El yo zapeado en Nocilla Dream

por In/ficción

El yo de otra en pleno zapeo

Estos días, leyendo libros, me ha venido a la mente, como uno de esos anuncios que se repiten una y otra vez, algo que dijo Umbral mucho tiempo antes de morir: “Quiero alguien que me haga de puerta para pasar a lo imprevisible. Sólo vale la pena hablar de lo que no se entiende, escribir de lo que está más allá de la escritura” (Umbral, 1996, p. 152). Y cuando unas frasecitas de esta laya se le meten a uno en la cabeza le retumban las sienes. Es como si se te empezase a escapar el magma mental por las orejas y no pudieses sostener esa tranquilidad homogénea de la cotidianeidad. Una especie de lento pero incansable e incandescente goteo  le cae a uno en la clavícula. Nada de corazón: la humana herida que no cicatriza esta vez se manifiesta en la hipersensible región del hombro. Allí me pongo unas cataplasmas y me dedico a escribir para bajar la hinchazón.

En cierto modo, Nocilla Dream (2006) (que va por la 7ª edición y cuya segunda y tercera parte, Nocilla experience (2008) y Nocilla Lab (2009), han sido ya editadas por Alfaguara) encajaría dentro de las antes citadas frases malditas de La belleza convulsa (1985). Por lo menos adivinamos en Agustín Fernández Mallo, su posmo-autor, un intento de introducirnos en una docuficción imprevisible en la que parece que se está hablando de algo que el posmo-autor sólo es capaz de entender en sus fragmentos. O por lo menos eso le parece a este posmo-lector.  Nocilla Dream es del mismo año que Babel (González Iñarritu, 2006) y quizás por eso transpira la misma posmo-narrativa fragmentaria y multi-protagonista de la globalización. Sin embargo, como ya he comentado en algún articulito más armado conceptualmente, este tipo de posmo-narraciones tienen el reto de mantener en el lector/espectador el interés a través de algún tipo de unidad que sea capaz de compensar la disolución en la metastática multiplicidad. En las películas multi-protagonista se consigue a través de recursos formales como el uso de colores, imágenes, melodías, repeticiones temáticas o de objetos,…  Si se logra, tenemos mucho: a un consumidor de ficción milagrosamente activo. Lo cual resulta bastante interesante.

De algún modo Nocilla Dream debe conseguir esto, ya que siete ediciones no son pocas. En este sentido el vanguardismo cinematográfico/televisivo (es televisivo porque esta disolución del relato es connatural a la experiencia televisiva) estaría llegando al mainstream literario. El sagrado arte de las letras estaría empezando a ser un satélite de este arte total que es el cine y de ese medio total que es la televisión (pese a que el texto es inadaptable al cine, pese a su tinte grind house).

En Nocilla Dream tenemos chinos octagenarios que surfean de maravilla, prostitutas de serie B que se enamoran de clientes en un burdel/frontera, violaciones de colegialas japonesas transmitidas en directo por un reality show, al Ché Guevara agonizando anciano en un hospital vietnamita y pidiendo que lo entierren en La Vegas, árboles en mitad del desierto adornados con miríadas de pares de zapatos de todo tipo, poemas conceptuales, micro-naciones estrictamente fronterizas, largas citas de matemáticos, físicos o críticos literarios o de arte, etc. Hay un poco de todo, como en la multiplicidad de canales de la televisión (teletienda incluida), y el autor va zapeando y retando al espectador para que saque sus conclusiones, para que halle una cierta ley de la previsibilidad desde lo imprevisible de esta experiencia. Una de las perlas más adensadas y memorables que encontramos en estas páginas es:

“(…) dentro de cada uno de nosotros existe otra ciudad si cabe aún más compleja; el sistema de venas, vasos y arterias por las que circula el torrente sanguíneo, una ciudad que no posee ni grifos, ni aberturas, ni desagües, sólo un canal sin fin cuya circularidad y constante retorno consolida un “yo” con el que salvarnos de la fatal dispersión de nuestra identidad en el Universo. Un desierto que no avanza, un tiempo mineralizado y detenido llevamos dentro. De ahí que el yo consista en una hipótesis inamovible que al nacer se nos asigna y que hasta el final sin éxito intentamos demostrar.” (Fernández Mallo, 2010, pp. 37-38).

Un yo que no se deja explicar, demostrar, elucidar, ni reencantar, porque el nihilismo se ha instalado en nuestra conciencia, de modo que sospechar es sinónimo de entender. En una cita del situacionista Vaneignem que encontramos en el texto, se nos dice: “La definición de nihilismo de Rozanov es la mejor (…): el espectáculo ha terminado. El público se levanta y abandona sus asientos. Es la hora de recoger los abrigos e irse a casa. Se dan la vuelta… Ya no existen sus abrigos ni tampoco sus casas”. Y Greil Marcus, crítico musical, apostilla: “Éstas [sus casas] están donde ellos se encuentran” (Fernández Mallo, 2010, p. 147). Y el show debe continuar, porque somos homeless del tittytainment.

Parece que nuestra realidad lleva incorporada la ausencia de todo significado que no sea el que aparece en la apariencia: “todas las verdades están en la superficie, como flores de agua, esas flores sin raíz que tanto fascinaban a Proust” (Umbral, 1996, p. 46). El simulacro desbanca a la pringosa realidad, y así es posible decir que “Internet, la literatura, el cine y la televisión es la forma contemporánea del viaje, más evolucionada que el viaje físico, reservado éste para esas mentes simples que si no tocan la materia con sus manos son incapaces de sentir cosa alguna” (Fernández Mallo, 2010, p. 167).

Y aquí vemos que este profeta posmoderno y post-poético que es Fernández Mallo afirma que eso imprevisible a lo que él mismo parecía que nos abría la puerta, se insinúa previsible a través de su prosa, fijándolo ésta, iluminándolo con esa nueva luz de los ordenadores que todo lo asimila a la inmanencia rizomática. Lo dice así en una especie de haiku que comenta un aforismo heracliteano según el cual no es posible pensar el mundo sin pensar la luz:  “(…) dentro de cada cuerpo todo es oscuridad, zonas del universo a las que la luz jamás tocará, y si lo hace es porque está enfermo o descompuesto. Asusta pensar que existes porque existe en ti esa muerte, esa noche para siempre. Asusta pensar que un PC está más vivo que tú, que adentro es todo luz” (Fernández Mallo, 2010, p. 172).

Pero, ay, aquí vemos que hace trampas. ¿Por qué tergiversa lo oscuro y lo convierte en muerte? ¿Maniqueísmo new age y posmoderno? ¿Trilerismo de las palabras? ¿Birlibirloques de desenfadada metafísica post-metafísica? El dado está trucado. Transparece en sus palabras la confusión del misterio imprevisible y carnal/cárnico del cuerpo con la tumefacción de lo oscuro. Lo volvemos a leer cuando sostiene: “Está claro que una mente sin cuerpo, se decía, sería inmortal, igual que si pudiera construirse un software sin su correspondiente hardware, éste funcionaría para siempre” (Fernández Mallo, 2010, p. 197).

Vemos también en este confaloniero de la posmodernidad a una nueva víctima del logocentrismo y del inseparable binomio ser/luz. Y, ante tan radical y pesimista panorama, la reacción estética sería la nietzscheana de convertir el mundo en fábula, confundiendo realidad y ficción. Así lo cuenta Fernández Mallo: “Aunque, como sabemos, cuanto existe está hecho de ficción, algunas historias y personajes han sido directamente extraídos de esa “ficción colectiva” a la que comúnmente llamamos “realidad”. El resto, de aquella otra “ficción personal” a la que solemos denominar imaginación” (Fernández Mallo, 2010, p. 220). De nuevo tenemos esa mutua infección de realidad y ficción que nosotros siempre contemplamos y anunciamos y experimentamos. Pero eso no es excusa para igualar lo desigual, para simplificar matemáticamente variables diferentes aunque correlacionadas. Pese a las momentáneas dudas de Descartes y Calderón, la vida no es un sueño, y los sueños sueños son.

Al final sólo me queda decir que, frente a esto, cabría la vía de la recuperación de lo oscuro en la que abundaré en mi próximo libro, Ensayo Z, que no tardará en salir. Siempre una tercera vía. Pero para ello debería tenerse una experiencia positiva y humana de lo imprevisible. Sería algo así como ese yo-hipótesis que no conseguimos demostrar, ni naturalizar, ni encasillar, ni recortar del resto de la realidad…

Pero una cosa hay que reconocer: si esta vivencia de lo oscuro-positivo irrumpiese leyendo este artefacto que es Nocilla Dream (¿novela?), el lector estaría despierto y observando la superficie de lo real/ficticio (algo así como la tele-pantalla), como en el final de ese magistral relato que es La niña del pelo raro, que reza (volando la cuarta pared): “Y he aquí lo que hice yo” (Wallace, 2011, p.96). ¿Qué yo? El del zapeo, digo yo.

Bibliografía

Fernández Mallo, Agustín (2010), Nocilla Dream, Candaya, Barcelona.

Umbral, Francisco (1996), La belleza convulsa, Planeta, Barcelona.

Wallace, David Foster (2011), La niña del pelo raro, Debolsillo, Barcelona.

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