Es mucho peor no escribir

por In/ficción

Catalizador de pensamientos crepusculares

Hay un suicidio en el mundo cada 4 segundos, según la OMS. Gran parte de los que se lanzan a tales experiencias auto-letales provienen de los manidos y productivos páramos de la depresión, de la que hoy tenemos en el mundo entero a más de 120 millones de enfermos. La depresión es, así, la mayor causante de bajas laborales en el mundo. Se ha afirmado, como hipótesis científica, que la depresión es un recurso evolutivo para la supervivencia de la especie, pues permite, en sus presas, niveles de concentración inusuales, ideales para la resolución de problemas, así como un mayor realismo. Habría que discutir hasta qué punto una depresión severa permite pensar mejor y de modo más efectivo… La melancolía profunda no es un dispositivo filosófico sino, al decir de Sylvia Plath, el interior de una inmensa campana de cristal que nos separa del mundo y de los demás. Es, lo que ha llamado Styron, esa invisible oscuridad que cae blandamente sobre los mortales, robándoles la esperanza. Y otro dato más (quizás el más importante y curioso): parece que los escritores son extrañamente propensos a esta afección. Mientras que la población del mundo desarrollado suele padecerla en un 15%, en el caso de los escritores el porcentaje llega a un inquietante 80%. Por eso no es raro recordar a multitud de nombres ilustres de las letras que se quitaron la vida. En nuestra España tenemos personajes como Larra, que se voló la sien derecha. Pero también podemos recurrir a apellidos universales en la literatura como Mishima, Hemingway, Woolf, Pavese, Zweig, Celan, Lowry… Legión. Pero no sólo eso. Muchos de ellos estaban o estuvieron deprimidos. Y ése es el gatillo en que quiero entretenerme aquí: la peor de las depresiones como dispositivo de creación, la narración como vía de escape o como terapia del alma, que dirían los griegos. En su autobiográfica Ways of escape, Graham Greene ya se preguntaba: “cómo se las arreglan todos aquellos que no escriben, componen o pintan para liberarse de la locura, la melancolía y el miedo pánico inherente a la condición humana” (Graham Greene, 1980, p. 285).

La extraña idea que me gustaría ahondar durante unas líneas es la de que la escritura permite a los deprimidos una suerte de huida del propio cuerpo, que encontraría en el trasiego comunicativo de la literatura un modo de restablecer el contacto con el mundo y la alteridad. Si buceamos en la fenomenología del cuerpo desembozada por Merleau-Ponty, encontramos abalizamiento para la mencionada hipótesis. Todo el que haya atravesado una depresión entiende eso que comenta el filósofo francés de que tenemos dos cuerpos, uno transparente y el otro opaco. La cuestión es que, en cierto modo, el deprimido deja de percibir uno de sus cuerpos, el alma, aquello que según Aristóteles era en cierto modo todas las cosas. Cuando se cierne sobre nosotros el demonio de la depresión, tal y como lo llama Solomon, nuestro cuerpo crece en opacidad, deja caer el telón de la materia y empieza a sentirse permanentemente. Es entonces cuando uno aprende que había estado dando por supuesto la transparencia del cuerpo, ay, precisamente en el momento en que la ha perdido. Con la depresión, el modo estándar de nuestro cuerpo, el de la apertura a lo otro, en que el cuerpo se olvida de sí, se pierde, y nuestro cuerpo se obtura a sí mismo, hiper-corporalizándose, opacándose, no dejándose ya comerciar con la realidad. Es fácil entenderlo. Uno, normalmente, no siente su cuerpo sino que siente y conoce la realidad gracias a la transparencia constante de su cuerpo, que deja pasar las percepciones pasando él inadvertido para sí mismo. Sólo nos percibimos el cuerpo por un acto de voluntad, o cuando sentimos un dolor o nos sorprendemos mirados por los demás hasta la vergüenza. Por eso el depresivo se siente constantemente culpable, porque la culpa es la vergüenza provocada por la mirada de otro que llevo incorporada o asimilada dentro de mí. Cuando me deprimo quedo pues cautivo de mi propio cuerpo, inmerso en un abismático sentimiento de culpa y, por si fuera poco, anclado en el pasado, porque el tiempo no consigue traspasarme y me instalo en mi memoria falsificada y entenebrecida, que me acusa con incansable y surreal desproporción. Es ésta, precisamente, la razón por la que el melancólico puede llegar a confundir el suicidio no con un acto de liberación, sino con uno de justicia. Y hasta aquí el boceto naif del cuerpo en depresión. El enfermo de este mal queda aislado en la noche constante de su cuerpo, que ya no es lucerna espiritual, y opta por lucir él, en toda su fosforescencia zombi, sin dejar aparecer al mundo.

En este personal apocalipsis es donde podemos entender esta correlación entre la depresión y la escritura. No se trata de que los escritores se depriman, sino que la melancolía obliga a ensayar vías de escape, como decía Graham Greene, y una de las que los enfermos han encontrado es la de hacerse escritores y garabatear cuartillas. Es por eso que tenemos obras como el emblemático ensayo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace. En él, reconocemos un grito frágil que verbaliza la oscuridad de la que nace el impulso del autor a ejercitarse en el trapecio literario: “La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda.” Como es sabido, el autor de estas palabras al final se ahorcó en su propia casa, poco después de haber despedido cariñosamente a su familia.

El depresivo percibe como nadie el deslizarse de la entropía bajo la piel de lo real. En este sentido, es poseedor de un sexto sentido que le permite redoblar la percepción y conciencia de la deconstrucción, del descoyuntamiento que sordamente hace que tanto los conceptos como las apariencias decaigan, deslizándose inopinadamente hacia su propia inaplicabilidad y desintegración. El melancólico que empuña la pluma o acopia el aplomo para golpear estratégicamente el teclado, es, por tanto, un caballero amable, que tiene la insobornable fortaleza para encarar y para abrirse al destino como a algo desconocido a lo que uno se entrega mansamente, al son del repiqueteo percutor de las teclas.

Éste es el carrusel al que se sube el escritor enfermo, que combate la depresión desde su encierro corporal, acantonándose en los fuertes de su imaginación y su memoria, a la espera de que esa infinita dialéctica incrustada en la lógica de Vladimir y Estragón, que esperan a Godot contra toda esperanza, sea interrumpida por el imponente presentarse del otro, por el que hasta los deprimidos están infectados aunque en forma de fiebre. El otro retruena en la experiencia. Sucede ya en la insinuante forma de su espera. Y el escritor navega los meandros de esta venida con la secreta paciencia del artesano de destinos, manteniendo así a raya la acometida de una soledad pura que desde las sombras del cuerpo opaco sugiere la obnubilación y el suicidio. Y, sin embargo, son muchas las ocasiones en que el escritor sigue escribiendo en el filo del tiempo, como suspendido en un espacio tendido, sobre el abismo de su depresión, por el mismo imposible. Y entonces (el escritor) por muy desilusionado que esté, escucha en el interior de su cuerpo, donde sobrevive atrapado, bunkerizado, sepultado, una frase de los Experimentos con la verdad de Auster: “No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor si no lo hago”. Por todo esto y más seguimos leyendo con dilección a presuntos desesperados.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Auster, P., Experimentos con la verdad, Anagrama, Barcelona, 2001.

Greene, G., Ways of escape. An Autobiography, Simon & Schuster, New York, 1980.

Wallace, D. F., Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, DeBolsillo, Barcelona, 2003.

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