La experiencia expropiada en una barra americana (Reseña de “Barra Americana”, de Javier García Rodríguez, DVD Ediciones, 2011)

por In/ficción

Javier García Rodríguez, el responsable

Recogí la invitación de Ibrahim B. y todavía no me he recuperado de leer Barra Americana, de Javier García Rodríguez. Fue anoche. De un tirón. Como si me pagaran para ello. Fue una sensación rara. Una historia sin historia hecha de fragmentos de fragmentos, una novela sin argumento, un narrador que es Javier García Rodríguez y que opta por disolverse lenta y secuencialmente, como una aspirina efervescente, en este texto lacustre, como dictado desde un lugar anónimo de nuestra cultura, la americana. Una barra americana sin meretrices. Plagada, inundada de libros.

Hecha de pedazos que se unen por una serie de convicciones teóricas y estéticas del autor. El autor lucha por su propia desaparición en sus apellidos, García y Rodríguez, tan comunes, tan españoles, tan de siempre, tan democráticos, tan homologados y homologables, tan fungibles como números. Sin embargo, hay algo en el texto que no se deja devorar por el rizoma, por la implacable inmanencia del texto que no sabe escapar del signo que remite juguetonamente a otros signos. Quizás es el mismo autor, su diferencia como JGR, que infecta y parasita todo el esfuerzo de desaparición que comparte con su reconocido maestro, David Foster Wallace.

Sin pretender aquí eliminar mi incomprensión, de la que me nutro para seguir entendiendo, quisiera hacer alguna consideración al respecto de esta obrita tejida a modo de patch work literario hecho de artículos que el propio JGR ya había publicado en diversas revistas y libros. Una primera cosa que se impone leyendo esta novela-ensayo-crónica-dietario-de-viajes-recopilación-de-artículos es que el peso de la cultura en nuestra experiencia es mucho mayor de lo que somos capaces de imaginar. JGR escribe un libro sobre su existencia desde interesantes citas de otros libros, suyos y de otros, que van apareciendo, en continuidad inmediata o mediada con el resto del texto. Canciones de nuestro acervo cultural americano-español, dichos populares, recomendaciones de guías turísticas, novelas de grandes escritores a través de los cuales ya conocimos los Estados Unidos antes de conocer Estados Unidos. Parece como si en la experiencia estuviese, como condición de posibilidad, la expropiación de esta misma experiencia. JGR lo anuncia en las primeras páginas como una hipótesis a verificar: “Nombrar es existir; nombrar es convertirse en un pequeño dios omnipotente. La vida, los gestos cotidianos, el continuo acontecer de los días y de sus protagonistas no son más reales que el placer lento de los sueños y los deseos en esas noches de insomnio en las que todo lo que no ha ocurrido sucede irremediablemente y podemos verlo con los ojos abiertos de la madrugada. Es mejor escribir, dejar el testamento de lo que nunca ha sido nuestro. Así es la paradoja de lo escrito: ser los que nunca fuimos, anotar la experiencia desde la distancia más fecunda de la duda.” (p. 17). En este sentido, este vivir la vida de otros también es una especie de protección frente a un mundo que se presume sólo redimido en la seguridad del texto ajeno o propio: “Vivir porque, a veces, en las tardes de lluvia, todo se vuelve turbio: los escaparates, los rostros de una infancia tan lejana y tan cruel como un día sin libros con que mirar la vida a través de otros ojos” (p. 25).

Sin embargo, en todo esto se respira una contradicción. Y creo que esta contradicción es la responsable de la avidez y voracidad que me ha despertado el texto. La contradicción es que con todo el aparataje literario que el autor usa, magistralmente, para llevar al extremo su hipótesis de reducción de la vida y del sujeto a texto, el sujeto y la realidad aparecen intermitentemente, como dando boqueadas, como denotando y denunciando la secreta consistencia del texto. El texto en su dinámica de deconstrucción, esto es, de auto-desmantelamiento constante provocado por esa incapacidad del decir para subsumir el siempre nuevo acontecimiento del sujeto y de la realidad, que ya no se deja resumir, reducir, recubrir, reconducir por el esquemático texto pasado. El mismo JGR levanta acta de esto en algún momento de contenido lirismo invertido, cuando vuelven a Iowa tras su excursión a Florida, “escondida tras la madera oscura de una rendija en la portilla, encontramos la primera flor de la primavera asomándose curiosa al calor de lo futuro. Y no hay literatura capaz de contenerla” (p. 67). Otro lugar donde emerge con clarividencia esta falibilidad (la falibilidad de la hipótesis estructuralista según la cual la realidad puede ser reducida a lenguaje, a texto) es una cita de Chandler que corona una enorme digresión-enumeración sobre la literatura sobre literatura (Amis, Auster, Bonilla, Chabon, Coetzee, Jolley, Gutiérrez Solís, Kinder, Leavitt, Lodge, Mañas, McInnerney, Sedaris, Vila-Matas, Westlake) diciendo: “No se puede escribir sólo por haber leído todos los libros” (p. 132).

Por lo demás, un libro extraño pero transitable, experimental pero deliciosamente bien escrito, sobre algunas situaciones de la vida de JGR acaecidas en Estados Unidos (Iowa, Madison, Chicago, Orlando, Minneapolis, Cambridge,…) y vistas a través de la lente borgiana de sus infinitas lecturas. Sin duda, ésta, una lectura privilegiada para constatar la innegable infección de ficción que sufre la autobiografía de uno y para querer seguir infectándose con la multiplicidad de libros a los que (esta barra americana) nos abre.

 

Jorge Martínez Lucena

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