El intelectual melancólico y las teleseries

por In/ficción

El anti-héroe apunta al corazón del espectador

Siguiendo las siempre tonificantes recomendaciones del blog de Alberto Nahum, el otro día me sumergí en el primer capítulo de la primera temporada de la teleserie Breaking Bad (2008-). Sólo habiendo visto el piloto le tengo que dar la razón a la retahíla de adjetivos que vi en su reseña: “Compleja. Dura. Infartada. Milimétrica. Adictiva. Torera. Sutil. Sulfúrica. Esquiva. Eléctrica. Grandiosa”. Quizás lo de torera es una sobrada, pero el resto, tras el visionado, lo entiendo y comparto.

Sería absurdo ponerme aquí a hacer el trabajo de otros. Lo de comentar series mejor se lo dejo a Alberto Nahum o a Jorge Carrión, autor de esa sorpresa que fue Teleshakespeare (2011). Por eso, en lo único que voy a centrarme aquí es en ese único capítulo que llevo visto. Para que conste, lo primero que quiero decir es que, pese a las intuiciones de Enrique Lynch -profesor de uno en su día-, no creo que dedicarle tiempo a este visionado haya sido ni un reencantamiento de mi vida, ni una simple pérdida de tiempo. Más bien al contrario. Es verdad que disfruté, aunque no creo que deba arrepentirme de ello. Pero lo importante aquí es que, contra pronóstico, no me alienó, dejando en mí la inquietud de alguna reflexión que aquí intento empujar a su nacimiento, como cuando salí conmovido de la proyección de Gran Torino (Clint Eastwood, 2008) o cuando leí Los placeres y los días (1896) -no la columna diaria de Umbral, sino la recopilación de relatos y demás impresiones de Marcel Proust- y entendí que la polémica era la verdadera madre de las diosas de la crítica -cosa que en este caso se hace también aplicable a la crítica cultural a través de las series televisivas: “Un mundo elegante es aquel en que la opinión de cada cual está hecha de la opinión de los demás. ¿Es la opinión contraria de la de los demás? Entonces es un mundo literario” (Proust,  2005, p. 59).

Para los que no hayan gustado todavía este suculento plato de cocinada ficción diré que lo que se nos cuenta en Breaking Bad es la historia de un profesor de bachillerato de unos cincuenta años, casado con una mujer de cuarenta que espera su segundo vástago y con un hijo adolescente disminuido. Su sueldo como docente no le llega para pagar las facturas. Por eso compagina su trabajo con un pluriempleo como lavacoches en el que eventualmente sus alumnos se mofan de él y le hacen fotos. Sin embargo, eso no es todo. Este hombre da el pleno al quince: además le diagnostican un cáncer de pulmón inoperable y le dicen que le quedan dos años de vida. Con todo esto ya tenemos presentado al anti-héroe, tal y como lo concibió Ihab Hassan en su Radical Innocence (1961), esto es, como un rebelde-víctima, como alguien que se encuentra atrapado en la brecha que se abre entre el deseo de cumplimiento de la vida y su literal imposibilidad, como un vulgar Prometeo que se revuelve ante la evidencia de la implacable injusticia del mundo. El protagonista, Walter White, ve cómo la entropía cósmica se cierne sobre él y, en lugar de resignarse, se insubordina ante las circunstancias, transgrediendo la moral con un fin únicamente moral; es decir, para conseguir, antes de morir, algo de dinero para su familia, se pone a fabricar metanfetamina en una auto-caravana en mitad del desierto, junto a un exalumno del instituto, que se dedica al trapicheo.

Dicho esto, uno vuelve la mirada ante el artículo antes mencionado de Enrique Lynch, titulado “La vida en serie” y se teme que éste ha pasado a formar parte de lo que Jordi Gracia ha llamado el grupo de los intelectuales melancólicos, cuyo integrante paradigmático, según le hemos leído a Vicente Luis Mora, es un “escritor o profesor universitario, mayoritariamente varón, de más de 50 años de edad (aunque puede ser más joven), portador de un narcisismo herido que critica todo lo posterior a él; un catastrofista que defiende en negros artículos que la civilización ya no es lo que era, que diagnostica con impostada gravedad una carencia de fuste humanista en cualquier proyecto literario o artístico ulterior, que ya sólo “relee clásicos”, que trata con dureza o con patética condescendencia a los jóvenes, que ve cómo sus libros acumulan polvo en las estanterías mientras que los de otros comienzan a ser adquiridos y comentados, que ve en las nuevas tecnologías el fin de la raza humana y que, en general, disfraza su propia invisibilidad como si fuera un error de los tiempos, tan equivocados y malditos que son incapaces de reconocer el talento forjado a la antigua”.

En cualquier caso, voy a seguir viendo Breaking Bad porque promete. Quizás más adelante le tenga que dar la razón a la intelectualidad melancólica. Veremos.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Proust, M., Los placeres y los días, Alianza, Madrid, 2005.

Hassan, I., Radical Innocence, studies in the contemporary American novel, Princeton University Press, Princeton (NJ), 1961.

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