo encienden aparece Solzhenitsyn, invitado único a un talk-show excepcional, y uno de los mejores recuerdos de la vida de Eduard es haber sodomizado a Elena ante las barbas del profeta que arengaba a Occidente y estigmatizaba su decadencia” (p. 122).

Limónov es un exhibicionista de la decadencia, “la elipsis le es ajena”  (p. 232), es lo que hoy, desde la educación televisiva de los realities, llamaríamos un tipo auténtico. Uno que es fiel a sí mismo, uno que no se deja determinar por su entorno, por la mentalidad dominante, uno que es performativo, que no tiene referente sino que lo va construyendo sobre la marcha, como si fuese un personaje de Gran Hermano. Desafía a todo convencionalismo y a todo esquema: es el Johnny Rotten de las letras rusas, como él mismo afirma. Considera que su vida es una novela escrita por él. Y él busca que sea un best-seller. “Le complace deberse a sí mismo hasta el nombre” (p. 70).

Gracias a ese vivir cara a la galería que ha tenido siempre Limónov ha sido fácil para Emmanuel Carrère recabar materiales íntimos insospechados, porque el mismo Limónov los contaba en sus novelas. Pero el francés no se ha quedado en eso (aunque se ha aprovechado de ello porque lo ha usado como cebo). Él sigue la búsqueda de sí mismo a través de otros, y, en esta ocasión, Limónov le sirve para descubrirse y cuestionarse a sí mismo como bobo (burgués-bohemio), para entender un poco mejor al pueblo ruso, del que proviene por vía materna, para indagar un poco más sobre las falsas apariencias de la transición rusa a la democracia y el libre mercado -si es que se puede hablar de democracia por aquellos lares-, etc.

El resultado es un libro ameno y digno de ser leído y reflexionado. Leyéndolo uno aprende más de Carrère que de Limónov, condenado a ser pasto de minorías transgresoras y marginales. Leyéndolo uno ve que no basta con buscarse para ser auténtico, también hay que encontrarse, y eso uno lo va haciendo a través de relaciones y de pertenencias, sobre todo si éstas no se pierden en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Jorge Martínez Lucena

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