La diferencia que nos hermana

por In/ficción

Juan Giralt, un padre que marca la diferencia

En una entrevista al filósofo Jean-Luc Marion realizada por Daniele Zappalà, publicada el pasado 9 de Febrero en Avvenire, aquél se ponía un pelín apocalíptico y confesaba: “Si nos referimos a la tríada de los valores republicanos franceses, la libertad puede quizás garantizarse a nivel público. Lo mismo que la igualdad. Pero la fraternidad presupone un padre, mientras que la sociedad laica se funda sobre la ausencia del padre. El único padre ausente posible es Dios, pero hasta el momento no ha sido reconocido. Por tanto, en los sistemas fundados sobre los tres valores franceses, hay una contradicción interna. Los dos primeros términos no pueden garantizar el tercero. La fraternidad no debería incluirse, porque está más allá del proyecto ilustrado”.

Ante esta afirmación uno ve varias cosas. En contra de ella se podría decir que el Estado es el Gran padre. Son varios los teóricos políticos que han leído la modernidad como una secularización consistente en substituir la figura de Dios por la figura del Estado (Barraycoa, 2003). Ante las injusticias de Dios (o su Iglesia o iglesias) aparece el Estado providente, que nos surte con derechos y servicios a cambio de nuestros sacrificios laicos que toman forma de impuestos y del seguimiento acrítico de ciertas liturgias burocráticas. El único requerimiento es el de conformarse con el bienestar y olvidarse de la trasnochada salvación, propia de tiempos más oscuros.

Sin embargo, viendo la situación griega, parece que el empíreo politeísta de los estados nación se está viniendo abajo, según una tendencia que ya se viene observando hace tiempo y que incluso fue un desiderátum en Kant o en Hegel, donde el punto de llegada de la historia parecía ser un cierto Estado universal.  Si esto es así, perfectamente podría ser que el diocesillo griego estuviese siendo devorado por un Dios mayor, Europa, que a su vez, al modo de las matrioskas, estuviese también siendo fagocitado por los mercados internacionales y sus tan diversas mixtificaciones.

Y llegados aquí, es cuando le podríamos empezar a dar la razón a Marion. Sólo en cierto sentido. Porque la economía mundial no es ya un modelo de poder jerárquico y patriarcal (panóptico o anatomo-político en el lenguaje foucaultiano), sino más bien matriarcal (controlador y biopolítico en terminología también del francés) por articularse el dominio mediante mecanismos más propios del principio de placer que del de realidad (el machista fue Freud, yo me ciño a su discurso). La Gran Madre de la que nos habla el psicoanalista Risé es aquella que nos cautiva y nos hace cautivos surtiéndonos de todo aquello que queremos en cada momento. Es en este cierto sentido que Marion tiene razón: hemos vivido muchos años de opulencia sin experimentar el límite de la realidad y del padre (otra vez la misoginia freudiana), o por lo menos concibiendo el sufrimiento y el sacrificio como algo a sortear, de lo que no se podía sacar nada en limpio. La sociedad del simulacro nos ha traído en volandas hasta el borde del precipicio al que se asoma la turbamulta griega (y con ellos nosotros,que les observamos desde nuestras televisiones), que ha visto cómo prendía la mecha de la deuda, con todos los efectos dominós que de esa explosión se puedan deducir, que me atrevo a pensar que no sólo percibiremos vía televisión, sino en nuestros bolsillos, hipotecas, trabajos, etc.

Dicho todo esto y antes de proponer ningún padre a lo grande para salvar nuestra civilización, veo como absolutamente perentorio el redescubrimiento de la figura del padre como trascendental humano, esto es, como alguien sin el cual la vida quedaría desarticulada y anómica. Y esto lo digo teniendo en cuenta que muchos padres simplemente no han ejercido demasiado o nada, convirtiéndose en una especie de sombra fantasmal que persigue al hijo. Pues bien, defiendo que también en ese caso el padre resulta valioso, ya que señala el lugar al que pertenecemos y al abrigo del cual crecemos, nos resulte éste más o menos agradable y conocido. Como leemos en Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, ganador con esta obra del Premio Nacional de Narrativa 2011: “(…) nuestra vida está amasada de hechos fortuitos. Se derivan infinitas posibilidades de cada decisión que tomamos, por no hablar de los efectos que sobre nosotros tienen las decisiones de otros. El futuro es incierto, vivimos en el presente. El pasado es lo único que parece inamovible y tendemos a mistificarlo. Nos proporciona una referencia contra la que rebelarnos o con la que reconciliarnos. Eso pueden ser o no los padres, y basta que así sea para que representen un conflicto. Como poco, tienen la culpa de habernos lanzado al mundo” (Giralt Torrente, 2010, p. 193).

(Me embosco un momento. A ver si me encuentro) A través de este relato de la reconciliación con el propio padre, el pintor Juan Giralt -en esta obra deliciosamente escrita, con una voz original, sosegada y minuciosamente pulida en su desnudez clásica y contenida-, podemos encontrar evidencias sencillas y desideologizadas de la innegable necesidad del padre, por muy inconveniente que haya sido el comportamiento de éste con el hijo y viceversa. La narración cubre el arco que es la vida del padre tal y como el hijo la ha conocido. Y en este trayecto no se nos ahorran los detalles negativos de un lado y de otro: la infidelidad a la madre, el mutuo trajín y latrocinio de ligues, la vida disoluta de noctámbulos, el deseo de evitar mediante su arte (en un caso la pintura y en otro la escritura) ser destruidos por la verdad (como reza Nietzsche desde la introducción del libro), el miedo a la muerte, las cobardías e injusticias económicas, etc. Y pese a todo, vemos cómo existe un respeto de fondo, un simple reconocimiento mutuo de que uno no puede ser sin el otro. Lo vemos incluso cuando el autor reflexiona sobre la relación de su padre con su abuelo: “No sé con exactitud qué pensaba mi padre, nunca fui explícito acerca de ello. Sé que una vez que alguien me dio por hecho que no lo quería, negó vehementemente que así fuera, pero lo cierto es que lo acusaba de mucho: de la frialdad de su trato, de su tristeza, de no haberlo apoyado en su carrera artística, de no hacer el esfuerzo de comprenderlo, de despreciar sus consejos, de haberlo subordinado todo a sus negocios y haberlos perdido” (p. 34).

En todo esto me atrevo a entrever que la filiación es un trascendental. Nacemos con él, desde él, y nos movemos en relación a él. Es él, precisamente, el que polariza nuestra razón cuando nos preguntamos quiénes somos, porque es nuestro constante origen. Por eso cuando se muere un padre a uno le dicen “tu padre ahora vive en ti” (p.14), y una vez has elaborado el duelo escribiendo un libro puedes terminarlo afirmando: “Pienso, entonces, en mi hijo aún no nacido, que llevará su nombre, y me pregunto en qué lo condicionaré, en qué le fallaré, que deberé perdonarle y qué deberá él perdonarme, si no lo haces antes, cuando como mi padre me diluya en la nada. (…) Qué recordará de mí con nostalgia. (…) Me gustaría conservar algo de lo mejor de mi padre para que le llegue a través de mí” (p. 200).

Lo que quiero decir con todo esto es que la filiación no es algo que haya desaparecido porque con ello desaparecería la humanidad. Por eso no hay que preocuparse. Otra cosa es que esa ilustración perenne que es la globalización (Martínez Lucena, 2007) la intente censurar como factor de construcción al son del muro de Pink Floyd. Aunque digo yo que es mejor aprender de la experiencia que dedicarse a demonizar metarrelatos. Puede que partiendo de ésta también nos demos cuenta de que la filiación no es el único trascendental sino que la fraternidad también es vivida por nosotros más allá de cualquier ideología. Nos tratamos como hermanos porque en lo que somos todos iguales es en que somos incomparablemente distintos. Media mucha menos diferencia entre una persona y un calcetín que entre dos personas. Lo hemos aprendido de Derrida, que en un delirio filosófico escribe: “El otro no es absolutamente otro más que en tanto que es un ego, es decir, en cierto modo, lo mismo que yo. A la inversa, lo otro como res es a la vez menos otro (no absolutamente otro) y menos «lo mismo» que yo. A la vez más otro y menos otro, lo que significa de nuevo que lo absoluto de la alteridad es lo mismo” (Derrida, 1989, p. 171).

Lo cual nos deja en una situación curiosa. Precisamente porque cada uno es hijo de su padre y de su madre, queda posibilitada la experiencia de la fraternidad. Aunque parezca increíble, somos hermanos en la diferencia, en el hecho de que somos un imposible. La intuición de lo cual tampoco falta en el libro de Giralt Torrente cuando dice: “Una vida, aunque frágil y efímera, es tan singular que resulta sorprendente que sea producto de un coito. El contraste entre la azarosa trivialidad con la que dos cuerpos se unen y lo que la vida a que puede dar lugar esa unión significará para quien la posea, me obsesionó durante una época” (Giralt Torrente, 2010, p. 28).

Esta misma semana lo he leído también en Deseo de ser piel roja, de Miguel Morey, cuando el narrador entabla un diálogo con una niña y leemos: “(…) me preguntas: ¿Dónde estaba yo antes de nacer? ¿Dónde? No sé qué responderte, no puedo responderte. Mirando tus ojos limpios que esperan algún cuento por respuesta no puedo decirte, simplemente, que antes no existías. No puedo negarte de este modo. Y callo, o disimulo, o te distraigo –pero, la evidencia de la absoluta improbabilidad de que tú, precisamente tú, llegarás a nacer me sobrecoge. La ola de dolida ternura hacia ti que me asalta desde muy adentro pronto se contrapesa con la certeza de que esta improbabilidad extrema, esa imposible conjunción de azares, es también la mía, y la de todos” (Morey, 1994, p. 59).

Pues eso, que por mucha ideología que nos echen, la vida, tozuda, sigue formulando sus preguntas y, aunque a trompicones, vamos ganando en certezas y oscuridades. Y, digo yo, amigo Marion, tras todo lo dicho, que la conciencia de la fraternidad puede incubarse tanto dentro como fuera de la onda expansiva de la Revolución Francesa. ¿No?

 

Jorge Martínez Lucena

 

Bibliografía

Javier Barraycoa, Sobre el poder en la modernidad y en la posmodernidad, Scire, Barcelona, 2003.

Jacques Derrida, La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona, 1989.

Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida, Anagrama, Barcelona, 2011.

Jorge Martínez Lucena, Los antifaces de Dory, Scire, Barcelona, 2007.

Miguel Morey, Deseo de ser piel roja, Anagrama, Barcelona, 1994.

 

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