La nueva Eva: una inmaculada cortesana (Reseña de “Fin”, de David Monteagudo, El acantilado, 2009)

por In/ficción

Clara Lago interpreta a Eva en la adaptación cinematográfica de "Fin"

Acaba de aparecer Brañaganda (David Monteagudo, 2011) y la crítica no está tratándola demasiado bien. Según parece, ésta fue la primera novela de su autor. Sin embargo, Vallcorba prefirió publicar primero Fin (2009). Por eso, escribiendo una reseña de ésta última estamos a la última, porque Fin es la novela de Monteagudo posterior a la que se acaba de publicar. Así, Fin es la última novela de David Monteagudo, un proletario de las letras. Con ella acaba de ganar el Premio Mandarache 2011. La verdad es que, pese a las dificultades iniciales en su lectura, debidas en su mayor parte a aspectos formales, al llegar al final del trayecto, se puede decir que esta opera prima (que no lo es) es más que satisfactoria.

El lector posmoderno entra de puntillas in media res, y se sorprende tejiendo paralelismos en su tupida red de referencias culturales. Se podría decir que las ideas creativas que circulan en un inicio para estructurar la trama parecen copias de películas ya vistas y libros ya leídos. Para empezar, vemos un grupo de amigos que, tras veinticinco años de vida separados, deciden reunirse en un lugar perdido en el campo, intentando ser fieles a una vaga promesa que entonces realizaron todos ellos contemplando las estrellas. Aquí resuenan en nuestra memoria narrativa filmes como Remake (Roger Gual, 2004) o, si nos queremos remontar un pelín más allá, Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992). Es verdad que la sorpresa que se encuentran una vez llegan a la casa perdida en el campo es algo diferente que la de estas dos películas, cogiendo lentamente las derivas del cine de terror. Pero los constantes diálogos cargados de nostalgia, los reproches y las amarguras remiten constante e irremisiblemente a aquellos referentes.

No acaba ahí la cosa. Las similitudes siguen titilando en los avisados órganos de reconocimiento del lector/espectador actual. Cuando la trama empieza a desplegarse, aparecen otras inevitables remembranzas literario-fílmicas. Por un lado, rememoramos la tan frecuentada novela de Agatha Christie, Diez negritos (1939), con esos personajes que son acusados de un crimen, para luego ir cayendo, sucesiva y lentamente, como moscas, del modo más incomprensible, pese a que en aquella novela y género se acababa despejando la incógnita del misterio, cosa que aquí ni se pretende. Aunque esta referencia se mezcla con una mucho más reciente; la de El proyecto de las brujas de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez. 1999), la película independiente más taquillera de la historia.

Por si fuera poco, junto a los ingredientes del drama y la novela policíaca, y los sorprendentes aditamentos de los nuevos horror movie, tenemos quizás el que acabará siendo el género predominante, la novela post-apocalíptica, y a este respecto no dejan de venirnos a la cabeza libros como el fantástico Mecanoscrito del segundo origen (1974), de Manuel de Pedrolo (el mismo autor lo reconoce), que para todos los que crecimos en Cataluña en los ochenta fue lectura obligatoria de bachillerato, que el mismo autor reconoce como influencia. Al que quizás habría que añadir ese fantástico conjunto de relatos de Pere Calders, también escrito en catalán y posteriormente traducido, Invasión sutil y otros cuentos (1978), que podríamos tildar de surrealismo sutil, algo que también podría calificar ciertos momentos mágicos del escrito que nos ocupa. Como cuando una jauría de galgos aparentemente inofensivos, crece en oleadas, casi asintóticamente, llegando a convertirse en una inmensa amenaza húmeda y hambrienta como los hocicos de los canes, en una gasolinera donde los supervivientes se han detenido a reponer víveres, en su peregrinación en bicicleta hacia la ciudad.

El resultado es un sobreabundante pastiche posmoderno. Aunque muy equilibrado formalmente por un innegable deseo de contención que preside el libro y que va liberando su estrecho yugo lentamente, abriéndose progresivamente a un mayor espacio para el comentario y el sentimiento de un narrador que al principio se quiere confundir con un lockeano punto invisible en el espacio, dejando poco recorrido para una lírica minimalista que sólo alcanza cotas preciosistas en los últimos capítulos. Esta draconiana e inicialmente molesta auto-imposición puede tener varias razones. Quizás es algún tipo de obsesión clasicista –el autor, en una entrevista, dice que no pierde el tiempo leyendo novedades y que sólo lee ya a los clásicos. O, directa y simplemente, está facilitando, junto con su gran despliegue de diálogos, la construcción de un futurible guión cinematográfico que ya es realidad –el filme está en post-producción y si todo va bien será estrenada durante el próximo año: Fin (Jorge Torregrossa, 2012).

A toro pasado, el lector se da cuenta del magnífico alambique del relato. Todo está medido y recortado para que cuadre, para que se sostenga, incluso los momentos más delirantes, en que leones y tigres campan a sus anchas por los pueblos y las carreteras españolas. El mecanismo es de gran precisión: tenemos la culpa individual que alberga cada uno de los amigos convocados a la reunión, y una especie de amenaza fantasma que se cierne sobre la colectividad y que ha hecho desaparecer a todos los humanos de los alrededores. El juego entre ambas ideas es constante en la narración: es por eso que los personajes hacen el ejercicio que iría bien que hiciesen los habitantes de la actual crisis; se interrogan sobre la responsabilidad que tienen ellos, por sus acciones pasadas, en todo lo que está sucediendo, aunque lo hacen con un pensamiento nihilista que, en cuanto se formula, se identifica con la total desesperanza que prácticamente decae en desaparición. Lo vemos en la misma entraña del relato, que funciona como una buena metáfora de nuestro momento actual en Occidente. Ante la crisis de nuestra cultura, parece que el impulso razonable es la vuelta a nuestra tradición, a aquello que tiempo ha nos hizo progresar. Lo dice Ginés, el espontáneo líder del grupo, dirigiéndose a los demás: “No importa de qué escapemos… del Profeta, de un cataclismo nuclear, de nuestras propias conciencias… El resultado es el mismo: hay que seguir, hay que alejarse del núcleo, del problema, lo más posible y buscar la normalidad, la civilización… si es que aún existe” (p. 201).

Sin embargo, existe una sospecha de que esa civilización ya no existe, de que se ha esfumado con los cuerpos de los vivos. Lo verbaliza María cuando encuentran el cadáver de Andrés, el Profeta, en un coche accidentado en mitad de la carretera, y se da cuenta de que sólo han desaparecido los vivos: “estamos en un jodido mundo de muertos… se ve que los muertos no desaparecen” (p. 341). Así, encontramos en estas páginas un veredicto inicialmente pesimista. Occidente se ha visto reducido a la nada, llevaba en la entraña de su deseo de dominación total del mundo ese nihilismo imparable que ha aniquilado la joie de vivre en sus ciudadanos. Se lo advierte la más joven a Nieves, una de las integrantes de la banda: “Y tú crees que si estás… (…) que si estás siempre vigilando… si no dejas de pensar en eso… pues que no ocurrirá” (p. 264). Parece que, en esta sencilla retahíla, se pueda estar denotando el problema de Occidente, que ha pensado que con la dinámica racionalista y cientificista podría detener, prever y domeñar el continuo acontecer imprevisible de lo real. Este cansancio de lo antiguo, además, lo aseverarían hechos como que todos los personajes que van esfumándose como ráfagas de aire, justo antes de hacer mutis por el foro, manifiestan su profunda desesperanza. María, la única que pertenece a la generación de los veinteañeros, frente a la de los cuarentones desengañados de todo ideal, les dice: “yo no voy a abandonar la esperanza (…) Es verdad; no es para… para aumentar la moral del grupo: es que no me creo que no haya nada más; no… no puedo creerme que a mí, precisamente a mí, me haya tocado ver… ver el fin del mundo… y menos aún ser la última superviviente” (p. 265).

Existe pues, claramente, una nítida dialéctica entre lo natural y lo cultural, lo nuevo y lo viejo, lo agreste y la civilización en decadencia, lo animal y lo humano. Hay un claro intento de destronar las jerarquías: los jóvenes tienen esperanza frente a los maduros, los animales ya no aceptan el reinado del hombre, la oscuridad de las noches ya no se deja poblar por el artificio de la luz eléctrica, y, como colofón, María no es más que el nombre de guerra de Eva, la prostituta de lujo, que se convierte en la única posibilidad de nuevo inicio, con todas las connotaciones críticas que ello puede tener con respecto a la responsabilidad del cristianismo en el aburguesamiento social y la pérdida de la pasión por la aventura tan propia de lo humano. Ya decía Eliot, a pesar de sus creencias religiosas, que no tenía claro (aunque el no tenerlo claro dejaba claro que lo tenía) si había sido la humanidad la que había abandonado a la Iglesia o si había sido al revés. El final del libro nos deja, precisamente, en estas meditaciones, mientras leemos su última frase, donde el autor muestra que la concisión narrativa no era más que un recurso retórico, más o menos afortunado, pues domina también registros más enjundiosos del lenguaje: “El terreno que pisa empieza a descender en dirección a la ciudad, y nosotros, desde nuestro punto de vista, vemos cómo su cuerpo se va ocultando gradualmente, empezando por los pies, tras el horizonte cercano y transitorio del cambio de rasante: un horizonte de asfalto recalentado, licuado por la reverberación, que se va tragando a Eva parsimoniosamente, como si la chica se hundiera hasta las caderas, hasta la cintura, hasta los hombros, en el agua jabonosa y resbaladiza del espejismo, hasta que su oscura cabellera, sus últimos rizos, flotan unos instantes sobre el lecho de mercurio fundido, se convierten en una bola inestable, separada del asfalto, en un punto negro que se comprime agónicamente, hasta desaparecer” (p. 350). Si no se ha desvanecido en el aire como el resto, el único futuro de la humanidad se encarna en Eva, esa inmaculada cortesana, único lugar donde no vencen ni la culpa ni el dualismo.

Jorge Martínez Lucena

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