El rosario de la crónica negra

por In/ficción

Negro: el color de la sangre

Espero no ser pájaro de mal agüero, pero estos días se han ido sucediendo como un rosario de la crónica negra. Hace apenas una semana leía en el muro de Facebook de Jordi Carrión  la siguiente afirmación: “Hasta ahora mi alumno más inquietante había sido el Padre Apeles. Todavía alucino al descubrir que también tuve en dos cursos a un escalofriante criminal”. Tal mensaje iba acompañado del enlace a una noticia de El periódico, cuyo titular era “Se busca a 20 víctimas”. En ella se nos cuenta que un ecuatoriano de 41 años, poeta y fotógrafo, llamado Óscar Vicente Castro Cedeño, es un presunto violador en serie que narcotizaba a veinteañeros antes de sodomizarlos con la intención de contagiarles el VIH, del que sería portador.

Por si fuera poco, en el blog de Jordi Corominas i Julián leo un relato. Versa sobre una tal Angie, acusada de intentar el crimen perfecto. La imputación en la causa es por haber asesinado a una amiga suya para cobrar varios seguros de vida que había contratado haciéndose pasar, peluca mediante, por la víctima, nombrándose a sí misma beneficiaria en caso de muerte. Parece que la durmió con cloroformo y que después la asfixió metiendo su cabeza en una bolsa de plástico. Después la desnudó, y diseminó en su cuerpo el semen de dos gigolós a los que había contratado para que se masturbasen en un frasco. Con todo esto pretendía simular un móvil pasional. Y toda esta mascarada fue urdida por esta tal Angie, nomás que para mantener un elevado nivel adquisitivo que le permitiese seguir gozando de un estatus en lugares claves y emblemáticos, como su gimnasio, el conocido ARSENAL de Barcelona. No es moco de pavo.

Cualquiera de estos dos hechos darían para armar una novela al estilo de A sangre fría. Sólo habría que obsesionarse un poco con el tema, esperar a los respectivos juicios e ir desvelando el embrollo con paciencia de investigador, para después transcribirlo de algún modo capaz de captar al lector en todo momento. Nos viene a la mente La familia de Pascual Duarte, que utiliza la vida de un pobre diablo de la España profunda para certificar la condición de irrespirable de la miseria. La tragedia personal del garrote se convierte así en un rotundo proceso al pasado de nuestro país, perfectamente capaz de sortear los infantilismos de la censura franquista.

Alta literatura en esta misma línea he estado disfrutando estos últimos días. No siendo una novedad, he leído Plata quemada (2000), del argentino Ricardo Piglia. Uno de esos relatos que escogen el camino periodístico para llegar a las más altas cimas de la poesía. Al final del itinerario uno diría que el libro consigue lo que busca. Se limita a explicarnos lo que se sabe de un atraco realizado por una banda de malhechores en 1965 en San Fernando, provincia de Buenos Aires, que consiguió huir con el dinero a Montevideo, donde fueron identificados y asediados en un piso. Allí se parapetaron con un arsenal de armas, con grandes cantidades de cocaína, anfetaminas y demás drogas y con el botín del robo. El cóctel resulta proverbial. Lo describe Piglia en el propio texto diciendo: “(…) una versión argentina de una tragedia griega. Los héroes deciden enfrentar lo imposible y resistir, y eligen la muerte como destino” (p. 225). Además de la perfecta imitación del argot de los delincuentes, la narración va saltando agilísima y reproduciendo en su discurso la peculiaridad psíquica del personaje que en ese momento centra nuestra mirada. Esquizofrenia, drogadicción, trastorno social, abusos sexuales, autismo, etc.: todo consigue de un modo improbable su traducción estilística. Por eso “la maldad (…) no es algo que se haga con la voluntad, es una luz que viene y que te lleva” (p. 66). Y además, a veces, el narrador se deja deslizar hacia una poesía mínima, como cuando dice: “El balazo sonó seco, irreal, como una rama partida” (p. 34).

La historia consigue así dos cosas que constituyen una cierta paradoja. Por un lado, el autor le da a la novela una mayor densidad y peso, que coge prestados de la realidad. Como leemos, al fin y al cabo, “(…) los que mueren heridos por las balas no mueren limpiamente como en la películas de guerra, donde los heridos dan un giro elegante y caen, enteros, como un muñeco de cera; no, los que mueren en un tiroteo son desgarrados por los tiros y trozos de sus cuerpos quedan desparramados en el piso, como restos de un animal salido del matadero” (p. 149). Sin embargo, ése no es el único efecto conseguido con esta novela basada en hechos reales. También se crea una cierta sensación de amoralidad. Podríamos hablar de nuevo de anti-héroes y de la identificación que se produce hoy en día entre éste y el lector-espectador. Los criminales parecen ser víctimas, incluso chivos expiatorios de la religión de la normalidad social. Podríamos incluso decir que se produce una des-realización de los asesinatos en el mismo modo de ser narrados, en parte porque el registro utilizado es el periodístico-televisivo, esto es, el sonido de fondo de nuestro hogar, incapaz ya de despertar reacción moral alguna.

A este respecto hay un momento especialmente memorable. Cuando el público que asiste al asalto final de la policía, se da cuenta de que los desalmados están quemando el dinero. El narrador reflexiona: “Si la plata es lo único que justificaba las muertes y si lo que han hecho, lo han hecho por plata y ahora la queman, quiere decir que no tienen moral, ni motivos, que actúan y matan gratuitamente, por el gusto del mal, por pura maldad, son asesinos de nacimiento, criminales insensibles, inhumanos. Indignados, los ciudadanos que observaban la escena daban gritos de horror y de odio, como en un aquelarre del medioevo (según los diarios)” (p. 172). En un sentido dostoievskiano, el razonamiento es válido, porque señala “un acto nihilista y un ejemplo de terrorismo puro” (p. 174) como sucedió con los suicidas del 11-S. Pero en otro sentido, el argumento parece tener un reverso, parece señalar una incapacidad de conmoverse de la opinión pública hasta el mismo momento en que se deslegitima el móvil dinerario de la acción. En esta mentalidad en sintonía con la idolatría se sorprende uno cuando ve la teleserie Crematorio (2010), absolutamente recomendable, y percibe una constante corriente de simpatía hacia el mafioso protagonista, interpretado por Pepe Sancho. Y aquí volvemos a Jordi Carrión, que en su Teleshakespeare (2011) nos cuenta estas extrañas aficiones que hoy tenemos por los desviados y los psicópatas tipo Dexter.

Y tras todo este camino llego a mi otra lectura de esta semana: la novela póstuma de Félix Romeo: Noche de los enamorados (2012). En ella también, curiosamente, la cosa parte de la crónica negra, y también despega, yéndose poéticamente a una reflexión sobre nuestro lenguaje y la carga moral que éste conlleva. El libro alude, insistente y titilante, en el asesinato cometido por el compañero de celda de Félix Romeo, un tal Santiago Dulong, que fue condenado a apenas un año de prisión por el estrangulamiento de su segunda mujer, María Isabel Montesinos Torroba. La sentencia “condena a Santiago Dulong «a las penas de treinta días de arresto menor por la falta de malos tratos de obra y un año de prisión menor por el delito de imprudencia temeraria” (p.132).

Sin embargo, como el mismo escritor confiesa, no se trata de un libro sobre la justicia sino sobre las palabras, las palabras utilizadas por la sociedad española todavía en los noventa: porque son las palabras las culpables de la injusticia. Las palabras usadas por todos los que cuentan e intentan entender y ponen por escrito lo sucedido. Santiago Dulong ha asfixiado a su mujer mientras la trasquilaba a modo de castigo por irse con otro/otros, la muy puta, la muy borracha. Lo dice así de irónicamente Romeo: “No es una enferma alcohólica terminal (aunque lo será, gracias a los forenses sin nombre, cuando haya que valorar las causas de la muerte), sino una borracha infiel que no sabe apreciar lo que ha hecho su marido por ella (…) Los forenses sin nombre y sin identidad sexual dirán que la muerte se precipitó por dos razones que estaban relacionadas con el alcoholismo de María Isabel, razones que los jueces reflejarán en el punto 2 de su exposición del fallo: «la debilidad hepática» y «el estrechamiento anormal» de su “glotis”, todo ello producido por la excesiva ingesta de alcohol. (…) Intervino, sí, Santiago Dulong, que la sujetó por el cuello, pero el trabajo sucio ya lo había hecho el alcohol (…) Santiago Dulong, el que será su viudo, le ha ofrecido la dignidad del matrimonio y le ha ofrecido una vivienda, a cambio de algunas bofetadas ocasionales, y María Isabel le paga dándose frecuentemente a la bebida, engañándole, y engañándole, además, y eso es intolerable, en el «domicilio conyugal»” (p. 88-89).

Como ha dejado dicho Foucault, los discursos de la verdad homologados en nuestras sociedad son el legal, el policial y el de la medicina forense. La finura del francés se muestra evidente a este respecto en uno de sus cursos del Collège de France, titulado Los anormales: “(…) resulta que, en el punto en que se encuentran la institución destinada a reglar la justicia, por una parte, y las instituciones calificadas para enunciar la verdad, por la otra, en el punto, más brevemente, en que se encuentran el tribunal y el sabio, donde se cruzan la institución judicial y el saber médico o científicos, en general, en ese punto se formulan enunciados que tienen el estatus de discursos verdaderos, que poseen efectos judiciales considerables y que tienen, sin embargo, la curiosa propiedad de ser ajenos a todas las reglas, aun las más elementales, de formación de un discurso científico; de ser ajenos también a las reglas del derecho y, como los textos que les leí hace un momento, grotescos en sentido estricto” (Foucault, 2001, p. 23).

Las palabras que subraya Romeo pertenecen a estos discursos sagrados. Los medios de comunicación no serían más que sus voceros. También nos lo advierte el escritor: “«Los forenses aseguraron que una mínima presión en la tráquea pudo causarle la muerte a la víctima, dada la elevada tasa de alcohol que tenía en la sangre» es el encabezamiento que utiliza Dalia Moliné cuando informa de la sentencia en El Periódico de Aragón, el viernes 16 de junio de 1995. (…) «Una mínima presión»: un excelente resumen” (Romeo, 2012, p. 94).

A través del comentario constante de los hechos, de los antecedentes, de un obsesivo detenimiento en las palabras, Romeo va creando silencios, estupores, vacíos que desencadenan en el lector un grito a favor de una verdad por desencriptar, capaz de sustraerse a las palabras, al discurso establecido. Romeo nos lleva a vivir la normalidad establecida desde el desasosiego: el mismo que crea el final del libro, donde se nos copia el acta de defunción de la interfecta. Y en el lugar de la causa de la muerte, encontramos un espacio en blanco que, tras esta lectura, se convierte en otra sentencia.

Estoy francamente sorprendido. De hechos tan tremebundos, la literatura saca tanto…

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Jordi Carrión, Teleshakespeare, Errata Naturae, Madrid, 2011.

Michel Foucault, Los anormales, Akal, Madrid, 2001.

Ricardo Piglia, Plata Quemada, Anagrama, Barcelona, 2000.

Félix Romeo, Noche de los enamorados, Mondadori, Barcelona, 2012.

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