Me pido ser el Coyote

por In/ficción

Los dibujos animados nos invaden

Me entero por Antón Castro de que en breve aparece la novela póstuma de Félix Romeo. Se titulará Noche de los enamorados (Mondadori) y hablará de aquellos tiempos en que lo encerraron por insumiso, parece. Se presentará en el vestíbulo del Teatro Principal el lunes 27 de Febrero, en un acto organizado por la editorial y por la librería Portadores de Sueños, amigos de Félix de toda la vida. Habrá que ir a Zaragoza…

Todo esto me devuelve a Félix, al que leí de nuevo hace poco. En Navidad. Su primera novela: Dibujos animados  (2001). Me habían dicho que era, sin duda, la mejor. Tras leerla, diría que está al mismo nivel que Amarillo (2008), aunque tiene algo que la hace profundamente innovadora a la vez que extrañamente familiar. No sabría decir qué exactamente. Quizás no es más que esa sensación que surge al leerla de estar asomándote a tu propia infancia. Siempre a través de ese estilo despojado que te hace el pasado transparente, puntuado de ironías y melancolías.

Como ya conté en otra ocasión, no conocí a Félix en vida. Pero cuanto más lo leo –y espero ansioso la publicación de Noche de los enamorados– más siento que tengo un hermano mayor. Ése que nunca tuve. Formula con claridad y distinción cartesianas sensaciones que yacían sepultadas en el doble fondo del olvido. Es capaz de resucitar a personajes que ya me inclinaba a pensar que no habían existido y que no eran más que el fruto de mi imaginación enfermiza. Porque navega a la perfección en ese interregno de indefinición que se abre entre la realidad y la ficción. Porque ilumina una España que nuestra literatura, durante mucho tiempo, mantuvo en la oscuridad por aparentemente inútil y sinsentido.

Dibujos animados es un libro rompedor en estos sentidos y en muchos otros. Está hecho de entradas cortas y cortísimas. Como Discotèque, pero sin estar atascada en el presente televisivo. Oscilando entre el pasado y su ambivalente relación con el presente. Espeta frases sencillas y pletóricas de significaciones poéticas. Ya en su tercera entrada leemos: “Una braga es lo más diferente a la muerte que conozco” (p. 14). Para dejar caer, unas páginas más adelante: “Quien no ha ido detrás de una buena braga limpia está muerto” (p. 18).

Hay en estas páginas mucho de relato sincero de un desencanto: “El deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota. Lo sé. He deseado como un cabrón. He dejado tanto tiempo en mis deseos que pienso que en cualquier momento puedo encontrarme con la lámpara de Aladino. Y que el genio me conceda tres deseos. Deseaba que Coyote le diera un tajo en la garganta a Correcaminos” (p. 21)

Por cierto, ayer vi con mi hijo la muerte de Correcaminos en Youtube, y me hubiese gustado comentarla con Félix, que vio la increíble mentira de esos dibujos animados, algo que yo siempre había sospechado pero que no alcanzaba a explicar como él: “Estaba delante de la tele y sufría como un cabrón. Sufría por Coyote. Esperaba que de una vez por todas Coyote acabara con Correcaminos. Coyote recibía el paquete de ACME y preparaba un dispositivo infalible. Un tirachinas gigante o un cañón de precisión o una jaula automática o dinamita que se accionaba a distancia. Aparecía el hijoputa de Correcaminos y siempre se libraba de la historia. La piedra caía sobre Coyote o Coyote se incrustaba en una montaña o Coyote acababa encerrado o a Coyote le explotaba la dinamita en la cara. Correcaminos era una nube de polvo que se quedaba quieta, decía «mic mic» y sonreía estúpidamente mientras el silbido del tren anunciaba que pronto Coyote iba a ser atropellado. Ahí estaba la vida. Una cuestión de velocidad” (p.53). Todo un elogio del antihéroe, que idea contra viento y marea, con una esperanza contra toda esperanza. Todo un ejercicio arqueológico en cuanto a los intentos de manipulación de los niños desde los dibujos animados…

Félix le hace decir a su narrador que “el pasado es un tiempo en el que yo era culpable” (p. 23). Parece que sus experiencias con el nacionalcatolicismo reinante en la España de su infancia le hicieron sacar esas conclusiones. Sin embargo, hay en todo ese pasado que nos cuenta una extraña fascinación. ¿A qué se debe? Sin duda a que fue presente. El pasado, como los dibujos animados, no es más que una des-realización de la realidad. En cambio, el presente no se puede falsificar, aunque se pueda eludir: viviendo en el añorado pasado o en el utópico futuro. Por eso el presente entraña un cierto punto de fascinación que Félix siempre ha explorado en su corta obra. En Amarillo se pregunta cómo el pasado, incluso el trágico, alimenta el presente. En Discotèque hace el presente infinito y lo deja huérfano de pasado o futuro, como la televisión, convirtiendo a sus personajes en un cruce de dibujo animado y personaje de película porno. En Dibujos animados intenta exorcizar su pasado y librarse de su impedimenta. Se lee: “Y si sólo pudiera pedir un deseo le pediría que me borrara el pasado. Que me quitara de la cabeza un montón de cosas. El pasado es una pesadilla. Cada vez el pasado es más grande. Y eso parece que no lo piensa nadie. Que nadie se da cuenta. El pasado devora. El pasado es como una piedra en el centro de la cabeza. Le pediría que mandara al infierno mis recuerdos. Todos” (p. 60).

Pero el lector vive una paradoja. Por un lado, lee lo que dice este narrador que en ciertos momentos roza la depresión (¿era una recreación de Chusé Izuel?). Por el otro, percibe un cierto atractivo en aquellos años, aunque solo sea por el propio recuerdo de aquellos tiempos. Lo cual me hace pensar. Y sigo leyendo: “El domingo era el día en que la cola podía ayudarte a ser feliz. Un poco más feliz. A olvidarte del mundo y de ti mismo. Luego venía un dolor de cabeza muy plácido y luego un largo sueño. La cola los domingos estaba bien. En una bolsa grande de galerías podíamos meter dos la cabeza. Dos respiraciones que se iban haciendo más lentas y que pasaban de la nariz a la boca. Dos perros cansados. Y dejabas de ser culpable en un desierto enorme” (p. 83).

Todo esto me hace pensar, como he dicho. Me hace preguntarme por qué esa doble impresión con respecto al pasado. El narrador lo delezna una y otra vez. De nuevo dice: “Yo también quería olvidarme de mi nombre” (p. 95). Y, sin embargo, yo como lector percibo en lo que describe Félix Romeo una cierta resurrección de aquella carne pasada. Quizás el meollo del asunto está en el presente, como he dicho, y en el modo que tuvimos y tenemos de vivir el pasado y mirar al pasado. Quizás, y sólo quizás, ese pasado como culpa no sólo tenga que ver con un entorno provinciano y supersticioso que nos quería convencer de que todo lo que hacíamos o éramos estaba mal, sino también con el estar o no presentes en nuestro pasado. El narrador de Félix estuvo presente, por lo menos en ocasiones, en su pasado. Lo vemos cuando nos habla de su deseo, que le definía, aunque nunca encontrase para él respuesta suficiente. Sin embargo, había muchos adultos muertos, ausentes, que descargaban la felicidad en la otra vida o en el futuro, o que idealizaban el pasado por el mero hecho de ser tradicional, desrealizando este mundo, convirtiéndolo en un mundo de dibujos animados que no tenía maldita la gracia.

Es hacia el final del libro cuando vemos un rápido retrato de su familia. En él, su padre, como en un relato de David Foster Wallace, habla con palabras robadas a la tele. Su padre se convierte en  Super-ratón: “Mi hermano se casó y no volvimos a saber de él. Cogió unas cuantas cosas y dijo «Me voy a casar». Dijo «Ya llamaré». Pero mi padre hacía ya dos semanas que había arrancado el teléfono. Mi padre le dijo «Y no olviden vitaminarse y supermineralizarse». Mi madre no dijo nada. Mi hermana estaba dentro de su caja de cartón” (p. 131). O sea, como una familia de Haneke o de Von Trier o de Deleuze.

“Eso es todo amigos”.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Felix Romeo, Dibujos animados, Anagrama, Barcelona, 2001.

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