Una perversa auto-apoteosis de la mente

por In/ficción

Representación fidedigna

Vicente Luis Mora puede estar contento. En Los inmortales (2012), de Manuel Vilas, encontramos otro ejemplo de lo que es la literatura pangeica. En todos los niveles, la tecnología hace acto de presencia. En las sucesivas historias que se van sucediendo en total anarquía espacio-temporal, proliferan los pens, los MP3, los deuvedés, los reproductores de DVD, internet, los cedés de audio, los vídeos de Eva Braun en Youtube, los GPS, las resonancias magnéticas, los electrodomésticos Bosch, AEG o Miele, etc. Pero no sólo ahí fulge el mundo globalizado por y en la técnica, sino también en ciertos elementos estilísticos que copian la forma de los blogs (bitácoras para los puretas), como la inserción de fotografías que ilustran el texto –incluso una resonancia magnética de la región lumbar del propio escritor, que me atrevo a postular como real-, de notas a pie de página que reenvían a Wikipedia o que mixturan realidad y apócrifo con el total desenfado de la ficción. Y más cosas.

Lo mismo, creo, sucederá con Eloy Fernández Porta, que puede encontrar aquí también un ejemplo de material after-pop: referencias pasadas, presentes y futuras metidas en la TERMO-MIX con resultados parecidos a los del bombardeo de un Dresde pop. Las fronteras quedan aniquiladas y sumidas en el lapidarium. La trascendentalidad es constantemente objeto de befa sutil y ostentórea. Todo es un empacho de inmanencia. La diferencia entre historia y ficción queda abolida. Miguel de Cervantes –Saavedra o SA- se mete en el recto el espíritu de Felipe II. Kafka ve extraterrestres. Picasso y Van Gogh, disfrazados de Elvis, se plantan en una morbosa aglomeración de gordas boterianas que gritan que la obesidad es el futuro. El rey Juan Carlos I le dice al escritor Vilas: “Vilas, eres la polla, pero una polla homérica, me he partido el culo leyendo tu bendita novela” (p. 41). Se habla del affaire de nuestro rey con Bárbara Rey. ¿Se llamaba Rey ya antes?

La primera certeza que le viene a uno a la cabeza cuando rememora lo leído es que el autor sufre de esquizofrenia. Una cosa es transitar los vacíos entre la realidad y la ficción al modo del vanguardismo literario y otra muy distinta es hacerlo obsesiva y sincopadamente, con acelerada urgencia maníaca y nerviosa de cocaína. En esto coincido con Álvaro Colomer, que dice del autor que, sin duda, “ha dejado de tomar la medicación que le fue recetada en el pasado”. El libro tiene mucho de novela, nívola unamuniana o noVila(s) (como ha dicho Colomer) escrita por uno de sus personajes: no ya Manuel Vilas (que también), sino Corman Martínez, ese ruso-español comunista romántico y psicótico empedernido que siempre lleva en el bolsillo una fotocopia arrugada de una imagen del Arcipreste de Hita.

No es broma. Quizás Vilas es un maestro de la metamorfosis, un camaleónico narrador, un proverbial imitador de síntomas tanto del bipolar tipo uno como del esquizofrénico. No lo niego. Pero, si es verdad lo que comentan psiquiatras como Sass o Fuchs, la esquizofrenia es una descorporalización, un experimentarse el yo fuera de los límites convencionalmente marcados por el propio cuerpo y las circunstancias de éste. Vilas, o el Vilas maquinado por Vilas, no sólo es un esquizofrénico sino que crea personajes que son alucinaciones. Incluso alucinaciones de sí mismos. Traduciendo a Sass, en su interesante libro The paradoxes of Delusion (1994): “la locura (…) es el punto de llegada de una trayectoria seguida por la conciencia cuando ésta se separa del cuerpo y de las pasiones, y del mundo social y práctico, y se vuelve sobre sí misma; es lo que se podría llamar una perversa auto-apoteosis de la mente” (p. 12). Me parece que leer Los inmortales a la luz de esto clarifica bastante el contenido de la obra. Invito a hacer la prueba.

Muchas veces la esquizofrenia hace aparecer síntomas depresivos, como le sucede al principio del libro a Corman Martínez. Recuérdese a los protagonistas de Shutter Island (Martin Scorsese, 2010) o de Spider (David Cronenberg, 2002) y se me enterá, creo. Ante esto, algunos psiquiatras foucaultianos, al considerar que la esquizofrenia es un modo privilegiado y alternativo y más inteligente de ver la realidad, y no una enfermedad, se limitan a recetar inhibidores selectivos de la serotonina (Prozac et al.) contra los efectos depresivos que puedan resultar de la falta de coherencia entre la realidad y el propio mundo subjetivo. El psiquiatra malagueño Juan Francisco Ferré es de ésos. Es el que medica al psicótico y visionario Corman Martínez con antidepresivos, convirtiéndolo en un maníaco que alucina (eco del narrador de esta narración por etiquetar). Lo vemos cuando Ferré, tras seis meses de medicación, le dice a su excitado paciente: “La fluoxetina rompe las inhibiciones emocionales –contestó Ferré-, incluso cambia el carácter, hay mucha literatura sobre eso, pero como médico lo que me interesa es que usted se sienta mejor, que no sufra, en definitiva” (p. 64). Se le sigue apareciendo Stalin, pero está entusiasmado.

Y dicho todo esto vamos a intentar hacer lo que se supone que hay que hacer cuando la fragmentariedad se impone. No recomponer el puzle, porque nunca hubo una unidad primigenia, sino descubrir homogeneidades, temas que conviertan la miríada de relatos delirantes y de datos sacados de un viaje psicotrópico en algo con un cierto significado. Se trata de decir algo así como que Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) versa sobre el perdón o Vidas Contadas (Jill Sprecher, 2002) sobre la soledad.

¿De qué va el libro? Según dice el mismo Vilas va sobre la alienación y sobre la imposibilidad de liberarse de ella. Somos materia, como se nos repite por activa y por pasiva a lo largo de los relatos, pero nuestro deseo siempre está más allá de ella. Estamos atrapados en un cuerpo y ya está, “el Espíritu resultó ser tecnología” (p. 200). La única inmortalidad a la que podemos aspirar es a la de la materia. Y sin embargo, como el esquizofrénico, el hombre se siente extraño con respecto a esta limitación. Como dice Virgil (rencarnación de Virgilio en el cuerpo de un negro): “el cuerpo navega hacia la destrucción” (p. 165). Pero es que ni siquiera los arcángeles venidos del espacio sideral, de millones de años luz, gozan de libertad, porque en su nave espacial “Arcan se pasa el día barriendo, limpiando, fregando la aeronave. Alguien tiene que limpiarla” (p. 204).

De igual modo que el idealismo moderno quiso desprenderse de la realidad para desarrollar sus abstracciones, el esquizofrénico se percibe a sí mismo como algo más que pura materia y al unísono cree saber que eso es una mera alucinación (porque contra lo que solemos creer, la mayor parte de los psicóticos saben que sus alucinaciones no son reales) y negando el propio deseo de inmortalidad se entrega a la nueva religión del materialismo nihilista como única reconstrucción/deconstrucción posible de la inmortalidad. El nuevo profeta del nuevo credo hace acto de comparecencia: “Arcan llega. El aire se transforma en perfume. Regresa la esperanza. Va a tener lugar la revelación que alimentará los próximos milenios, un crecimiento exponencial del ser humano. Vendrá el superhombre, que será un superartista de la existencia concebida como una interminable consumación de los placeres del amor. El amor es el mapa secreto de la inmortalidad. Gabriel está tocando el mundo, de nuevo. Todo se llena de love” (p. 213).

O sea, que Baudrillard no erraba demasiado cuando hablaba de que nuestra sociedad está esquizofrénica perdida. En este sentido, Vilas acierta. Al final resulta ser un profeta del apocalipsis. Y además es sincero, porque todo el libro destila algo que reconoce sencillamente en una entrevista, después, que “la muerte es un parón que nadie entiende”.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Louis A. Sass, The Paradoxes of Delusion, Cornell University Press, Ithaca, 1994.

Manuel Vilas, Los inmortales, Alfaguara, Madrid, 2012

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