El desliz de Jeremías

por In/ficción

Jordi Llovet en el azul del tabaco pensativo

Movido por la sugerencia hecha por Vicente Luis Mora en su blog, he leído rápidamente El intelectual melancólico, de Jordi Gracia, una respuesta panfletaria y sangrante al libro de Jordi Llovet, Adéu a la Universitat. L’eclipsi de les humanitats (Adiós a la Universidad. El eclipse de las humanidades), publicado en catalán por Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg. En tal libro (el de Llovet) este catedrático de la Universitat de Barcelona, prematuramente retirado, argumenta, desde el relato de un dilatado número de experiencias autobiográficas, por qué se ha acogido voluntariamente a un plan de pre-jubilación, vista la decadencia imparable de las humanidades en nuestro mundo, gobernado por el capitalismo e inundado de cultura basura.

Tras su lectura (la del libro de Gracia) tengo que reconocer dos cosas: 1. Todo el que ha hecho de profesor tiene momentos en que siente una inconfesable fuerza que le impele a lanzarse por el tobogán de la queja con respecto a la deriva del mundo, la cultura posmoderna, las permisivas familias, las nuevas tecnologías, los alumnos echados a perder en la ESO, etc.; 2. Los argumentos dados por el autor, sin negar los problemas derivados de los cambios acaecidos en los últimos tiempos, convencen medianamente de que el escenario no es tan apocalíptico como podía parecer, y de que vale la pena resistir la tentación ante lo que podríamos llamar el desliz de Jeremías. Como el mismo Gracia cita de Woody Allen: “Siempre decimos que lo pasado fue mejor, que nos gustaría vivir en otra época, pero sólo pensamos en el lado bohemio, no en lo que sería ir al dentista sin novocaína” (p. 81).

Para captar el fondo de la argumentación, no hay nada más claro y efectivo que leer las últimas páginas del libro (el de Gracia), donde se nos dice:

“(…) la sociedad europea que desemboca en el siglo XXI ha sido la más respetuosa en términos absolutos y en términos relativos con el saber del sabio, aunque el sabio –o presunto sabio-desdeñe tantas veces olímpicamente la ansiedad de esa ciudadanía media que compra los fascículos con obras de clásicos en el quiosco, que ve sesudos documentales por televisión, que asiste masivamente a conferencias y es público fiel de tantas grandes exposiciones fuertemente publicitadas por los medios del Estado (…) Ni es un público exiguo ni son cifras insignificantes de ciudadanos. O cuando menos no son menores relativamente a las que ha podido conocer la sociedad europea de los dos últimos siglos. Las viejas minorías siguen siendo necesariamente minorías, pero la ampliación de la base formativa parece pasarles por alto a los nostálgicos de un orden civil e intelectual que han idealizado de las forma más simplificada y embustera, como si procediese el Occidente contemporáneo de un tiempo iluminado y limpio de morralla y no de condiciones sociales y educativas objetivamente peores que las de hoy (…)” (p. 98)

Pero no se queda ahí, y reconoce algún problema endémico también en nuestro sistema:

“Después, más abajo en la conciencia social del presente, bombea una subcultura hondamente dañina y turbadora, embrutecedora en el más puro sentido de la palabra, que quizás es también secuela posmoderna y sobre todo del capitalismo hiperdesarrollado, que es el primer interesado, a través de las empresas televisivas y las productoras, en fomentar la adicción de una población flotante con una bajísima formación. Pero esa innumerable clientela ni actúa ni tiene medios para actuar como cortafuegos de la influencia social de la alta cultura sino que vive autista y rendida a sus propios gustos en el submundo cultural. En cambio, el intelectual [se supone que el melancólico] vive con el síndrome de la víctima la presencia de ese estrato, como si de veras ahí estuviese la prueba incontestable de haber perdido un falso paraíso idealizado donde no había subcultura” (p. 99).

Leídas estas líneas a uno le invade el silencio, en el recuerdo de sus propias peroratas, puntuadas de iracundia y desdén hacia la estulticia reinante en el panorama cultural actual. Y este silencio de la confesión se hace productivo, parafraseando al mismo Jordi Gracia, cuando dice:

“Denunciar la pobreza de la cultura actual por la vía de desacreditarla es un fraude imperdonable de estos melancólicos porque en sus manos está transformar esa percepción descorazonadora en razones para el coraje estimulante. Ellos saben y sabemos los demás que la calidad es exigua y es minoritaria, que las grandes obras son grandes porque son pocas y que la producción media de una cultura se mide sin prisa y con escepticismo, pero también con la honestidad de diagnósticos equilibrados” (p. 45).

O sea: pongámonos a trabajar, amigos de esta ingobernable república de las letras (aunque incluyo aquí también a los que traman textos con imágenes).

Para acabar: como acertadamente afirma V.L. Mora en La Luz nueva, no podemos perder de vista que “la lectura de narrativa es el único momento del día o de la semana donde el ciudadano actual decide estar un rato solo, sentado y en silencio. Por tanto, es el único momento real al día, o a la semana, en el que puede pensar”. Y continúa así, recomendando a los escritores o narradores de hoy en día -aunque creemos que el consejo valdría para todo hombre de cultura: “Agárrenles ahí. Ya no hay otro espacio para el pensamiento en la vida contemporánea (…) No se carguen eso. No hagan mierda. Piensen ustedes un poco, también” (Mora, 2007, p. 11).

Pues eso: pongámonos a trabajar y evitemos el narcisista desliz de Jeremías.

 

Jorge Martínez Lucena

 

Bibliografía

Gracia, J., El intelectual melancólico. Un panfleto, Anagrama, Barcelona, 2011.

Mora, V.L., La luz nueva. Singularidades en la narrativa española actual, Berenice, Córdoba, 2007.

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