Los vecinos decían que era una persona normal

por In/ficción

El laberinto de nuestra normalidad

El frío acuchilla en las calles, acosa en los pasillos. En este escenario glacial, el único lugar blindado al constipado es el consumo de productos culturales a modo de medicamento o de fuga a los paraísos artificiales. Aunque, quizás, tanto libro y tanto filme no son más que placebo. Lo que realmente funciona es la manta. Bajo ella voy tramando esta nueva antropología posmoderna sin calefacción, tras mi candente antropología de la carne perecedera (también llamada Ensayo Z).

El pasado diciembre concedieron el III Premio Otras Voces a Habitación doble (2010) de Luis Magrinyà. Obediente a las mareas de la opinión pública, estas fiestas lo he leído. Sobre todo por el prurito intelectualoide de que se trata de un galardón concedido a la mejor novela del año con unas ventas inferiores a 3000 ejemplares. Me he dejado caer en el orgasmático tobogán en el que uno se desliza al oír ese oscuro abracadabra que es la palabra minoría, siempre, y a la vez, tan cool, tan vintage, tan cult, tan emblema de la vera cultura.

De la lectura de tan especial artilugio narrativo (relato/s-ensayo) profundamente in-ficcionado e in-ficcioso, no voy a intentar convencer a nadie. Digamos simplemente que es una novela herzoguiana –por el cineasta, no por la novela- en el sentido de que se sale y se meta-sale constante y conscientemente de esta categorización, vulnerando los cánones, sin tapujos ni ambages.

Pero no me interesa ahora esto, sino el retrato del hombre de nuestros días que se muestra ya en el complemento recreativo que le acompaña desde Youtube. Por eso, a través de algunos entresacados de tal instalación posmoderna de sentidos, intentaré dibujar un esbozo de la humanidad que amanece en nuestra más hodierna actualidad. Comienzo. Lo primero que me sorprende es la maravilla que les produce a los personajes aseveraciones de sentido común, percibiéndolas con una cierta extrañeza e incluso rebelión antropológica (algo que quizás nos muestra también la portada de la obra mencionada):

“(…) las experiencias pasadas no se contentan con haber acontecido, y en algunos casos reacontecido, sino que se ilusionan con la idea de influir en lo que pueda acontecer, y por eso opinan, enérgica e interesadamente. (…) No sé si me explico. Una tiene experiencias, las pasa, y, desde el pasado, las experiencias vuelven. Acosan. Dicen cosas como: «No vayas a hacer lo mismo que la última vez», como si la última vez y esta vez se parecieran en algo” (p. 13).

Y en otro contexto, radicalmente distinto, leemos los pensamientos de un camello:

“Estuve pensando en si la experiencia que estaba a punto de concluir tendría algún significado, o alguna consecuencia, para mí; me dije que las experiencias no tenían por qué significar nada, ni –tal vez- valer nada (…) Bueno, quizá sí significasen algo para alguien” (p. 221).

Esta secreta insurrección hacia lo establecido, hacia las circunstancias dadas y los significados a los que éstas apuntan, vuelve a aflorar en otro de los relatos compendiado en este heteróclito todo narrativo, cuando se dice: “Si he de ser feliz, prefiero que no sea porque los demás me lo exigen” (p. 237). O cuando se nos habla de los meta-relatos y leemos:

“las leyendas son un «lavado» de la sangre derramada a costa de «los poderosos», a fin de que «el pueblo» se consuele pensando que su muerte engrosa los bellos recuerdos de la patria; por debajo de ellas, dice, se vislumbra tan sólo un mundo elemental de pobreza y violencia” (p. 77).

Un hondo anhelo de autenticidad clama desde la última de las células de estos polichinelas posmo, siempre actuando en el quicio de la libertad, de ese deseo de satisfacción bifronte, que parece no ser verdaderamente gozoso si no consiente. El peligro de este drama que se sigue desarrollando en los teatros de la Tierra está en olvidarse del horizonte de lo real (dado al presente por el pasado –aunque ahora intentemos reconvertir el pasado en un producto de consumo presente, como bien nos ha contado recientemente el filósofo José Luis Pardo), que no se escoge, y que constituye el único marco de la experiencia y de la felicidad, siquiera como posibilidad.

Otros de los momentos de la narración reseñables a este respecto emancipador, los encontramos de nuevo en las que son, quizás, las dos mejores historias, muy austerianas ambas, centradas en sendos personajes afectados por Alzheimer y depresión profunda, respectivamente. Dos personajes incapacitados para ser ellos mismos, enfermos de la identidad, sea neurológica que psiquiátricamente hablando. En el caso del primero, una de las personas presentes en una cena de amigos, resulta ser alguien que nadie sabe quién es y a quien nadie ha invitado, destapándose así el espejismo en el que vivimos cuando otorgamos una identidad a los demás sin preguntarles quiénes son. El narrador lo articula del siguiente modo:

“Debo insistir en que fue curioso ver cómo una persona que hasta entonces apenas poseía una identidad subsidiaria, definida únicamente como «pareja» de un hombre que acaparaba, como si las mereciera, todas las especulaciones, atraía de pronto la atención, entre salvaje y dogmática, de las mismas personas que habían claudicado sin esfuerzo ante su presencia tolerablemente borrosa. Si no tenía identidad era porque nadie se la había dado, pero, ahora que estaba claro que esta negación se sustentaba en una prerrogativa falsa, aparecía un vacío real, calamitoso, además de inadmisible. Era urgente reunir todas las fuerzas de llenarlo” (p. 173).

Sólo nos sentiremos tranquilos cuando podamos etiquetar al personaje en cuestión… Y así llegamos al insospechado ensayo que funciona como capítulo final de la obra. Nada más y nada menos que una reflexión sobre el libro, escrito a modo de confesiones,  de Lionel Dahmer, padre de Jeffrey Dahmer, más conocido como el carnicero de Milwaukee. Tras múltiples circunvoluciones discursivas se anuncia la muy foucaultiana sospecha sobre la normalidad. Según se insinúa, ésta es nada más y nada menos que un constructo consensuado por inabarcables relaciones de poder. Así, lo normal se hace sinónimo de morbosamente inquietante cuando leemos en los estertores de este libro lo siguiente:

“La normalidad sólo era una máscara, y a lo que nos insta el libro de Lionel Dahmer es a desconfiar de ella, a descifrar sus secretos, a ver por debajo de sus apariencias. Una tarea terrible y dolorosa que deberemos emprender en solitario, porque las instituciones sociales –al menos hasta que se cree el Estado psiquiátrico- no tienen la obligación de ayudarnos y toda la labor de detección y prevención caerá sobre nuestras espaldas. Lionel Dahmer no sólo describe la constitución de la normalidad, sino que, una vez identificados con sus patrones, define nuestra responsabilidad en ella. Porque, si alguna vez, queridos padres, alguien da un portazo y desencadena un terremoto, ese alguien será como usted o como yo” (p. 298).

Y es precisamente ahí donde uno se apercibe de que lo que dice Magrinyà en la dedicatoria –curiosamente escrita al final del libro- es verdad (“creo que es obvio que este libro está dedicado a mi hija Paula” (p.305)). El quid de la cuestión de esta novela-acertijo parece no ser otro que la increíble incertidumbre que se vive hoy educando a los hijos -esas presencias inevitablemente positivas para nosotros, los padres. No tenemos certezas porque nuestra experiencia ha sido desmantelada, no tenemos tradición porque desconfiamos de la experiencia de los demás ya que nos resulta una imposición (ante la propia inanidad e incapacidad crítica), la libertad es concebida como la mera posibilidad de equivocarnos porque el conocimiento es puro vacío. Estamos, pues, en pelota picada (no nos queda ni siquiera un ridículo tanga de mínimos), porque el mundo, la alteridad pasada y presente, así como nosotros mismos, según una cierta sabiduría posmoderna, no somos más que el territorio de lo inexplicable y de lo incomunicable, lo cual nos deja abismalmente lejos de nuestros hijos, que no paran de preguntarnos, como buscando respuestas…

Y mientras tanto, como en el mítico chiste de Eugenio, el hijo no para de reclamarnos: Papá… No sabe, pobre, que papá es posmo-papá. No sabe leer todavía, pobre diablo, la inscripción de la camiseta negra y ajustada de papá. Ésta reza: “LOS VECINOS DECÍAN QUE ERA UNA PERSONA NORMAL”

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Luis Magrinyà, Habitación doble, Anagrama, Barcelona, 2010.

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