Los ochenta siempre ahí: amenazantes

por In/ficción

La lagarta y cía

La lagarta y cía

Hay momentos del pasado de una cultura que tienen tonos decididamente distintos. Por eso nos entendemos cuando decimos de algo que es ochentero. Suena a Super-Pop, EGB, a Michael Jackson, a La Bola de Cristal, a Barrio Sésamo, a Verano Azul, a Belleza y Poder, a Falcon Crest y Angela Channing y a una infinidad de otras series de televisión que veíamos a mediodía, cuando volvíamos del colegio y comíamos en casa, o bien en verano, esperando las dos horas de rigor para volver a reventarnos en la calle, no se nos fuese a cortar la digestión. Recuerdo muchos domingos por la tarde noche, donde las series acompañaban el triste languidecer del fin de semana.

Lo sorprendente es que este efecto ochenta es bastante compartido. Sólo hay que hacer una mínima búsqueda en google para obtener listas de blogs dedicados a rememorar aquellos años, recreando sus mitos. Pero, además, es algo transnacional. Cuando viví en Inglaterra me sorprendió cómo allí también pasaba: lo ochentero tenía imán. Sólo había que meterse en ciertos bares o discotecas para apreciarlo hasta la vergüenza ajena. Los ingleses utilizaban el alcohol como salvoconducto hacia comportamientos radicalmente ochenteros, muy Culture Club o Madonna,  que mutaban su modo de bailar, de vestir, de hablar, etc., y que a uno le hacían pensar que le estaban filmando con cámara oculta.

La cuestión es que, viendo la teleserie Revolution, se me ha planteado una sospecha: ¿no estará volviendo como tendencia lo ochentero?

Si es así, ya tenemos otra razón para emigrar: aunque habrá que pensar a dónde se puede ir uno sin que le persigan los ochenta, todopoderosos.

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