La invasión de los muertos posmodernos

por In/ficción

Pepe Cerdá retrata a su amigo muerto

Los muertos me persiguen, como a tantos otros. No es sólo ya que uno sea un ser-para-la-muerte a la Heiddegger, es que todo mi consumo cultural de los últimos días me lleva por distintos caminos al camposanto (más allá del empacho audiovisual de The Walking Dead (Frank Darabont, 2010-) que voy a obviar aquí).

Voy a hablar, en primer lugar, de una novela atípica, y por ello típicamente posmoderna: Los muertos, de Jorge Carrión. Me la regaló el mismo autor cuando presentó mi libro en Barcelona, así que por una especie de pudor (que estoy superando) no voy a entrar demasiado en ella. Sólo señalaré su originalidad. Resumiendo: se trataría de un conglomerado literario compuesto por dos temporadas de una teleserie y dos mínimos y presuntos ensayos (el primero más periodístico y el segundo más académico) que discuten la popularidad de esta nueva serie pensada en su origen para contar únicamente con dos temporadas.

En la presentación de Ensayo Z, Jorge Carrión hizo una observación que quizás pueda servir para entender el extraño mundo que nos presenta en la teleserie. Explicó cómo en la Biblia se habla de la resurrección de Lázaro, mientras que no se dice nada acerca de si murió después o no. Por eso suponía que Lázaro es el primer zombi de la historia y que sigue por ahí suelto, deambulando. Pues bien, el mundo que se nos retrata en su novela no es más que un modo hiper-corporal de imaginarse la otra vida. A través del relato pegado a la concreción y el detalle de las acciones, mediante ese literario recurso del párrafo/escena que nos hace echar de menos la imagen del cómic o de la televisión, el lector, lentamente, va adivinando el tímido contorno de un mundo en el que los muertos nacen a la edad en que murieron y ya no pueden morir, pues su cuerpo se regenera si sufre cualquier daño. En el imaginario cristiano el cuadro se parecería bastante al purgatorio aunque sin rastros de culpa alguna (hay, por ejemplo, grupos de skin-heads que se concentran en los lugares donde aparecen los nuevos para patearlos una vez se materialicen). Sin embargo, el destino reservado en estas páginas a esta especie de infierno clásico nos hace pensar en un apagón materialista de los otros mundos virtuales, convertidos en recuerdos que sin prisa pero sin pausa acaban en la nada del olvido.

Además de esto que a mí me ha parecido una novedad, pero que quizás encuentre fuentes en la misma novela gráfica que el autor citó en la mencionada presentación (Crossed), tenemos esos ensayos supuestamente escritos por una periodista y dos académicos de la Universidad Autónoma de Barcelona, en que el autor de Teleshakespeare (2011) se camufla para hacer hermenéutica intertextual, pedante y posmoderna, intentando señalar los puentes entre realidad y ficción a través del recuerdo presentes en el complejo relato de la teleserie, que, como la novela, se titula Los muertos. Y lo dejo aquí porque decir más sería decir demasiado a aquellos que se atrevan a lanzarse a su lectura.

En un registro tremendamente diferente, pero igualmente sugerente, he leído la última novela del siempre superventas Javier Marías: Los enamoramientos (2011). Como es habitual en este autor, la precisión y recurrencia de sus obras hace que su lectura suela convertirse en algo obsesivo, en algo que, a través de los acontecimientos que nos cuenta la narración, vuelve siempre a hacer consideraciones sobre esa frase shakespeariana, sobre ese personaje de una novela de Balzac o sobre ese tatuaje en forma de flor de lis que estigmatizaba a Milady en Los tres mosqueteros.

Pese a ser el título escogido el de Los enamoramientos, el tema del libro oscila entre la muerte y cómo los muertos invaden el mundo de los vivos a través del recuerdo, el duelo y la culpa (algo muy parecido a lo que, según los ficticios críticos, se intentaba en Los muertos con respecto a los telespectadores). Sin embargo, es verdad que parece que el autor nos esté diciendo al final que sólo ese estado del enamoramiento nos permite sobrevivir y posibilita que el olvido arroje su lento manto sobre las historias pasadas que nos atenazan y nos carcomen y nos deprimen, liberándonos a nosotros mismos y a los que nos rodean de los muertos.

He leído por ahí muchas críticas fulmíneas a esta novela por ser cursi. A veces, tanto en la construcción gramatical como en la elección de las palabras, roza ese calificativo. Aunque a mi entender no cae nunca o casi nunca en ese pozo de lo ridículo, sino que lo bordea siempre, o casi siempre, con una maestría envidiable.

Creo que Marías es de los grandes de la literatura española actual, le pese a quien le pese. Se dice de él que está periclitado. Yo no lo creo. Escribe como quiere, y más. Además, retrata muy idiosincráticamente la atmósfera de la posmodernidad desde un universo propio y agradablemente libresco que lo convierte, a la vez que en tardo-moderno, en un clásico. Reflexiones como ésta, sobre el tiempo que se enroscan líricamente en la intemporalidad de su propio tema, me hacen pensar que no miento:  “Uno ignora lo que el tiempo hará con sus capas finas que se superponen indistinguibles, en qué es capaz de convertirnos. Avanza sigilosamente, día a día y hora a hora y paso a paso envenenado, no se hace notar en su subrepticia labor, tan respetuosa y mirada y mirada que nunca nos da un empujón ni un sobresalto. Cada mañana aparece con su semblante tranquilizador e invariable, y nos asegura lo contrario de lo que está sucediendo: que todo está bien y nada cambia, que todo es como ayer –el equilibrio de fuerzas-, que nada se gana y nada se pierde, que nuestro rostro es el mismo y también nuestro pelo y nuestro contorno, que quien nos odiaba nos sigue odiando y quien nos quería nos sigue queriendo. Y es todo lo contrario, en efecto, sólo que no nos permite advertirlo con sus traicioneros minutos y sus taimados segundos, hasta que llega un día extraño, impensable, en el que nada es como fue siempre (…)” (pp. 314-315)

Toda su novela esta impregnada de esta telaraña discursiva que te atrapa y subyuga a través de la repetición de determinados temas para los que sabe escoger claramente emblemas literarios. Y toda esa poderosa marea discursiva que subyace a la lectura te arrastra irremisiblemente hacia una visión del mundo en que no hay sitio para la esperanza reconciliada con los grandes relatos. Lo único que nos queda es el consuelo de redención que nos proporciona el arte y el continuo aparecer y repetirse de determinados mantras librescos en que el artista consigue reflejar, vagamente, iluminaciones acerca de escasos momentos de enamoramiento y felicidad.

Nos quedaría así, según Marías, la prosa de Marías como horizonte, como tímida y tibia luz que calienta y rescata –aunque sea en el instante de la lectura- este mundo vacío y enfriado desde el confín de los tiempos por el azar. Algo que los comentaristas ficticios de la teleserie Los muertos enuncian claramente de este modo:  “La metáfora de la vida humana es obvia: en nuestra realidad no existen cómplices capaces de leer con claridad profética la realidad (eso comparten, ya se ha dicho, las tres obras que venimos analizando: en ellas no hay grandes lectores, no hay nadie que sepa ver lo que está realmente sucediendo, no hay ningún House, ningún Dexter, ningún miembro del CSI; al contrario, repetimos, el único hermeneuta es el Topo [¿se refiere metafóricamente al escritor?], de algún modo un contra-lector, anarquista, generador de caos, del sinsentido). Pero también es obvia la metáfora del arte posmoderno: la intertextualidad, el guiño, la referencia cómplice, no son más que estrategias de postergación de una certeza” (Carrión, 2010, p. 152).

Lo curioso, en esta misma línea de arrumbamiento del significado, es que ninguno de los dos relatos comentados cierra la historia. Marías opta por la novela policiaca lírica, en que al espectador, como a la protagonista y narradora, le acaba no interesando en absoluto quién mató al interfecto. Carrión acaba con un fundido en negro que cancela la posibilidad de conocer el destino de Nadia, en la línea de lo que dice Mario Álvares, coautor con George Carrington de la teleserie, en las que son las últimas palabras de la novela: “quizá las buenas preguntas son las que nunca se acaban de responder” (p. 167).

En suma: lo bueno y lo malo de la posmodernidad condensado. Por un lado, la intransigencia con todo saber oracular por totalitario y la consiguiente humildad como método de conocimiento. Por el otro, la incapacidad para la certeza, y la debilidad que eso entraña, que nos convierte en polichinelas del sistema, como hemos visto hoy en el comentario hecho en nuestro seminario sobre la teleserie Black Mirror (Charlie Brooker, 2011). Lo dejo aquí: no hay que abusar.

 

Jorge Martínez Lucena

 

Bibliografía

Jorge Carrión, Los muertos, Mondadori, Barcelona, 2010.

Jorge Carrión, Teleshakespeare, Errata Naturae, Madrid, 2011.

Javier Marías, Los enamoramientos, Alfaguara, Madrid, 2011.

Jorge Martínez Lucena, Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera, Berenice, Córdoba, 2012

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