Sugestiones en la lírica eternal

por In/ficción

Lana del Rey de Femme Fatale americana en Video Games

Soy partidario de la intemporal nebulosa, suave y coqueta, de algunos productos terminados que podríamos llamar eternales. El recientemente descubierto sadcore de Lana del Rey, inseparable de las imágenes de la misma presentes en el videoclip de su canción Video Games, donde parece imponerse un melancólico y sugerente auto-abandono. El cine lento, el cine de la Coppola, con el tiempo, apenas corriente, de filmes como Lost in Translation (2003) o María Antonieta (2006), similar al detenido latir de la vida de los tuberculosos de La Montaña Mágica (1924), o al casi imperceptible sonsonete de En busca del tiempo perdido (1913-1927), acreditado allí desde multitud de melifluas afirmaciones como la que dice: “(…) cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo” (Proust, 1995, p. 63).

Además de la fuga a los paraísos artificiales, subproducto de eternidad y de felicidad mecida en una inmanente y utópica indeterminación, este tipo de dilatados y gozosos bostezos estéticos podrían estar sugiriendo alguna otra cosa. Esta fragilidad del tiempo que inhiere a determinadas obras artísticas podría estar sumiéndonos en el sueño de la indiferencia ante determinada condición de lo real que nuestra civilización occidental ha tendido a pasar por alto. Si intentamos ponerle nombre a esta característica de las cosas: Steiner lo ha llamado presencias reales, Lévinas lo bautizó con el apodo de el Otro, Heidegger lo entendió como el Ser que se retrae ante todo intento de ser capturado por el entendimiento -probablemente, pensaba él, porque era la misma nada. Parece que obviamos cierto elemento constitutivo de lo real y nos deslizamos anfibios sobre nuestras experiencias en el intento de unificarlas mediante una igualación artificial de lo que sucede. Parece que ciertas narraciones violentan lo real luchando por una articulación de las propias vivencias que permitiría juntarlas, aunque fuese a costa de eliminar aquello que permite que las cosas sucedan, e irrumpan en el mundo de lo posible, precisamente a través de lo imposible, de lo que no puede ser comprendido por nuestra razón logocéntrica, pero que constituye la retaguardia y la puerta de todo aparecer en nuestro mundo. En este sentido, lo que se nos estaría ocultando, o quizás encantando, es ese trasfondo intermitente o esa eventualidad subyacente de cada presente, que quedarían licuados en una suerte de hipnótico flujo magmático exudado por el lenguaje y el texto, que nos transportaría a una cósmica cinta transportadora, serena secularización del sentimiento de la eternidad.

Toda esta belleza, me parece, embota nuestros sentidos y desvía nuestra atención, colaborando inadvertidamente con el nihilismo nietzscheano, que, como se recordará, consistía en convertir la realidad en fábula (Nietzsche, 1993, pp. 51-52), lo que se hacía viable por la eventual extirpación de ese elemento intrínseco de donación que abre toda realidad a su existencia, que era debidamente substituida por la ceguera de la voluntad de poder. Pese a todo, cuando uno escucha canciones, ve películas o lee libros como los mencionados, percibe esa belleza preñada de tristeza, y se ve inundado por la premonición que es toda ausencia. Por eso digo yo que lo más triste de todo es abandonarse al mero efecto sentimental de ese espeso pathos del tiempo ralentizado, interrumpiendo el precioso silencio, que, desde la misma vaciedad, bulle atrapado en nuestra conciencia, buscando espacios para manar en libertad desde nuestra memoria.

Bibliografía

Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos, Alainza, Madrid, 1993.

Proust, M., En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann, Alianza, Madrid, 1995.

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