Carta en sepia a Félix Romeo

por In/ficción

Félix Romeo en habitación amarilla

Félix. Félix Romeo. Sólo te conocí por y en tu muerte. Amigos, conocidos, la prensa y la red hablaban de ti: se te había parado el corazón. Fue el pasado 7 de Octubre.  Y yo, ignorante de quién eras, pese a haberte visto en La Mandrágora o en Borradores. Vi aparecer fotos amarillas y negras en los perfiles de Facebook. Leí literarios panegíricos en blogs como el de Octavio Gómez Milián, o en artículos, como el de Daniel Gascón en El mundo, o el de David Trueba en El país.

No te había leído, Félix. Pero ante el alud de loas me sentí obligado a conocerte, a buscarte, a verte de nuevo, a escucharte, e incluso a leerte (por lo menos el último de tus libros publicados). Eras un humanista de la cultura actual, de lo que algunos llaman cultura pop. Lo sabías todo de libros, de cómics, de música, de cine y televisión. Desbordabas humanidad en varios sentidos. Todos los que hablan de ti coinciden. Y por todo eso, incluso yo te echo de menos, aunque no te conocí.

Félix. Tu último libro, Amarillo (2008), me ha gustado. Y sólo me atrevo aquí a rasgar el silencio dejado por su lectura y por tu partida por razones similares a las que tú aduces en una entrevista que te hacen tras el lanzamiento de tu novela Discoteque (2001). Te preguntan por tu siguiente obra y tú contestas: “voy a escribir una biografía de un amigo mío, Chusé Izuel, que se suicidó cuando vivíamos en Barcelona hace 10 años… voy a ser un detective que trata de averiguar algo sobre sí mismo” (p. 44). Suscribo lo dicho y me uno a tu quehacer. Aunque yo sólo escribiré un post sobre ti, porque no te conocí. Pero también lo haré intentando apuntar cómo tu obra (una de ellas) ha cambiado mi vida: o, lo que es lo mismo, qué es lo que me ha hecho pensar.

Félix. No es que mi vida haya dado un vuelco radical al leerte. Pero en algunas cosas me he sentido identificado contigo. Cosas que le dices a Chusé, también las podría suscribir yo en cierto modo (aunque dirigidas a ti, no a Chusé, al que nunca leí ni conocí). Por ejemplo: “Tu muerte fue un bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo” (p. 64). En Febrero de 1992, cuando Chusé se tiró desde el balcón del ático de la Calle Borrell donde vivíais los tres, yo era brevemente más joven que vosotros y estudiaba filosofía y vivía a un par de manzanas de donde sucedió todo. Pero yo no colaboré en ese crimen perfecto de Chusé. No le conocía ni a él ni a ti. Y, pese a todo, quizás sí que me he aprovechado de tu muerte. He llegado a tener móvil para planificar el silencio de tu corazón. Porque gracias a tu cuerpo sin vida quizás yo siga escribiendo. De hecho, ahora escribo porque tú has muerto (entre otras diversas razones).

Aunque, me dirás: “ni punto de comparación”. No nos parecemos en nada. Y yo no podré quitarte la razón, porque la tienes. Lo mío es diferente. Puedo decir poéticamente que te maté. Pero en ello no resuena la culpa, ni el deseo de un exorcismo. Porque yo no te conocía. Pero Chusé era tu amigo, y tú le viste deprimido durante años, y todo tu saber enciclopédico y tu amistad indudable y sincera no sirvieron para salvarle. Pese a que él no dejaba de advertirte, a través de cartas, de entrevistas, de reseñas de libros, de relatos breves,… de que tenía un plan: suicidarse. Un veintisiete. El día que le había dejado la novia. El día que su vida se sumió definitivamente en una melancolía sin fondo.

Félix. El relato que haces de su muerte me ha recordado a una película infinitamente triste: A contracorriente (Peter Callahan, 2009). Se trata de un filme prescindible, pero su historia me recuerda a la de Chusé. El protagonista (de la película), cuatro años después de la trágica muerte de su mujer y su hija, opta por lanzarse a nadar Hudson abajo durante varias semanas. Le acompañan desde una barca un amigo y una amiga, con la que se lía por el camino. Es una acuática road movie, en cuyo trayecto se empiezan a vislumbrar modestas pinceladas de atractivo en la vida del protagonista. Pese a ello, llegados a la desembocadura del río, cuando todo tiene que terminar, realmente termina. La tristeza le vence. Se despide de sus amigos y sigue nadando, mar adentro (recurrente que sea precisamente mar adentro). Mientras, los que se quedan en tierra viendo cómo el impetuoso suicida nada hacia el horizonte, no intervienen. No quieren interferir en la sagrada libertad.

Félix. A mí me parece que el grito que se plantea en Amarillo es éste. Qué tipo de amigo fui que no hice suficiente por romper el abismo insondable entre Chusé y la satisfacción de Chusé. Entre Chusé y la satisfacción de Chusé mediaba un muro construido sobre los cimientos del sinsentido y la depresión. Y por eso, quizás no había nada que hacer y lo único que quedaba era la desesperada espera en el ingrávido mundo del tabaco y en la narcótica mecedora del alcohol.

Félix. Cualquier psiquiatra lo hubiera diagnosticado. La depresión de Chusé parece de libro. La soledad en la que estaba sumido se lo estaba comiendo vivo. Tú nos lo dices con todo el sosiego de tus letras, trémulas, pero diáfanas: “Eras un yonqui de la compañía. Aunque íntimamente sintieras desprecio por la mayoría de los que participábamos en tu vida, eras incapaz de desprenderte de nosotros. Tu suicidio puede ser entendido como la incapacidad de ser privado de alguien” (p. 85). Pero no sólo eso. Padecía insomnio, como te decía en una carta, un año y pico antes de la solución final: “Estoy harto de dormir mal. Cada vez duermo menos horas. Excepto cuando llego colocado, claro” (p. 132). Sentía, además, una especie de culpa ontológica, como te cuenta en otra carta posterior: “Llevo una semana y pico que no me soporto, si bien he intentado ser soportable para los demás” (p. 141). También estaba alterada su percepción del tiempo, que se había convertido en un peso insoportable con la salida hacia el futuro tapiada. En su carta a ti de 2 de Octubre de 1990, afirma: “todo el mundo va de aquí para allá a cuestas con el reloj, mientras que yo voy de aquí para allá a cuestas con la ausencia-de-tiempo. Ahora las 17:11. Y, sin embargo, sigo teniendo la sensación de que siempre es tarde para todo” (p. 128). Pero es que incluso sospechabas que había perdido la líbido. Dices -y quizás aquí seas demasiado fiel a lo que se afirma en Los testamentos traicionados de las novelas, no de las biografías: “suspender el juicio moral no es lo inmoral de la novela, es su moral” (Kundera, 2003, p. 15): “Aunque no sepa nada, porque nunca me hablaste de tu vida sexual, en muchos de tus cuentos hablas de gatillazos, de polvos sin resolver, de fracasos. Puedo pensar que Mariángeles te dejó porque no podías follar” (p. 144).

Félix. Yo creo que Chusé queda retratado, como tú sugieres, a través del narrador de su relato “Abrazando recuerdos”, que ha matado a su antigua novia. Según la cita que repites dos veces, éste dice: “Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza, que se atraganta con su propia saliva, que se caga en los calzoncillos, que se tropieza con sus pies, que busca la salida última, que le tiene pánico a su mismo nombre” (p.154). Aunque tú no eras psiquiatra. Y, como bien sabes, la muerte no se puede ni decir ni pre-decir. A uno se le para el corazón el día menos pensado. Y en tu caso nadie podrá decir nunca que no ha latido con fuerza y generosidad. Aunque la tenebrosa oscuridad o la extremada lucidez del ACTO de Chusé te dejará todo ese malestar, al que no supiste dar otra respuesta que la de escribir Amarillo. Y la muerte te atrapó a ti luego. De otro modo. Quizás de un modo tan absurdo como le alcanzó a Chusé: “Te preparaste una tortilla francesa, y poco más tarde te tiraste por el balcón” (p. 46). Quizás por el amarillo de la tortilla tu libro acaba poéticamente y reza:

“Hoy es un día amarillo en Barcelona.

No llueve.

Nunca Llueve” (p. 155)

Félix. Ya te lo escribió Chusé: “Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda  que llevas dentro” (p. 133). Aunque leyendo tu libro, pienso que, cuando Chusé escribía eso, no era él el que hablaba, sino su insondable y letal depresión. Por eso te pido que descanses en paz, de modo directamente proporcional a como tu obra es capaz de despertar nuestras aburguesadas conciencias. Igual que la muerte de Chusé te dio a ti un poco de vida, tu muerte (ahora) infecta nuestras existencias de suculenta literatura y preguntas que buscan respuesta. Aunque hoy (menos mal) sí que llueve en Barcelona. Y el día es más sepia que amarillo…

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Kundera, M., Los testamentos traicionados, Tusquets, Barcelona, 2003.

Romeo, F., Amarillo, Plot, Madrid, 2008.

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