Masturbación y burguesía: un árbol que no deja ver el bosque

por In/ficción

El masturbador hasta en pintura

Auerbach escribió Mimesis (1946) en su exilio de Estambul en la Segunda Guerra Mundial. Había llegado a Turquía huyendo del nacionalsocialismo anti-judío. La obra es increíble, enciclopédica, pese a que prácticamente no la pudo documentar. La leí hace ya tiempo y la tesis de fondo me sorprendió. Desde entonces me ha parecido inatacable. Según ésta, tanto en la Edad Media, como después, en el romanticismo y el realismo literarios, se descubre un intento común de “imitar” artísticamente, con la mayor fidelidad posible, la vida de los hombres corrientes, sin necesidad de caer por ello en el género y tono cómico-grotesco, donde los encasillaba la teoría de los dos niveles tanto clásica como clasicista.

La pasión por la vida corriente es una cosa muy moderna, como ya hemos leído en esa otra gran obra que es Fuentes del yo (1989), del canadiense Charles Taylor. Sin embargo, según el berlinés (Auerbach), el interés por lo terrenal y ordinario venía de mucho antes. Por eso dice, en el epílogo de su libro, que “había sido la historia de Cristo, con su mezcla radical de cotidiana realidad y de la más elevada y sublime tragedia, la que había derribado la antigua barrera estilística” (Auerbach, 2002, p. 523).

Pese a esta voluntad de la buena noticia cristiana de recordar que el lodazal de la existencia también es un lugar donde se cuela el misterio y la salvación, muchas veces nos encontramos una tendencia contraria en algunos sectores burgueses barnizados de religión cristiana (católica o protestante, no sé). Se trata de algo que tiene su origen en concepciones platónicas que permiten reducciones simplistas de lo que podríamos llamar experiencia de la realidad. Consiste en asimilar el conocimiento a un afán clasificador: bueno/malo, limpio/sucio, puro/impuro. Algo que la misma Iglesia ha condenado y llamado maniqueísmo. Algo que puede manifestarse no sólo en un orden moral, sino también antropológico (alma/cuerpo), epistemológico (intelectual/sensual), ontológico (real/aparente), teológico (gracia/naturaleza).

Este dualismo es algo que se muestra ampliamente allá donde el cristianismo se ha reducido a burguesía, a mero orden, a seguridad, a prohibiciones y a empequeñecimiento de la vida. Y, muchas veces, esta tendencia se ha traducido en un gusto cinematográfico o literario vigilante ante determinadas desviaciones que no deberían aparecer en una ficción para que ésta fuese limpia. Un caso curioso a este respecto es el de la masturbación. Algo se dispara en determinadas sensibilidades cuando algún pajillero se pone en acción en pantalla o en un libro. A este respecto recordamos memorables y denotativas gayolas cinematográficas como la de Kevin Spacey en la ducha de American Beauty (Sam Mendes, 1999) o la más reciente y adolescente de 99 Francos (Jan Kounen, 2007) con ostensible eyaculación incluida. Lo mismo podríamos decir de la literatura. En El mal de Portnoy (1969), por ejemplo, del casi-premio-Nobel Philip Roth, vemos cómo el protagonista se revela contra la culpabilidad que intenta inculcarle su madre-judía con actos de vandalismo sexual. Por eso le cuenta a su terapeuta:

“Y salgo corriendo de la cocina. ¿Adónde voy tan deprisa? A cualquier otro sitio que no sea éste.

Me arranco los pantalones, furiosamente, y me agarro a la aporreada porra de mi libertad, mi polla adolescente, mientras oigo los gritos que da mi madre al otro lado de la puerta.

-¡Esta vez no tires de la cadena! ¿Me estás oyendo, Alex? ¡Tengo que ver lo que hay en el váter!

¿Comprende usted con qué me enfrentaba, doctor? La minga era lo único que podía considerar mío en este mundo” (Roth, 2008, 41).

Si uno es lector de literatura actual sabe que no son pocas las ocasiones en que los protagonistas de esas historias se hacen molinillos o juegan a la galleta. Digamos que no es poco común en la ficción como tampoco lo es en la realidad. (Volvemos a la infección de la in/ficción.) Y, sin embargo, algunos se sienten vulnerados en sus exquisitas sensibilidades por la publicidad de tales prácticas, mientras que no se escandalizan ante los asesinatos que vemos en obras como Los hermanos Karamazov o Hamlet o A sangre fría, o con la ejecución a la que se asiste al final del magnífico clásico que es El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Pero: ¿Qué es más común el parricidio o el onanismo? ¿Qué es más reprobable la pajita o el homicidio?

Pese a lo evidente del caso, hay quien se escandaliza de estos bochornosos espectáculos de límite y traición, de sublimado narcisismo, que son las gallardas, mientras que visionan estólidos matanzas históricas y leen interesados sesudas reflexiones sobre el genocidio ilustradas con sabrosos ejemplos. La pregunta es: ¿Por qué sucede esto? ¿De dónde surge tal fijación?

Foucault, en su curso de 1974-75 en el Collège de France afirma que, en el S.XVIII,  la masturbación se convierte en un tema importante, porque posibilita el paso de la familia relacional (la más propiamente católica) a la familia nuclear burguesa, a la vez que un mayor control por parte del poder, en una especie de secularización científica de la pastoral que acabará desembocando en la petición de una entrega de la educación de los niños al Estado. Cito:

“(…) en el momento mismo en que se pone la masturbación en la orden del día moral, como consigna casi primordial de la nueva ética de la nueva familia, en ese mismo momento, como recordarán, se inscribe la masturbación no en el registro de la inmoralidad, sino de la enfermedad. Se hace de ella una especie de práctica que es universal, una especie de «x» peligrosa, inhumana y monstruosa, de la que puede derivar cualquier enfermedad. De modo que, necesariamente, se conecta ese control parental e interno, que se impone a padres y madres, con un control médico externo (…) En otros términos, en el momento mismo en que se cierra la familia celular en un espacio afectivo denso, se la inviste, en nombre de la enfermedad, con una racionalidad que la conecta a una tecnología, un poder y un saber médicos externos. La nueva familia, la familia sustancial, la familia afectiva y sexual, es al mismo tiempo una familia medicalizada” (Foucault , 2001, p. 231).

Y más adelante, afirma:

“La sexualidad infantil es el señuelo a través del cual se constituyó la familia sólida, afectiva, sustancial y celular y al abrigo del cual se le sacó el niño. La sexualidad de los hijos fue la trampa en que cayeron los padres. Es una trampa aparente: quiero decir que es una trampa real, pero destinada a los padres. Fue uno de los vectores de la constitución de la familia sólida. Fue uno de los instrumentos de intercambio que permitieron desplazar al niño del medio de su familia al espacio institucionalizado y normalizado de la educación” (Foucault, 2001, p. 239).

Se plantean aquí temas que exceden en mucho lo que quiero tratar. Lo único que me parece que soy capaz de concluir a este respecto es que la exclusiva confusión que veo capaz de provocar esta persecución obsesiva de las manolas o manivelas ficticias en determinados sectores del cristianismo aburguesado de la actualidad es una conjunción de: a) la pérdida de contacto con el mensaje cristiano original (que pretende que Cristo salva a los pecadores tal cual y que resucita también la carne sin hacerle ascos); y b) la arteriosclerización burguesa del mensaje cristiano que reduce la felicidad del niño al cumplimiento de normas y a la purificación de los hábitos coincidente con la educación para la ciudadanía (con salpimentado evangélico si se quiere). Una mentalidad que, en suma, confluye con milenarias tendencias como el gnosticismo, el maniqueísmo y el dualismo, tan tristemente arraigados hoy, porque son, como hemos visto, saberes/poderes que colaboran en determinadas técnicas clasificatorias necesarias para la verificación por parte poder. Como informa Fabrice Hadjadj:

“ya no nos tropezamos, como en la Edad Media, con hombres –nuestros prójimos-, vulnerables como nosotros a todos los pecados, sino con homosexuales, con heterosexuales, con fetichistas, con pedófilos, con zoófilos, cada uno catalogado en función de su perversión” (Hadjadj, 2009, p. 55).

Y poco después explica lo que él entiende que es una antropología precisa, en un tono que se nos antoja sublimemente chestertoniano:

“El animal dotado de palabra no es, sin embargo, una bestia a la que se le ha añadido la palabra como se pone una cereza brillante en lo alto del pastel pesado. El hombre todo entero es sensible, y todo entero parlante. Su carne es elocuente. Su palabra es carnal. En eso tengo que estar de acuerdo con el cura de Meudon: Mentula tua habet mentem [también tu miembro viril tiene inteligencia]. Lo que decentemente se podría traducir por: Conciencia sin corpulencia no es más que ruina para el alma. En el hombre, una relación puramente física es también una relación verdaderamente espiritual. Y cuanto menos espiritual es, también es menos física. Pero quizás sea eso lo que nosotros preferimos. ¿Adónde íbamos a huir lejos de Su Rostro, si el descenso por debajo de la cintura implicara también una elevación hasta los misterios?” (Hadjadj, 2009, p. 65).

Como ya he dicho alguna otra vez, citando a Kundera, la única moral de una ficción es que dentro de ella no rige ninguna norma moral. Esos juicios quedan para el lector/espectador adulto, del que, por otra parte, se espera que tenga suficiente amplitud de miras como para que los árboles (por muy empinados que estén) le dejen ver el bosque.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Auerbach, Erich (2002), Mimesis, FCE, México D.F.

Foucault, Michel (2001), Los anormales, Akal, Madrid.

Hadjadj, Fabrice (2009), La profundidad de los sexos. Por una mística de la carne, Nuevo Inicio, Granda.

Roth, Philip (2008), El mal de Portnoy, Random House Mondadori, Barcelona.

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