A los que vituperan Black Mirror 2.2

por In/ficción

Éste es Charlie Brooker

Éste es Charlie Brooker

Estoy leyendo a muchos fans de Black Mirror (2011-) defraudados por el segundo capítulo de la segunda temporada: “White Bear”. No es para tanto.

Es verdad que cambia el tono, que predomina lo psicológico, lo obsesivo, lo repetitivo. Es verdad que el espectador permanece desorientado casi hasta el final, como si estuviese viendo una película de miedo, a la espera del giro, del susto, del significado, que finalmente llega. Es verdad que no es nuestro favorito de entre los episodios de esta teleserie de Charlie Brooker, que es una joya. Sin embargo, no es verdad que la carga de profundidad que tiene el capítulo no esté a la altura de las anteriores. A mí me parece que las dos ideas que se ponen en juego, juntas (y creo que el autor consigue cortocircuitarlas), dan mucho de sí.

(Aviso: empiezan los spoilers a diestro y siniestro).

La primera de las ideas es la de la mutación humana sufrida por exposición a la pantalla (y su inquietante simbolito en forma de avión de los marcianitos de los ochenta), según la cual todos los hombres, en un determinado momento de este futuro/presente que vivimos, se han convertido esencialmente en espectadores, poniendo entre paréntesis su capacidad empática y de juicio. Tras ello se limitan a filmar/visionar todo lo que sucede, y se sienten atraídos por los acontecimientos más excepcionales, esto es, visuales, sangrientos, absurdos, crueles, etc. De nuevo la pulsión escópica. De nuevo tenemos la idea de la mayoría alienada, tan propia del sub-género zombi, en el que tan bien se ha movido ya el guionista y creador de este retablo visual, Charlie Brooker, con su otra mini-serie Dead Set (2008). Así, la nueva modalidad de zombi no es un consumidor de lo humano antropofágicamente hablando, sino que es un consumidor de imágenes, de violencia gratuita, de terror, de gore, de casquería, del dolor ajeno, etc. Avidez es lo que vemos en las actitudes ensimismadas de los falsos zombis/espectadores en sus pantallas de teléfono.

La segunda idea es la de la articulación de nuestra cotidiana tecnología como teatrillo/parque temático-de-la-justicia/dispositivo-disciplinario. Esa triple aplicación se consigue hilvanar a partir de nuestra practicada tecnología del reality. En estos reality se desvincula a los participantes de la realidad y se les introduce en la realidad performativa de la televisión: como en el caso de la protagonista de este capítulo de Black Mirror, que vive como el Leonard de Memento (2000), en una realidad alucinante, gracias al olvido permanente. En los reality se introduce a los participantes en un entorno artificial (sea la casa de Gran Hermano o la selva venezolana de Supervivientes) y se observa su comportamiento, dirigiéndolos, llevándolos a situaciones límite: como en el caso de la chica protagonista, que es llevada de la casa en la que supuestamente ha tratado de suicidarse, al bosque y del bosque al centro de emisión que supuestamente debe sabotear. En estos reality es el público el que imparte justicia y emite el veredicto, evacuando del mundo de la ficción a los menos “virtuosos”:  lo contrario que en nuestro cuestionado capítulo, donde la peor permanece dentro, es castigada, sin la posible redención de la vuelta a la realidad, y se le confina en el eterno retorno de la angustia telegénica, de la vida simulada, del mito de Sísifo que recrea una y otra vez su culpabilidad y castigo hasta el infinito, ante la contemplación congratulada de los visitantes del parque temático de la justicia televisiva aplicada (quizás la constatación más escalofriante del episodio).

La primera parte de la primera idea, según la cual el simbolito de la pantalla ha zombificado a la muchedumbre, queda desactivada. Pero no la primera idea en su totalidad.

Los turistas/partícipes de la cárcel/espectáculo no son como los del filme Perseguido (1987), con Arnold Schwarzenegger, basado en una novela de Stephen King, donde los musculosos presidiarios luchaban por la supervivencia para mayor goce y diversión del público de la televisión. Los espectadores del sórdido teatrillo de “White Bear” se parecen mucho más a nosotros por un par de razones:  1.No pertenecen a un mundo futuro, sino al nuestro; y 2. Los asistentes a la interpretación disfrutan familiarmente (con hijos menores) del espectáculo, porque lo que se está haciendo es, a todas luces, algo justo y divertido.

Sorprende especialmente que la justicia no se conforme con la privación de libertad del criminal, sino que manipule sádicamente la interioridad del reo para producir un sufrimiento intenso, constante y renovado, basado en el redescubrimiento no sólo del propio mal y del propio castigo, sino de la falta de piedad de los que le rodean y de los que filman y miran.

No sé qué os lo que da más miedo de todo lo dicho. Aunque, quizás el quid de la cuestión es éste (o uno de ellos): lo que es justo para los visitantes de las instalaciones del susodicho parque temático carcelario es algo creado por la televisión metamórfica que estamos acostumbrados a consumir como zombis. Y eso es MUY chungo. Creo. Porque habla bastante de nosotros…

Jorge Martínez Lucena

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