Lo que tengo de Monster High

por In/ficción

Autorretrato monstruoso de Bacon

Me llamaréis malasombra, pero la cosa canta cada vez más. Estamos instalados en la civilización más avanzada y globalizada de todos los tiempos -aunque en crisis, que por algo será-, y nuestra plantilla (no laboral) para emitir juicios sobre lo que nos rodea es peligrosamente precaria o incluso primitiva. La sencillez, sin duda, puede ser un más, pero en muchas ocasiones no es otra cosa que el estandarte de la estulticia. La vida anda revestida de complejidad. Por eso, ser sencillo puede convertirse en un prodigio de adecuación o en mayúscula torpeza convencida de su acierto. En el segundo de los casos, es muy posible que tal ceguera sea producida por una acrítica fidelidad a algún esquematismo o cuadrícula.

Tenemos, por ejemplo, el caso Monster High. Esas muñecas monstruosamente bellas o bellamente monstruosas, como se quiera, que se han agotado en todas las tiendas estas navidades, por una sola razón: nuestros hijos/as las pedían a los Reyes Magos, a Papá Noel y demás regaleros. Les resultaban atractivas en algún sentido, imagino, tras mucho verlas en la serie de televisión que protagonizan. Ante esto, son muchos los que han blandido sus prejuicios y se han indignado. Han escrito artículos, como Pilar Rahola, o se han rasgado las vestiduras en foros diversos. Resumiendo: unas muñecas con aspecto gótico no entran en su patrón de belleza, lo cual indica que uno está en el lado bueno de la frontera, mientras que los otros, los partidarios de las muñequitas por resucitar, están infectados de modernidad, de pesimismo, de muerte, de relativismo o de alguna de esas cosas malas pero que muy malas que nos circundan, acechan, deforman, sigilosamente, como el lobo feroz. Resumiendo el resumen: alarmémonos: estamos perdiendo los valores.

Lo primero que sorprende cuando se escucha este tipo de jeremiadas es que la mayor parte de los padres que ahora se indignan (un verbo que está sin duda de moda, por eso lo repito), estaban encantados cuando sus hijos/as pedían que se les regalase una Barbie con su Ken (monísimos), cuyo oculto significado también merecería una mínima inspección que mostrase su filiación semántica con el mundo burgués (que ya hemos analizado en otras ocasiones aquí mismo). Barbie es al individualismo moderno lo que las Monster High son a la posmodernidad y sus aficiones góticas y gore.

Lo que no solemos preguntarnos, como buenos burgueses que somos –aunque ahora el sector pequeño-burgués esté quedando ampliamente mellado por la crisis-, es por la relación de parentesco entre Barbie y las Monster High, entre la burguesía y el teñirse de muerte de la humanidad posmoderna. Dicho de otro modo: ¿Por qué las preferimos rubias y no góticas, como la Ivonne de Carlo de la legendaria serie La Familia Monster (1964-1966) o la memorable Alaska de La bola de cristal (80’s) (o la que se despelota ahora en Interviu, recompuesta cual erótica novia de Frankenstein con el Photo-shop), aquel programa de cuando niños patrocinado por la movida madrileña. Creo que la única o mayoritaria respuesta que se daría a esta pregunta por parte de los fariseos de FAMOSA es que tanto Barbie como Ken se adaptan mucho más a ideales estéticos del canon clásico (esto es, el clásicamente burgués), sin más.

Ahí es donde a mí me gustaría hacer unas mínimas aclaraciones, con vocación de promover un cambio en nuestro modo de relacionarnos con los productos culturales y de emitir juicios sobre ellos.

En primer lugar, me parece que -siguiendo uno de esos sabios dichos castellanos: de aquellos polvos estos lodos. Traduciendo: de aquellas rubias estas góticas (Pero que no se lea aquí que tengo nada ni estética ni moralmente contra unas u otras. Evidentemente uno tiene sus preferencias pero no trata de convertirlas en categorías de juicio: son un glorioso resultado, siempre hijo de la generosidad del mundo, nunca un pre-concepto).

Y con esta aclaración viene lo politically uncorrect del post (mi segunda aclaración): poniendo sobre la mesa la noticia de ese matrimonio italiano que se ha suicidado porque no se atendían sus justas demandas por parte del gobierno y los políticos de su país. Creo que muchas veces actuamos en nuestras indignaciones culturales como estos mártires de los desfavorecidos, auto-eliminándonos de la ecuación. El procedimiento de auto-supresión es el siguiente: lo que sucede masivamente no me gusta, no lo apruebo, me enerva y saca de mis casillas, y por eso me niego a jugar, porque lo que está sucediendo es indignante y no merece atención, me da asco, me repugna porque sí y basta: en resumen, no está en mi listado de calidad de elementos aprobados. Basar la participación cultural en esta actitud tiene el mismo resultado que el suicidio de Kirilov, cuyo acto, en Los demonios de Dostoievski, pretende demostrar que Dios no existe, y  lo que verdaderamente consigue es quitarse de en medio y no participar en debate alguno.

Por último, me gustaría aportar un último elemento de reflexión a raíz de lo ya comentado. Creo que contra estas polaridades bueno/malo, yo/otros, los míos/los otros, mis convicciones/sus aberraciones, mi estética/su mal gusto, etc., lo único que se potencia es el inmovilismo mental y la incapacidad de afinar las propias opiniones sobre el mundo. A este respecto, considero interesante plantearse la propia infección por lo diferente, por lo que no encaja en nuestros siempre oxidados moldes, por esa alteridad que viene o adviene, sin la cual no seríamos nosotros mismos (recordando aquél tema de la auto-inmunidad que tocamos recientemente en nuestra felicitación navideña). En concreto, y centrando la pregunta que aquí nos conviene: ¿Que tenemos nosotros de Monster High? ¿Por qué nuestros hijos/as, y no los hijos/as del vecino, están inquietos por jugar con ellas?

No sé si alguno de los que lee esto han leído a su vez el cómic Los muertos vivientes, en el que se inspira la tan exitosa teleserie The Walking Dead. Una de las reglas del juego narrativo que en él se propone es que todos los humanos están infectados por la epidemia zombi, de modo que se convierten en tales engendros o bien por mordedura y muerte, o bien por mera muerte. Esta segunda opción es la que quiero poner aquí en juego. Por mucho que no nos hayamos convertido, a pesar de que el virus todavía no predomine en nosotros: anida en nuestra sangre. Traduciendo: lo zombi tiene algo de lo humano, es una visión reducida de lo humano, según la cual, como desapercibidamente, continuamente nos tratamos. Por eso, ir al fondo de lo que los muertos vivientes son nos permite plantear mejor la pregunta antropológica en la actualidad. Aunque para desarrollar esto invito a leer mi Ensayo Z. Antropología de la carne perecedera.

Y si alguien no se cree que lo zombi y lo humano están mutuamente infectados que vea la última escena de Dead Set (2008), donde, después de haber arrasado un rápido apocalipsis zombi con toda la población, encontramos a la protagonista, ya convertida, mirando, curiosa y sin apenas entender nada, a la cámara de Gran Hermano. Su ojo añil se convierte en el emblema de ese ojo que Orwell ya situó vigilante tras nuestras pantallas. Incluso extinguidos los humanos, el bulto antropomorfo que es el muerto viviente sigue hablando de todos nosotros y de cómo nos miramos. Incluso una miniserie inglesa, bastante serie B, se convierte en un poema del que es posible aprender, sin quedarse fuera de juego.

Así, para terminar y con toda tranquilidad, puedo decir, con Jorge Fernández Gonzalo, que estas líneas“fueron escritas por un zombi entre otros tantos” (Fernández Gonzalo, 2011, p. 204). Quizás por eso nuestros hijos/as piden las Monster High: para que los padres seamos un poco más humanos y razonemos.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Jorge Fernández Gonzalo, Filosofía zombi, Anagrama, Barcelona, 2011.

Jorge Martínez Lucena, Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera, Berenice, Córdoba, 2012.

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