In/ficción

Crítica cultural sobre infecciones por literatura, cine, filosofía, ensayo, …

Mes: octubre, 2011

El desliz de Jeremías

Jordi Llovet en el azul del tabaco pensativo

Movido por la sugerencia hecha por Vicente Luis Mora en su blog, he leído rápidamente El intelectual melancólico, de Jordi Gracia, una respuesta panfletaria y sangrante al libro de Jordi Llovet, Adéu a la Universitat. L’eclipsi de les humanitats (Adiós a la Universidad. El eclipse de las humanidades), publicado en catalán por Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg. En tal libro (el de Llovet) este catedrático de la Universitat de Barcelona, prematuramente retirado, argumenta, desde el relato de un dilatado número de experiencias autobiográficas, por qué se ha acogido voluntariamente a un plan de pre-jubilación, vista la decadencia imparable de las humanidades en nuestro mundo, gobernado por el capitalismo e inundado de cultura basura.

Tras su lectura (la del libro de Gracia) tengo que reconocer dos cosas: 1. Todo el que ha hecho de profesor tiene momentos en que siente una inconfesable fuerza que le impele a lanzarse por el tobogán de la queja con respecto a la deriva del mundo, la cultura posmoderna, las permisivas familias, las nuevas tecnologías, los alumnos echados a perder en la ESO, etc.; 2. Los argumentos dados por el autor, sin negar los problemas derivados de los cambios acaecidos en los últimos tiempos, convencen medianamente de que el escenario no es tan apocalíptico como podía parecer, y de que vale la pena resistir la tentación ante lo que podríamos llamar el desliz de Jeremías. Como el mismo Gracia cita de Woody Allen: “Siempre decimos que lo pasado fue mejor, que nos gustaría vivir en otra época, pero sólo pensamos en el lado bohemio, no en lo que sería ir al dentista sin novocaína” (p. 81).

Para captar el fondo de la argumentación, no hay nada más claro y efectivo que leer las últimas páginas del libro (el de Gracia), donde se nos dice:

“(…) la sociedad europea que desemboca en el siglo XXI ha sido la más respetuosa en términos absolutos y en términos relativos con el saber del sabio, aunque el sabio –o presunto sabio-desdeñe tantas veces olímpicamente la ansiedad de esa ciudadanía media que compra los fascículos con obras de clásicos en el quiosco, que ve sesudos documentales por televisión, que asiste masivamente a conferencias y es público fiel de tantas grandes exposiciones fuertemente publicitadas por los medios del Estado (…) Ni es un público exiguo ni son cifras insignificantes de ciudadanos. O cuando menos no son menores relativamente a las que ha podido conocer la sociedad europea de los dos últimos siglos. Las viejas minorías siguen siendo necesariamente minorías, pero la ampliación de la base formativa parece pasarles por alto a los nostálgicos de un orden civil e intelectual que han idealizado de las forma más simplificada y embustera, como si procediese el Occidente contemporáneo de un tiempo iluminado y limpio de morralla y no de condiciones sociales y educativas objetivamente peores que las de hoy (…)” (p. 98)

Pero no se queda ahí, y reconoce algún problema endémico también en nuestro sistema:

“Después, más abajo en la conciencia social del presente, bombea una subcultura hondamente dañina y turbadora, embrutecedora en el más puro sentido de la palabra, que quizás es también secuela posmoderna y sobre todo del capitalismo hiperdesarrollado, que es el primer interesado, a través de las empresas televisivas y las productoras, en fomentar la adicción de una población flotante con una bajísima formación. Pero esa innumerable clientela ni actúa ni tiene medios para actuar como cortafuegos de la influencia social de la alta cultura sino que vive autista y rendida a sus propios gustos en el submundo cultural. En cambio, el intelectual [se supone que el melancólico] vive con el síndrome de la víctima la presencia de ese estrato, como si de veras ahí estuviese la prueba incontestable de haber perdido un falso paraíso idealizado donde no había subcultura” (p. 99).

Leídas estas líneas a uno le invade el silencio, en el recuerdo de sus propias peroratas, puntuadas de iracundia y desdén hacia la estulticia reinante en el panorama cultural actual. Y este silencio de la confesión se hace productivo, parafraseando al mismo Jordi Gracia, cuando dice:

“Denunciar la pobreza de la cultura actual por la vía de desacreditarla es un fraude imperdonable de estos melancólicos porque en sus manos está transformar esa percepción descorazonadora en razones para el coraje estimulante. Ellos saben y sabemos los demás que la calidad es exigua y es minoritaria, que las grandes obras son grandes porque son pocas y que la producción media de una cultura se mide sin prisa y con escepticismo, pero también con la honestidad de diagnósticos equilibrados” (p. 45).

O sea: pongámonos a trabajar, amigos de esta ingobernable república de las letras (aunque incluyo aquí también a los que traman textos con imágenes).

Para acabar: como acertadamente afirma V.L. Mora en La Luz nueva, no podemos perder de vista que “la lectura de narrativa es el único momento del día o de la semana donde el ciudadano actual decide estar un rato solo, sentado y en silencio. Por tanto, es el único momento real al día, o a la semana, en el que puede pensar”. Y continúa así, recomendando a los escritores o narradores de hoy en día -aunque creemos que el consejo valdría para todo hombre de cultura: “Agárrenles ahí. Ya no hay otro espacio para el pensamiento en la vida contemporánea (…) No se carguen eso. No hagan mierda. Piensen ustedes un poco, también” (Mora, 2007, p. 11).

Pues eso: pongámonos a trabajar y evitemos el narcisista desliz de Jeremías.

 

Jorge Martínez Lucena

 

Bibliografía

Gracia, J., El intelectual melancólico. Un panfleto, Anagrama, Barcelona, 2011.

Mora, V.L., La luz nueva. Singularidades en la narrativa española actual, Berenice, Córdoba, 2007.

Es mucho peor no escribir

Catalizador de pensamientos crepusculares

Hay un suicidio en el mundo cada 4 segundos, según la OMS. Gran parte de los que se lanzan a tales experiencias auto-letales provienen de los manidos y productivos páramos de la depresión, de la que hoy tenemos en el mundo entero a más de 120 millones de enfermos. La depresión es, así, la mayor causante de bajas laborales en el mundo. Se ha afirmado, como hipótesis científica, que la depresión es un recurso evolutivo para la supervivencia de la especie, pues permite, en sus presas, niveles de concentración inusuales, ideales para la resolución de problemas, así como un mayor realismo. Habría que discutir hasta qué punto una depresión severa permite pensar mejor y de modo más efectivo… La melancolía profunda no es un dispositivo filosófico sino, al decir de Sylvia Plath, el interior de una inmensa campana de cristal que nos separa del mundo y de los demás. Es, lo que ha llamado Styron, esa invisible oscuridad que cae blandamente sobre los mortales, robándoles la esperanza. Y otro dato más (quizás el más importante y curioso): parece que los escritores son extrañamente propensos a esta afección. Mientras que la población del mundo desarrollado suele padecerla en un 15%, en el caso de los escritores el porcentaje llega a un inquietante 80%. Por eso no es raro recordar a multitud de nombres ilustres de las letras que se quitaron la vida. En nuestra España tenemos personajes como Larra, que se voló la sien derecha. Pero también podemos recurrir a apellidos universales en la literatura como Mishima, Hemingway, Woolf, Pavese, Zweig, Celan, Lowry… Legión. Pero no sólo eso. Muchos de ellos estaban o estuvieron deprimidos. Y ése es el gatillo en que quiero entretenerme aquí: la peor de las depresiones como dispositivo de creación, la narración como vía de escape o como terapia del alma, que dirían los griegos. En su autobiográfica Ways of escape, Graham Greene ya se preguntaba: “cómo se las arreglan todos aquellos que no escriben, componen o pintan para liberarse de la locura, la melancolía y el miedo pánico inherente a la condición humana” (Graham Greene, 1980, p. 285).

La extraña idea que me gustaría ahondar durante unas líneas es la de que la escritura permite a los deprimidos una suerte de huida del propio cuerpo, que encontraría en el trasiego comunicativo de la literatura un modo de restablecer el contacto con el mundo y la alteridad. Si buceamos en la fenomenología del cuerpo desembozada por Merleau-Ponty, encontramos abalizamiento para la mencionada hipótesis. Todo el que haya atravesado una depresión entiende eso que comenta el filósofo francés de que tenemos dos cuerpos, uno transparente y el otro opaco. La cuestión es que, en cierto modo, el deprimido deja de percibir uno de sus cuerpos, el alma, aquello que según Aristóteles era en cierto modo todas las cosas. Cuando se cierne sobre nosotros el demonio de la depresión, tal y como lo llama Solomon, nuestro cuerpo crece en opacidad, deja caer el telón de la materia y empieza a sentirse permanentemente. Es entonces cuando uno aprende que había estado dando por supuesto la transparencia del cuerpo, ay, precisamente en el momento en que la ha perdido. Con la depresión, el modo estándar de nuestro cuerpo, el de la apertura a lo otro, en que el cuerpo se olvida de sí, se pierde, y nuestro cuerpo se obtura a sí mismo, hiper-corporalizándose, opacándose, no dejándose ya comerciar con la realidad. Es fácil entenderlo. Uno, normalmente, no siente su cuerpo sino que siente y conoce la realidad gracias a la transparencia constante de su cuerpo, que deja pasar las percepciones pasando él inadvertido para sí mismo. Sólo nos percibimos el cuerpo por un acto de voluntad, o cuando sentimos un dolor o nos sorprendemos mirados por los demás hasta la vergüenza. Por eso el depresivo se siente constantemente culpable, porque la culpa es la vergüenza provocada por la mirada de otro que llevo incorporada o asimilada dentro de mí. Cuando me deprimo quedo pues cautivo de mi propio cuerpo, inmerso en un abismático sentimiento de culpa y, por si fuera poco, anclado en el pasado, porque el tiempo no consigue traspasarme y me instalo en mi memoria falsificada y entenebrecida, que me acusa con incansable y surreal desproporción. Es ésta, precisamente, la razón por la que el melancólico puede llegar a confundir el suicidio no con un acto de liberación, sino con uno de justicia. Y hasta aquí el boceto naif del cuerpo en depresión. El enfermo de este mal queda aislado en la noche constante de su cuerpo, que ya no es lucerna espiritual, y opta por lucir él, en toda su fosforescencia zombi, sin dejar aparecer al mundo.

En este personal apocalipsis es donde podemos entender esta correlación entre la depresión y la escritura. No se trata de que los escritores se depriman, sino que la melancolía obliga a ensayar vías de escape, como decía Graham Greene, y una de las que los enfermos han encontrado es la de hacerse escritores y garabatear cuartillas. Es por eso que tenemos obras como el emblemático ensayo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace. En él, reconocemos un grito frágil que verbaliza la oscuridad de la que nace el impulso del autor a ejercitarse en el trapecio literario: “La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda.” Como es sabido, el autor de estas palabras al final se ahorcó en su propia casa, poco después de haber despedido cariñosamente a su familia.

El depresivo percibe como nadie el deslizarse de la entropía bajo la piel de lo real. En este sentido, es poseedor de un sexto sentido que le permite redoblar la percepción y conciencia de la deconstrucción, del descoyuntamiento que sordamente hace que tanto los conceptos como las apariencias decaigan, deslizándose inopinadamente hacia su propia inaplicabilidad y desintegración. El melancólico que empuña la pluma o acopia el aplomo para golpear estratégicamente el teclado, es, por tanto, un caballero amable, que tiene la insobornable fortaleza para encarar y para abrirse al destino como a algo desconocido a lo que uno se entrega mansamente, al son del repiqueteo percutor de las teclas.

Éste es el carrusel al que se sube el escritor enfermo, que combate la depresión desde su encierro corporal, acantonándose en los fuertes de su imaginación y su memoria, a la espera de que esa infinita dialéctica incrustada en la lógica de Vladimir y Estragón, que esperan a Godot contra toda esperanza, sea interrumpida por el imponente presentarse del otro, por el que hasta los deprimidos están infectados aunque en forma de fiebre. El otro retruena en la experiencia. Sucede ya en la insinuante forma de su espera. Y el escritor navega los meandros de esta venida con la secreta paciencia del artesano de destinos, manteniendo así a raya la acometida de una soledad pura que desde las sombras del cuerpo opaco sugiere la obnubilación y el suicidio. Y, sin embargo, son muchas las ocasiones en que el escritor sigue escribiendo en el filo del tiempo, como suspendido en un espacio tendido, sobre el abismo de su depresión, por el mismo imposible. Y entonces (el escritor) por muy desilusionado que esté, escucha en el interior de su cuerpo, donde sobrevive atrapado, bunkerizado, sepultado, una frase de los Experimentos con la verdad de Auster: “No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor si no lo hago”. Por todo esto y más seguimos leyendo con dilección a presuntos desesperados.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Auster, P., Experimentos con la verdad, Anagrama, Barcelona, 2001.

Greene, G., Ways of escape. An Autobiography, Simon & Schuster, New York, 1980.

Wallace, D. F., Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, DeBolsillo, Barcelona, 2003.

El intelectual melancólico y las teleseries

El anti-héroe apunta al corazón del espectador

Siguiendo las siempre tonificantes recomendaciones del blog de Alberto Nahum, el otro día me sumergí en el primer capítulo de la primera temporada de la teleserie Breaking Bad (2008-). Sólo habiendo visto el piloto le tengo que dar la razón a la retahíla de adjetivos que vi en su reseña: “Compleja. Dura. Infartada. Milimétrica. Adictiva. Torera. Sutil. Sulfúrica. Esquiva. Eléctrica. Grandiosa”. Quizás lo de torera es una sobrada, pero el resto, tras el visionado, lo entiendo y comparto.

Sería absurdo ponerme aquí a hacer el trabajo de otros. Lo de comentar series mejor se lo dejo a Alberto Nahum o a Jorge Carrión, autor de esa sorpresa que fue Teleshakespeare (2011). Por eso, en lo único que voy a centrarme aquí es en ese único capítulo que llevo visto. Para que conste, lo primero que quiero decir es que, pese a las intuiciones de Enrique Lynch -profesor de uno en su día-, no creo que dedicarle tiempo a este visionado haya sido ni un reencantamiento de mi vida, ni una simple pérdida de tiempo. Más bien al contrario. Es verdad que disfruté, aunque no creo que deba arrepentirme de ello. Pero lo importante aquí es que, contra pronóstico, no me alienó, dejando en mí la inquietud de alguna reflexión que aquí intento empujar a su nacimiento, como cuando salí conmovido de la proyección de Gran Torino (Clint Eastwood, 2008) o cuando leí Los placeres y los días (1896) -no la columna diaria de Umbral, sino la recopilación de relatos y demás impresiones de Marcel Proust- y entendí que la polémica era la verdadera madre de las diosas de la crítica -cosa que en este caso se hace también aplicable a la crítica cultural a través de las series televisivas: “Un mundo elegante es aquel en que la opinión de cada cual está hecha de la opinión de los demás. ¿Es la opinión contraria de la de los demás? Entonces es un mundo literario” (Proust,  2005, p. 59).

Para los que no hayan gustado todavía este suculento plato de cocinada ficción diré que lo que se nos cuenta en Breaking Bad es la historia de un profesor de bachillerato de unos cincuenta años, casado con una mujer de cuarenta que espera su segundo vástago y con un hijo adolescente disminuido. Su sueldo como docente no le llega para pagar las facturas. Por eso compagina su trabajo con un pluriempleo como lavacoches en el que eventualmente sus alumnos se mofan de él y le hacen fotos. Sin embargo, eso no es todo. Este hombre da el pleno al quince: además le diagnostican un cáncer de pulmón inoperable y le dicen que le quedan dos años de vida. Con todo esto ya tenemos presentado al anti-héroe, tal y como lo concibió Ihab Hassan en su Radical Innocence (1961), esto es, como un rebelde-víctima, como alguien que se encuentra atrapado en la brecha que se abre entre el deseo de cumplimiento de la vida y su literal imposibilidad, como un vulgar Prometeo que se revuelve ante la evidencia de la implacable injusticia del mundo. El protagonista, Walter White, ve cómo la entropía cósmica se cierne sobre él y, en lugar de resignarse, se insubordina ante las circunstancias, transgrediendo la moral con un fin únicamente moral; es decir, para conseguir, antes de morir, algo de dinero para su familia, se pone a fabricar metanfetamina en una auto-caravana en mitad del desierto, junto a un exalumno del instituto, que se dedica al trapicheo.

Dicho esto, uno vuelve la mirada ante el artículo antes mencionado de Enrique Lynch, titulado “La vida en serie” y se teme que éste ha pasado a formar parte de lo que Jordi Gracia ha llamado el grupo de los intelectuales melancólicos, cuyo integrante paradigmático, según le hemos leído a Vicente Luis Mora, es un “escritor o profesor universitario, mayoritariamente varón, de más de 50 años de edad (aunque puede ser más joven), portador de un narcisismo herido que critica todo lo posterior a él; un catastrofista que defiende en negros artículos que la civilización ya no es lo que era, que diagnostica con impostada gravedad una carencia de fuste humanista en cualquier proyecto literario o artístico ulterior, que ya sólo “relee clásicos”, que trata con dureza o con patética condescendencia a los jóvenes, que ve cómo sus libros acumulan polvo en las estanterías mientras que los de otros comienzan a ser adquiridos y comentados, que ve en las nuevas tecnologías el fin de la raza humana y que, en general, disfraza su propia invisibilidad como si fuera un error de los tiempos, tan equivocados y malditos que son incapaces de reconocer el talento forjado a la antigua”.

En cualquier caso, voy a seguir viendo Breaking Bad porque promete. Quizás más adelante le tenga que dar la razón a la intelectualidad melancólica. Veremos.

Jorge Martínez Lucena

Bibliografía

Proust, M., Los placeres y los días, Alianza, Madrid, 2005.

Hassan, I., Radical Innocence, studies in the contemporary American novel, Princeton University Press, Princeton (NJ), 1961.

Sugestiones en la lírica eternal

Lana del Rey de Femme Fatale americana en Video Games

Soy partidario de la intemporal nebulosa, suave y coqueta, de algunos productos terminados que podríamos llamar eternales. El recientemente descubierto sadcore de Lana del Rey, inseparable de las imágenes de la misma presentes en el videoclip de su canción Video Games, donde parece imponerse un melancólico y sugerente auto-abandono. El cine lento, el cine de la Coppola, con el tiempo, apenas corriente, de filmes como Lost in Translation (2003) o María Antonieta (2006), similar al detenido latir de la vida de los tuberculosos de La Montaña Mágica (1924), o al casi imperceptible sonsonete de En busca del tiempo perdido (1913-1927), acreditado allí desde multitud de melifluas afirmaciones como la que dice: “(…) cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo” (Proust, 1995, p. 63).

Además de la fuga a los paraísos artificiales, subproducto de eternidad y de felicidad mecida en una inmanente y utópica indeterminación, este tipo de dilatados y gozosos bostezos estéticos podrían estar sugiriendo alguna otra cosa. Esta fragilidad del tiempo que inhiere a determinadas obras artísticas podría estar sumiéndonos en el sueño de la indiferencia ante determinada condición de lo real que nuestra civilización occidental ha tendido a pasar por alto. Si intentamos ponerle nombre a esta característica de las cosas: Steiner lo ha llamado presencias reales, Lévinas lo bautizó con el apodo de el Otro, Heidegger lo entendió como el Ser que se retrae ante todo intento de ser capturado por el entendimiento -probablemente, pensaba él, porque era la misma nada. Parece que obviamos cierto elemento constitutivo de lo real y nos deslizamos anfibios sobre nuestras experiencias en el intento de unificarlas mediante una igualación artificial de lo que sucede. Parece que ciertas narraciones violentan lo real luchando por una articulación de las propias vivencias que permitiría juntarlas, aunque fuese a costa de eliminar aquello que permite que las cosas sucedan, e irrumpan en el mundo de lo posible, precisamente a través de lo imposible, de lo que no puede ser comprendido por nuestra razón logocéntrica, pero que constituye la retaguardia y la puerta de todo aparecer en nuestro mundo. En este sentido, lo que se nos estaría ocultando, o quizás encantando, es ese trasfondo intermitente o esa eventualidad subyacente de cada presente, que quedarían licuados en una suerte de hipnótico flujo magmático exudado por el lenguaje y el texto, que nos transportaría a una cósmica cinta transportadora, serena secularización del sentimiento de la eternidad.

Toda esta belleza, me parece, embota nuestros sentidos y desvía nuestra atención, colaborando inadvertidamente con el nihilismo nietzscheano, que, como se recordará, consistía en convertir la realidad en fábula (Nietzsche, 1993, pp. 51-52), lo que se hacía viable por la eventual extirpación de ese elemento intrínseco de donación que abre toda realidad a su existencia, que era debidamente substituida por la ceguera de la voluntad de poder. Pese a todo, cuando uno escucha canciones, ve películas o lee libros como los mencionados, percibe esa belleza preñada de tristeza, y se ve inundado por la premonición que es toda ausencia. Por eso digo yo que lo más triste de todo es abandonarse al mero efecto sentimental de ese espeso pathos del tiempo ralentizado, interrumpiendo el precioso silencio, que, desde la misma vaciedad, bulle atrapado en nuestra conciencia, buscando espacios para manar en libertad desde nuestra memoria.

Bibliografía

Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos, Alainza, Madrid, 1993.

Proust, M., En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann, Alianza, Madrid, 1995.

Infección por In/ficción

Chupópteros de lo humano en la cultura

Nuestra cultura se ha visto despertada en los últimos tiempos por ciertas constataciones que el pensamiento más arteriosclerótico ha considerado heréticas. Mientras esto sucedía, en el otro polo ideológico había numerosos conciliábulos de lo políticamente correcto que se arrojaban a las furibundas llamas de la hoguera de los multi-todo. Uno de los campos de batalla donde este enfrentamiento ha permanecido inextinguible es el mismo concepto de frontera: entre literatura y filosofía, entre realidad y ficción, entre géneros de ficción y no-ficción,…
Con Derrida, sin embargo, se abre paso la posibilidad del acuerdo entre las mencionadas radicalizaciones intelectuales. Sus ideas de contaminación, diferencia, deconstrucción, tertium datur, double bind, etc. abren un nuevo modo de inteligencia más adaptado y flexible a nuestros tiempos posmodernos. Si se entiende el juego entre identidad y alteridad que se impone en esa ley que nos gobierna, llamada diferencia, vemos cómo resulta inevitable que toda realidad esté siendo invadida o infectada por su alteridad. Nada consigue persistir en su propia identidad sino como huella, como rastro o estela de su propia existencia. El sistema inmunológico de todo lo que nos encontramos es poroso a lo otro, que lo llena de ese parásito constante de lo ajeno. Somos auto-inmunes. Y, si atendemos a todo esto, las consecuencias que se cosechan en lo conceptual no tienen pérdida. Vemos entonces cómo muchos conceptos ampliamente aceptados ven disolverse la frontera que tradicionalmente se establecía entre ellos. Y el resultado no es la desaparición de las diferencias, sino la proliferación de las éstas, y con ello de las fronteras, con la consiguiente resistencia a la clasificación que esto conlleva.
El mismo Derrida ha desarrollado en su obra múltiples explicaciones de esa nueva lógica de la contaminación existente entre diferentes binomios. Se le ha acusado por ello de diversos pecados que nos parece que no ha cometido. No es que haya destruido las fronteras entre hombre/animal o literatura/filosofía, sino que ha descubierto pasadizos por donde se cuela la mutua infección conceptual. Si nos fijamos, por ejemplo, en el segundo de los casos citados y dejamos hablar al francés, éste nos dice:
“Siempre hay en lo que llamamos “filosófico” una adherencia a la lengua natural: ciertos filosofemas aparecen como profundamente indisociables del griego, el alemán, el latín, pero ello no constituye la parte literaria de la filosofía, sino que es, antes bien, algo que la filosofía comparte con la literatura. Y, a la inversa, hay en la literatura algo traducible, una promesa de traducción, esto es, un aspecto que no es ajeno a lo filosófico (…) Al igual que la literatura, la filosofía está indisociablemente ligada a los idiomas, a los corpora de las lenguas naturales. Entonces, desde este punto de vista, no puede decirse que haya una frontera –la lengua o la relación con la lengua, supongamos- entre filosofía y literatura” (Derrida y Ferraris, 2009, pp. 24-25).
En la filosofía encontramos el germen ininteligible y plurívoco de la literatura, mientras que, para la comunicabilidad de la literatura, se hace indispensable en ella el rastro de traducibilidad y universalidad propio de la filosofía. He aquí algo irrefutable que vemos enunciarse en distintos campos de la cultura: las antiguas categorías están mutuamente infectadas, y no es que se conviertan por ello en inservibles, sino que por ello se abren a la polisemia y a la miscelánea, tan practicada en los tiempos de la posmodernidad.
Tal sfumato de los límites lo podemos apreciar en otros ámbitos ya citados: ficción/realidad; ficción/no ficción; etc. Y lo curioso es que siempre tiene un efecto semántico tremendamente productivo. Lo podemos apreciar en la mockumentaries como Grizzly Man (Herzog, 2005), en los enojos y denuncias provocados por filmes como A serbian film (Srdjan Spasojevic, 2010), o en las atinadas y ya clásicas reflexiones de Paul Ricoeur (1987) sobre la relación mimética bidireccional entre experiencia temporal y narración.
Lo que me propongo en este blog no es otra cosa que situarme en el filo de todas y cada una de estas numerosas fronteras y hacerlas productivas en su ambivalencia, embarcándome en la búsqueda de espacios de significación para la vida actual y en la elaboración de gramáticas y semánticas de la infección desde las meras pruebas recopiladas en mi vida ordinaria como consumidor de literatura, cine, filosofía, etc. Así pues, desde aquí intentaré infectar un poco de mí a nuestra cultura, al tiempo que me veo infectado por ella. A eso es a lo que llamaré infección por In/ficción. Veremos si soy sostenido en el empeño…

 

Bibliografía
Derrida, J. y Ferraris, M., El gusto del secreto, Madrid, Amorrortu, 2009.
Ricoeur, P., Tiempo y narración. El tiempo narrado (T.3), Madrid, Cristiandad, 1987.

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