Feliz Navidad a todos los auto-inmunes (también a Borjamari-Jordi)

por In/ficción

Extraña familiaridad, la de la Natividad

Con la Navidad, en el mundo cristiano, siempre se ha conmemorado y designado un suceso histórico impensable: lo imposible irrumpiendo en el mundo de lo posible, aunque manteniendo su posibilidad/imposibilidad  intacta. Los más crédulos/creyentes, incluso sostienen que esta eventualidad sigue acaeciendo en toda su pertinencia. Los belenes, los pastorets, los Papanoeles, Cagatiós, Reyes Magos, la italiana Befana, y las variopintas liturgias laicas y religiosas intentan representar esto de modo sencillo y tradicional. Pero el único modo humano de ser fiel a la tradición es desafiar su actualidad. No hay nada interesante en la tradición sino su capacidad de anunciar y abrazar lo nuevo.

En muchas ocasiones, la metanoia o conversión posibilitada por la imposibilidad de la encarnación, suele representarse literariamente en figuras extremas como el Raskolnikov de Crimen y Castigo, el Miguel Mañara de Milosz, el cura rural de Bernanos, el Jean Valjean de Los miserables o el requetenavideño Ebenezer Scrooge del infinitamente recontado Cuento de Navidad. Se trata de personajes extremos, marcados y acosados por su pasado, dispuestos a arriesgar la vida entera por encontrarle algún destello de sentido a ese lodazal que es la supervivencia en el subsuelo, tan tematizada por Dostoievski. Ante personajes de este calibre, nos descubrimos. Sin embargo -¿quién podría negarlo?- éstos son un poco lejanos en nuestras desencantadas geografías tardo-burguesas.

Mi intención/experimento aquí va a ser el de recrear un personaje aglutinante de dos características básicas: ser un pequeño-burgués y practicar la religiosidad cristiana occidental. ¿Es posible que en la vida de este ficticio cobaya se produzca la irrupción de algo llamado Navidad consistente en acontecimiento inaudito que cambia el modo de mirar y valorar las cosas? Dicho sencillamente y en literario: ¿es posible que personajes del entorno del Joseph K. de El proceso, del Gregorio Samsa de La Metamorfosis, de la Marisa Vaughan de La Señora Dalloway o del Ulrich de El hombre sin atributos cambien de mentalidad, por mucho barniz cristiano que pudiera dársele a sus creencias? Uno piensa inmediatamente en los evangélicos y pre-cristianos Zaqueo o Mateo, tan recurrentemente representados en la historia de la pintura…  ¿No tenemos acaso potenciales Zaqueos entre las filas católico-burguesas?

Pero dejemos el arte y vayamos al día a día. Volvamos, recordemos, imaginemos, suspendámonos entre la realidad y la ficción. Fijemos el foco sobre un supuesto personaje satírico que llamaremos aleatoriamente Borjamari, aunque siendo de Barcelona y alrededores podríamos también llamarle Jordi (somos tantos…). Se trata del arquetipo de pequeño-burgués cristiano. Este hombre deambula repeinado con una nítida raya al lado, ataviado con un impecable, clásico y marengo traje cuya chaqueta cruzada deja aparecer unos puños de camisa blancos solícitamente ensartados por un magnífico par de gemelos dorados. Taconea ostentosa pero civilizadamente con sus relucientes mocasines SEBAGO, como anunciando la firmeza de sus principios cristianos y su insobornable voluntad de enfrentarse a todos aquellos que osen vulnerar alguna de esas sagradas causas que son la familia, la vida, la moralidad y los siempre prestos valores cristianos. Nuestro héroe marengo es el cabeza de familia que dispone de su tiempo para medrar y mejorar, para ganar puntos con sus jefes de traje todavía más a medida y caro que el suyo y corbata de cenefa clásica cándidamente atornasolada. Todo por la familia, que es el verdadero prójimo: ése que es tan cercano a uno que casi se confunde con uno mismo. Borjamari-Jordi es inteligente, eficiente, eficaz, productivo, tecnocrático, coherente, sagaz, realista hobbesiano –ya se sabe que la gracia de Dios es algo que llueve a posteriori del homo homini lupus, bañándonos en sus lluvias de purpurina y otras dádivas- y milita en causas justas y doctrinalmente sanas y limpias, sobre todo limpias. Vive en barrios homologados de buena gente, sonríe ante bromas estandarizadas y previsibles salpimentadas de atenuado racismo, socarrón machismo y sexualidad acomplejada, pilota algún coche alemán, siempre rutilante y perfumado, y nunca deja de asistir a la misma misa dominical con todos sus hijos uniformados al estilo hermanos Dalton de centro-derecha, con sus hijas ataviadas con faldas plisadas de uniforme como si acabasen de salir del Anime japonés, aunque sin catana y en modositas, y su atractiva mujer, sobriamente emperifollada con castos pendientes de perla, coronada por un peinado minuciosamente descuidado. Toda la familia siempre muy recta. Todos contenidos hasta el estreñimiento e intentando justificar cualquier salida de tono con sonrisas cómplices al resto de integrantes de la misma clase u horda pequeño-burguesa, tan empalados todos por invisibles y erectas escobas.

Dostoievski se preguntaba si un hombre culto, un europeo contemporáneo, podía realmente creer en la divinidad de Jesucristo. Yo me pregunto aquí si este esquemático y kafkiano pequeño-burgués católico de nuestros días cree realmente en la Navidad tal y como la hemos definido, es decir, como algo imprevisible (no estereotipado) que sustraería de la homologada existencia, no porque añadiese nada a la realidad, sino porque, en la misma realidad nos permitiría vislumbrar una riqueza de relaciones y una totalidad de significados que hasta el momento nos habrían pasado completamente desapercibidos. La vida se convertiría en algo inyectado de una alegría más potente que la muerte (y que el qué dirán…).

La incompleta respuesta que soy capaz de dar a este acertijo pop navideño, es que la Navidad sería algo así como que yo pudiese mirar a Borjamari-Jordi sin cabrearme o -dependiendo de cómo se mire- que Borjamari-Jordi no despertase en mí tal animadversión, náusea y desprecio, recordándome cómo somos capaces de jibarizar la propia existencia y los propios ideales.

Y eso es lo que pasó el otro día: me encontré a Borjamari-Jordi y, pese a su incomodidad ante mi presencia, me despertó una mezcla de lástima y ternura, y me di cuenta de que todo lo que tiene y toda la obsesión que tiene por protegerlo y mantenerlo no es otra cosa que un instrumento para su malestar: para que se dé cuenta de que, pese a su discurso, es un zombi Ralph Lauren, como la mayoría de nosotros. En esto, me sumo a Millás cuando decía, en un artículo de hace no tanto: “Los hay que se resignan, aceptando lo ocurrido [la existencia perfectamente planificada] como una suerte de jubilación anticipada y forzosa, una especie de pequeña muerte a la que tarde o temprano, a base de sofá y telebasura, piensan, se acostumbrarán. Pero la mayoría, me gusta imaginar, espera tenazmente el regreso de esa vida, desde donde quiera que esté, para subirse de nuevo a ella, y vivirla, en esta oportunidad, con mayor frenesí que antes. La mitad de la gente que vemos bajo las marquesinas callejeras -yo entre ellos- fingiendo esperar al autobús, esperan en realidad que vuelva a pasar su vida por delante para retomarla de nuevo, aunque sea en marcha.”

Pese a lo dicho, la burguesía no es un atributo que se pueda otorgar sólo a los arquetipos radiografiados anteriormente. La mayoría tendemos a aburguesarnos porque no nos gusta estar a merced de la voluntad de otro, ya que nos inclinamos a considerarnos los mejores valedores de nosotros mismos. Estamos estúpidamente persuadidos de que el mejor escenario de nuestras vidas es el que nosotros mismos somos capaces de pertrechar, convirtiéndonos al unísono en actores principales, tramoyistas y carceleros. Los decorados de cartón-piedra que logramos levantar, nuestros más esforzados y consistentes logros, no consiguen eliminar esa insatisfacción que solicita sin descanso nuestra atención.

Hablando de la humana auto-inmunidad, esto es, de la consustancial apertura a la alteridad que somos, Derrida ha comentado que ésta “no es un mal absoluto. Permite la exposición al otro, a lo que viene y a quien viene —y debe pues permanecer incalculable—. Sin autoinmunidad, con la inmunidad absoluta, nada ocurriría ya. Ya nadie esperaría nada, nadie se esperaría nada, no se esperaría el uno al otro, ni se esperaría ningún acontecimiento (Derrida, 2005, p. 182). Sin la constante posibilidad de ese acontecimiento que en nuestra historia occidental es la encarnación, estaríamos condenados a ser los burgueses de Haneke o  los zombis de The Walking Dead, siempre obsesionados por asimilar la alteridad cual bolo alimenticio…

Por todo esto, que nos acomuna, os deseo Feliz Navidad a todos, porque si la Navidad es lo que supuestamente es, resulta, cuanto menos, deseable y esperable por todos. Incluso por Borjamari-Jordi, y especialmente por mí: todos auto-inmunes.

Bibliografía

Jacques Derrida, Canallas. Dos diálogos sobre la razón, Trotta, Madrid, 2005.

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