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	<title>In/ficción</title>
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	<description>Crítica cultural sobre infecciones por literatura, cine, filosofía, ensayo, ...</description>
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		<title>El rosario de la crónica negra</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Feb 2012 13:26:54 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_155" class="wp-caption aligncenter" style="width: 480px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/edvard-munch-el-vampiro-18931.jpg"><img class="size-full wp-image-155" title="edvard-munch-el-vampiro-1893" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/edvard-munch-el-vampiro-18931.jpg?w=500" alt=""   /></a><p class="wp-caption-text">Negro: el color de la sangre</p></div>
<p>Espero no ser pájaro de mal agüero, pero estos días se han ido sucediendo como un rosario de la crónica negra. Hace apenas una semana leía en el muro de Facebook de Jordi Carrión  la siguiente afirmación: “Hasta ahora mi alumno más inquietante había sido el Padre Apeles. Todavía alucino al descubrir que también tuve en dos cursos a un escalofriante criminal”. Tal mensaje iba acompañado del enlace a una <a href="http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/busca-victimas-1419348">noticia de El periódico</a>, cuyo titular era “Se busca a 20 víctimas”. En ella se nos cuenta que un ecuatoriano de 41 años, poeta y fotógrafo, llamado Óscar Vicente Castro Cedeño, es un presunto violador en serie que narcotizaba a veinteañeros antes de sodomizarlos con la intención de contagiarles el VIH, del que sería portador.<span id="more-150"></span></p>
<p>Por si fuera poco, en el blog de Jordi Corominas i Julián leo un <a href="http://corominasijulian.blogspot.com/2009/02/matar-en-barcelona-en-bcn-week.html">relato</a>. Versa sobre una tal <a href="http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/mayoria-testigos-identifican-angie-como-mujer-que-suplanto-victima-del-crimen-perfecto-1436241">Angie</a>, acusada de intentar el crimen perfecto. La imputación en la causa es por haber asesinado a una amiga suya para cobrar varios seguros de vida que había contratado haciéndose pasar, peluca mediante, por la víctima, nombrándose a sí misma beneficiaria en caso de muerte. Parece que la durmió con cloroformo y que después la asfixió metiendo su cabeza en una bolsa de plástico. Después la desnudó, y diseminó en su cuerpo el semen de dos gigolós a los que había contratado para que se masturbasen en un frasco. Con todo esto pretendía simular un móvil pasional. Y toda esta mascarada fue urdida por esta tal Angie, nomás que para mantener un elevado nivel adquisitivo que le permitiese seguir gozando de un estatus en lugares claves y emblemáticos, como su gimnasio, el conocido ARSENAL de Barcelona. No es moco de pavo.</p>
<p>Cualquiera de estos dos hechos darían para armar una novela al estilo de <em>A sangre fría</em>. Sólo habría que obsesionarse un poco con el tema, esperar a los respectivos juicios e ir desvelando el embrollo con paciencia de investigador, para después transcribirlo de algún modo capaz de captar al lector en todo momento. Nos viene a la mente <em>La familia de Pascual Duarte</em>, que utiliza la vida de un pobre diablo de la España profunda para certificar la condición de irrespirable de la miseria. La tragedia personal del garrote se convierte así en un rotundo proceso al pasado de nuestro país, perfectamente capaz de sortear los infantilismos de la censura franquista.</p>
<p>Alta literatura en esta misma línea he estado disfrutando estos últimos días. No siendo una novedad, he leído <em>Plata quemada</em> (2000), del argentino Ricardo Piglia. Uno de esos relatos que escogen el camino periodístico para llegar a las más altas cimas de la poesía. Al final del itinerario uno diría que el libro consigue lo que busca. Se limita a explicarnos lo que se sabe de un atraco realizado por una banda de malhechores en 1965 en San Fernando, provincia de Buenos Aires, que consiguió huir con el dinero a Montevideo, donde fueron identificados y asediados en un piso. Allí se parapetaron con un arsenal de armas, con grandes cantidades de cocaína, anfetaminas y demás drogas y con el botín del robo. El cóctel resulta proverbial. Lo describe Piglia en el propio texto diciendo: “(…) una versión argentina de una tragedia griega. Los héroes deciden enfrentar lo imposible y resistir, y eligen la muerte como destino” (p. 225). Además de la perfecta imitación del argot de los delincuentes, la narración va saltando agilísima y reproduciendo en su discurso la peculiaridad psíquica del personaje que en ese momento centra nuestra mirada. Esquizofrenia, drogadicción, trastorno social, abusos sexuales, autismo, etc.: todo consigue de un modo improbable su traducción estilística. Por eso “la maldad (…) no es algo que se haga con la voluntad, es una luz que viene y que te lleva” (p. 66). Y además, a veces, el narrador se deja deslizar hacia una poesía mínima, como cuando dice: “El balazo sonó seco, irreal, como una rama partida” (p. 34).</p>
<p>La historia consigue así dos cosas que constituyen una cierta paradoja. Por un lado, el autor le da a la novela una mayor densidad y peso, que coge prestados de la realidad. Como leemos, al fin y al cabo, “(…) los que mueren heridos por las balas no mueren limpiamente como en la películas de guerra, donde los heridos dan un giro elegante y caen, enteros, como un muñeco de cera; no, los que mueren en un tiroteo son desgarrados por los tiros y trozos de sus cuerpos quedan desparramados en el piso, como restos de un animal salido del matadero” (p. 149). Sin embargo, ése no es el único efecto conseguido con esta novela basada en hechos reales. También se crea una cierta sensación de amoralidad. Podríamos hablar de nuevo de anti-héroes y de la identificación que se produce hoy en día entre éste y el lector-espectador. Los criminales parecen ser víctimas, incluso chivos expiatorios de la religión de la normalidad social. Podríamos incluso decir que se produce una des-realización de los asesinatos en el mismo modo de ser narrados, en parte porque el registro utilizado es el periodístico-televisivo, esto es, el sonido de fondo de nuestro hogar, incapaz ya de despertar reacción moral alguna.</p>
<p>A este respecto hay un momento especialmente memorable. Cuando el público que asiste al asalto final de la policía, se da cuenta de que los desalmados están quemando el dinero. El narrador reflexiona: “Si la plata es lo único que justificaba las muertes y si lo que han hecho, lo han hecho por plata y ahora la queman, quiere decir que no tienen moral, ni motivos, que actúan y matan gratuitamente, por el gusto del mal, por pura maldad, son asesinos de nacimiento, criminales insensibles, inhumanos. Indignados, los ciudadanos que observaban la escena daban gritos de horror y de odio, como en un aquelarre del medioevo (según los diarios)” (p. 172). En un sentido dostoievskiano, el razonamiento es válido, porque señala “un acto nihilista y un ejemplo de terrorismo puro” (p. 174) como sucedió con los suicidas del 11-S. Pero en otro sentido, el argumento parece tener un reverso, parece señalar una incapacidad de conmoverse de la opinión pública hasta el mismo momento en que se deslegitima el móvil dinerario de la acción. En esta mentalidad en sintonía con la idolatría se sorprende uno cuando ve la teleserie <em>Crematorio </em>(2010), absolutamente recomendable, y percibe una constante corriente de simpatía hacia el mafioso protagonista, interpretado por Pepe Sancho. Y aquí volvemos a Jordi Carrión, que en su <em>Teleshakespeare</em> (2011) nos cuenta estas extrañas aficiones que hoy tenemos por los desviados y los psicópatas tipo Dexter.</p>
<p>Y tras todo este camino llego a mi otra lectura de esta semana: la novela póstuma de Félix Romeo: <em>Noche de los enamorados</em> (2012). En ella también, curiosamente, la cosa parte de la crónica negra, y también despega, yéndose poéticamente a una reflexión sobre nuestro lenguaje y la carga moral que éste conlleva. El libro alude, insistente y titilante, en el asesinato cometido por el compañero de celda de Félix Romeo, un tal Santiago Dulong, que fue condenado a apenas un año de prisión por el estrangulamiento de su segunda mujer, María Isabel Montesinos Torroba. La sentencia “condena a Santiago Dulong «a las penas de treinta días de arresto menor por la falta de malos tratos de obra y un año de prisión menor por el delito de imprudencia temeraria” (p.132).</p>
<p>Sin embargo, como el mismo escritor confiesa, no se trata de un libro sobre la justicia sino sobre las palabras, las palabras utilizadas por la sociedad española todavía en los noventa: porque son las palabras las culpables de la injusticia. Las palabras usadas por todos los que cuentan e intentan entender y ponen por escrito lo sucedido. Santiago Dulong ha asfixiado a su mujer mientras la trasquilaba a modo de castigo por irse con otro/otros, la muy puta, la muy borracha. Lo dice así de irónicamente Romeo: “No es una enferma alcohólica terminal (aunque lo será, gracias a los forenses sin nombre, cuando haya que valorar las causas de la muerte), sino una borracha infiel que no sabe apreciar lo que ha hecho su marido por ella (…) Los forenses sin nombre y sin identidad sexual dirán que la muerte se precipitó por dos razones que estaban relacionadas con el alcoholismo de María Isabel, razones que los jueces reflejarán en el punto 2 de su exposición del fallo: «la debilidad hepática» y «el estrechamiento anormal» de su “glotis”, todo ello producido por la excesiva ingesta de alcohol. (…) Intervino, sí, Santiago Dulong, que la <em>sujetó</em> por el cuello, pero el trabajo sucio ya lo había hecho el alcohol (…) Santiago Dulong, el que será su viudo, le ha ofrecido la dignidad del matrimonio y le ha ofrecido una vivienda, a cambio de algunas bofetadas ocasionales, y María Isabel le paga dándose frecuentemente a la bebida, engañándole, y engañándole, además, y eso es intolerable, en el «domicilio conyugal»” (p. 88-89).</p>
<p>Como ha dejado dicho Foucault, los discursos de la verdad homologados en nuestras sociedad son el legal, el policial y el de la medicina forense. La finura del francés se muestra evidente a este respecto en uno de sus cursos del Collège de France, titulado Los anormales: “(…) resulta que, en el punto en que se encuentran la institución destinada a reglar la justicia, por una parte, y las instituciones calificadas para enunciar la verdad, por la otra, en el punto, más brevemente, en que se encuentran el tribunal y el sabio, donde se cruzan la institución judicial y el saber médico o científicos, en general, en ese punto se formulan enunciados que tienen el estatus de discursos verdaderos, que poseen efectos judiciales considerables y que tienen, sin embargo, la curiosa propiedad de ser ajenos a todas las reglas, aun las más elementales, de formación de un discurso científico; de ser ajenos también a las reglas del derecho y, como los textos que les leí hace un momento, grotescos en sentido estricto” (Foucault, 2001, p. 23).</p>
<p>Las palabras que subraya Romeo pertenecen a estos discursos sagrados. Los medios de comunicación no serían más que sus voceros. También nos lo advierte el escritor: “«Los forenses aseguraron que una mínima presión en la tráquea pudo causarle la muerte a la víctima, dada la elevada tasa de alcohol que tenía en la sangre» es el encabezamiento que utiliza Dalia Moliné cuando informa de la sentencia en <em>El Periódico de Aragón</em>, el viernes 16 de junio de 1995. (…) «Una mínima presión»: un excelente resumen” (Romeo, 2012, p. 94).</p>
<p>A través del comentario constante de los hechos, de los antecedentes, de un obsesivo detenimiento en las palabras, Romeo va creando silencios, estupores, vacíos que desencadenan en el lector un grito a favor de una verdad por desencriptar, capaz de sustraerse a las palabras, al discurso establecido. Romeo nos lleva a vivir la normalidad establecida desde el desasosiego: el mismo que crea el final del libro, donde se nos copia el acta de defunción de la interfecta. Y en el lugar de la causa de la muerte, encontramos un espacio en blanco que, tras esta lectura, se convierte en <em>otra</em> sentencia.</p>
<p>Estoy francamente sorprendido. De hechos tan tremebundos, la literatura saca tanto…</p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Jordi Carrión, <em>Teleshakespeare</em>, Errata Naturae, Madrid, 2011.</p>
<p>Michel Foucault, <em>Los anormales</em>, Akal, Madrid, 2001.</p>
<p>Ricardo Piglia, <em>Plata Quemada</em>, Anagrama, Barcelona, 2000.</p>
<p>Félix Romeo, <em>Noche de los enamorados</em>, Mondadori, Barcelona, 2012.</p>
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		<pubDate>Sun, 19 Feb 2012 15:53:21 +0000</pubDate>
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		<title>La diferencia que nos hermana</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 17:12:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>In/ficción</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En una entrevista al filósofo Jean-Luc Marion realizada por Daniele Zappalà, publicada el pasado 9 de Febrero en Avvenire, aquél se ponía un pelín apocalíptico y confesaba: “Si nos referimos a la tríada de los valores republicanos franceses, la libertad puede quizás garantizarse a nivel público. Lo mismo que la igualdad. Pero la fraternidad presupone [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inficcion.wordpress.com&amp;blog=28235083&amp;post=138&amp;subd=inficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_139" class="wp-caption aligncenter" style="width: 235px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/giralt-juan.jpg"><img class=" wp-image-139 " title="giralt-juan" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/giralt-juan.jpg?w=225&#038;h=300" alt="" width="225" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Juan Giralt, un padre que marca la diferencia</p></div>
<p>En una entrevista al filósofo Jean-Luc Marion realizada por Daniele Zappalà, publicada el pasado 9 de Febrero en <em>Avvenire</em>, aquél se ponía un pelín apocalíptico y confesaba: “Si nos referimos a la tríada de los valores republicanos franceses, la libertad puede quizás garantizarse a nivel público. Lo mismo que la igualdad. Pero la fraternidad presupone un padre, mientras que la sociedad laica se funda sobre la ausencia del padre. El único padre ausente posible es Dios, pero hasta el momento no ha sido reconocido. Por tanto, en los sistemas fundados sobre los tres valores franceses, hay una contradicción interna. Los dos primeros términos no pueden garantizar el tercero. La fraternidad no debería incluirse, porque está más allá del proyecto ilustrado”.<span id="more-138"></span></p>
<p>Ante esta afirmación uno ve varias cosas. En contra de ella se podría decir que el Estado es el Gran padre. Son varios los teóricos políticos que han leído la modernidad como una secularización consistente en substituir la figura de Dios por la figura del Estado (Barraycoa, 2003). Ante las injusticias de Dios (o su Iglesia o iglesias) aparece el Estado providente, que nos surte con derechos y servicios a cambio de nuestros sacrificios laicos que toman forma de impuestos y del seguimiento acrítico de ciertas liturgias burocráticas. El único requerimiento es el de conformarse con el bienestar y olvidarse de la trasnochada salvación, propia de tiempos más oscuros.</p>
<p>Sin embargo, viendo la situación griega, parece que el empíreo politeísta de los estados nación se está viniendo abajo, según una tendencia que ya se viene observando hace tiempo y que incluso fue un desiderátum en Kant o en Hegel, donde el punto de llegada de la historia parecía ser un cierto Estado universal.  Si esto es así, perfectamente podría ser que el diocesillo griego estuviese siendo devorado por un Dios mayor, Europa, que a su vez, al modo de las <em>matrioskas</em>, estuviese también siendo fagocitado por los mercados internacionales y sus tan diversas mixtificaciones.</p>
<p>Y llegados aquí, es cuando le podríamos empezar a dar la razón a Marion. Sólo en cierto sentido. Porque la economía mundial no es ya un modelo de poder jerárquico y patriarcal (panóptico o anatomo-político en el lenguaje foucaultiano), sino más bien matriarcal (controlador y biopolítico en terminología también del francés) por articularse el dominio mediante mecanismos más propios del principio de placer que del de realidad (el machista fue Freud, yo me ciño a su discurso). La Gran Madre de la que nos habla el psicoanalista Risé es aquella que nos cautiva y nos hace cautivos surtiéndonos de todo aquello que queremos en cada momento. Es en este cierto sentido que Marion tiene razón: hemos vivido muchos años de opulencia sin experimentar el límite de la realidad y del padre (otra vez la misoginia freudiana), o por lo menos concibiendo el sufrimiento y el sacrificio como algo a sortear, de lo que no se podía sacar nada en limpio. La sociedad del simulacro nos ha traído en volandas hasta el borde del precipicio al que se asoma la turbamulta griega (y con ellos nosotros,que les observamos desde nuestras televisiones), que ha visto cómo prendía la mecha de la deuda, con todos los efectos dominós que de esa explosión se puedan deducir, que me atrevo a pensar que no sólo percibiremos vía televisión, sino en nuestros bolsillos, hipotecas, trabajos, etc.</p>
<p>Dicho todo esto y antes de proponer ningún padre a lo grande para salvar nuestra civilización, veo como absolutamente perentorio el redescubrimiento de la figura del padre como trascendental humano, esto es, como alguien sin el cual la vida quedaría desarticulada y anómica. Y esto lo digo teniendo en cuenta que muchos padres simplemente no han ejercido demasiado o nada, convirtiéndose en una especie de sombra fantasmal que persigue al hijo. Pues bien, defiendo que también en ese caso el padre resulta valioso, ya que señala el lugar al que pertenecemos y al abrigo del cual crecemos, nos resulte éste más o menos agradable y conocido. Como leemos en <em>Tiempo de vida</em>, de Marcos Giralt Torrente, ganador con esta obra del <a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/Marcos/Giralt/Torrente/Premio/Nacional/Narrativa/elpepucul/20111121elpepucul_4/Tes">Premio Nacional de Narrativa 2011</a>: “(…) nuestra vida está amasada de hechos fortuitos. Se derivan infinitas posibilidades de cada decisión que tomamos, por no hablar de los efectos que sobre nosotros tienen las decisiones de otros. El futuro es incierto, vivimos en el presente. El pasado es lo único que parece inamovible y tendemos a mistificarlo. Nos proporciona una referencia contra la que rebelarnos o con la que reconciliarnos. Eso pueden ser o no los padres, y basta que así sea para que representen un conflicto. Como poco, tienen la culpa de habernos lanzado al mundo” (Giralt Torrente, 2010, p. 193).</p>
<p>(Me embosco un momento. A ver si me encuentro) A través de este relato de la reconciliación con el propio padre, el pintor Juan Giralt -en esta obra deliciosamente escrita, con una voz original, sosegada y minuciosamente pulida en su desnudez clásica y contenida-, podemos encontrar evidencias sencillas y desideologizadas de la innegable necesidad del padre, por muy inconveniente que haya sido el comportamiento de éste con el hijo y viceversa. La narración cubre el arco que es la vida del padre tal y como el hijo la ha conocido. Y en este trayecto no se nos ahorran los detalles negativos de un lado y de otro: la infidelidad a la madre, el mutuo trajín y latrocinio de ligues, la vida disoluta de noctámbulos, el deseo de evitar mediante su arte (en un caso la pintura y en otro la escritura) ser destruidos por la verdad (como reza Nietzsche desde la introducción del libro), el miedo a la muerte, las cobardías e injusticias económicas, etc. Y pese a todo, vemos cómo existe un respeto de fondo, un simple reconocimiento mutuo de que uno no puede ser sin el otro. Lo vemos incluso cuando el autor reflexiona sobre la relación de su padre con su abuelo: “No sé con exactitud qué pensaba mi padre, nunca fui explícito acerca de ello. Sé que una vez que alguien me dio por hecho que no lo quería, negó vehementemente que así fuera, pero lo cierto es que lo acusaba de mucho: de la frialdad de su trato, de su tristeza, de no haberlo apoyado en su carrera artística, de no hacer el esfuerzo de comprenderlo, de despreciar sus consejos, de haberlo subordinado todo a sus negocios y haberlos perdido” (p. 34).</p>
<p>En todo esto me atrevo a entrever que la filiación es un trascendental. Nacemos con él, desde él, y nos movemos en relación a él. Es él, precisamente, el que polariza nuestra razón cuando nos preguntamos quiénes somos, porque es nuestro constante origen. Por eso cuando se muere un padre a uno le dicen “tu padre ahora vive en ti” (p.14), y una vez has elaborado el duelo escribiendo un libro puedes terminarlo afirmando: “Pienso, entonces, en mi hijo aún no nacido, que llevará su nombre, y me pregunto en qué lo condicionaré, en qué le fallaré, que deberé perdonarle y qué deberá él perdonarme, si no lo haces antes, cuando como mi padre me diluya en la nada. (…) Qué recordará de mí con nostalgia. (…) Me gustaría conservar algo de lo mejor de mi padre para que le llegue a través de mí” (p. 200).</p>
<p>Lo que quiero decir con todo esto es que la filiación no es algo que haya desaparecido porque con ello desaparecería la humanidad. Por eso no hay que preocuparse. Otra cosa es que esa ilustración perenne que es la globalización (Martínez Lucena, 2007) la intente censurar como factor de construcción al son del <a href="http://www.youtube.com/watch?v=fvPpAPIIZyo">muro de Pink Floyd</a>. Aunque digo yo que es mejor aprender de la experiencia que dedicarse a demonizar metarrelatos. Puede que partiendo de ésta también nos demos cuenta de que la filiación no es el único trascendental sino que la fraternidad también es vivida por nosotros más allá de cualquier ideología. Nos tratamos como hermanos porque en lo que somos todos iguales es en que somos incomparablemente distintos. Media mucha menos diferencia entre una persona y un calcetín que entre dos personas. Lo hemos aprendido de Derrida, que en un delirio filosófico escribe: “El otro no es absolutamente otro más que en tanto que es un ego, es decir, en cierto modo, lo mismo que yo. A la inversa, lo otro como <em>res</em> es a la vez menos otro (no absolutamente otro) y menos «lo mismo» que yo. A la vez más otro y menos otro, lo que significa de nuevo que lo absoluto de la alteridad es lo mismo” (Derrida, 1989, p. 171).</p>
<p>Lo cual nos deja en una situación curiosa. Precisamente porque cada uno es hijo de su padre y de su madre, queda posibilitada la experiencia de la fraternidad. Aunque parezca increíble, somos hermanos en la diferencia, en el hecho de que somos un imposible. La intuición de lo cual tampoco falta en el libro de Giralt Torrente cuando dice: “Una vida, aunque frágil y efímera, es tan singular que resulta sorprendente que sea producto de un coito. El contraste entre la azarosa trivialidad con la que dos cuerpos se unen y lo que la vida a que puede dar lugar esa unión significará para quien la posea, me obsesionó durante una época” (Giralt Torrente, 2010, p. 28).</p>
<p>Esta misma semana lo he leído también en <em>Deseo de ser piel roja</em>, de Miguel Morey, cuando el narrador entabla un diálogo con una niña y leemos: “(…) me preguntas: ¿Dónde estaba yo antes de nacer? ¿Dónde? No sé qué responderte, no puedo responderte. Mirando tus ojos limpios que esperan algún cuento por respuesta no puedo decirte, simplemente, que antes no existías. No puedo negarte de este modo. Y callo, o disimulo, o te distraigo –pero, la evidencia de la absoluta improbabilidad de que tú, precisamente tú, llegarás a nacer me sobrecoge. La ola de dolida ternura hacia ti que me asalta desde muy adentro pronto se contrapesa con la certeza de que esta improbabilidad extrema, esa imposible conjunción de azares, es también la mía, y la de todos” (Morey, 1994, p. 59).</p>
<p>Pues eso, que por mucha ideología que nos echen, la vida, tozuda, sigue formulando sus preguntas y, aunque a trompicones, vamos ganando en certezas y oscuridades. Y, digo yo, amigo Marion, tras todo lo dicho, que la conciencia de la fraternidad puede incubarse tanto dentro como fuera de la onda expansiva de la Revolución Francesa. ¿No?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Javier Barraycoa, <em>Sobre el poder en la modernidad y en la posmodernidad</em>, Scire, Barcelona, 2003.</p>
<p>Jacques Derrida, <em>La escritura y la diferencia</em>, Anthropos, Barcelona, 1989.</p>
<p>Marcos Giralt Torrente, <em>Tiempo de vida</em>, Anagrama, Barcelona, 2011.</p>
<p>Jorge Martínez Lucena, <em>Los antifaces de Dory</em>, Scire, Barcelona, 2007.</p>
<p>Miguel Morey, <em>Deseo de ser piel roja</em>, Anagrama, Barcelona, 1994.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Una perversa auto-apoteosis de la mente</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Feb 2012 15:15:07 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_134" class="wp-caption aligncenter" style="width: 203px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/la-condicic3b3n-humana.jpg"><img class="size-full wp-image-134" title="la condición humana" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/la-condicic3b3n-humana.jpg?w=500" alt=""   /></a><p class="wp-caption-text">Representación fidedigna</p></div>
<p>Vicente Luis Mora puede estar contento. En <em>Los inmortales</em> (2012), de Manuel Vilas, encontramos otro ejemplo de lo que es la literatura <em>pangeica</em>. En todos los niveles, la tecnología hace acto de presencia. En las sucesivas historias que se van sucediendo en total anarquía espacio-temporal, proliferan los pens, los MP3, los deuvedés, los reproductores de DVD, internet, los cedés de audio, los vídeos de Eva Braun en Youtube, los GPS, las resonancias magnéticas, los electrodomésticos Bosch, AEG o Miele, etc. <span id="more-132"></span>Pero no sólo ahí fulge el mundo globalizado por y en la técnica, sino también en ciertos elementos estilísticos que copian la forma de los blogs (bitácoras para los puretas), como la inserción de fotografías que ilustran el texto –incluso una resonancia magnética de la región lumbar del propio escritor, que me atrevo a postular como real-, de notas a pie de página que reenvían a Wikipedia o que mixturan realidad y apócrifo con el total desenfado de la ficción. Y más cosas.</p>
<p>Lo mismo, creo, sucederá con Eloy Fernández Porta, que puede encontrar aquí también un ejemplo de material <em>after-pop</em>: referencias pasadas, presentes y futuras metidas en la TERMO-MIX con resultados parecidos a los del bombardeo de un Dresde pop. Las fronteras quedan aniquiladas y sumidas en el <em>lapidarium</em>. La trascendentalidad es constantemente objeto de befa sutil y ostentórea. Todo es un empacho de inmanencia. La diferencia entre historia y ficción queda abolida. Miguel de Cervantes –Saavedra o SA- se mete en el recto el espíritu de Felipe II. Kafka ve extraterrestres. Picasso y Van Gogh, disfrazados de Elvis, se plantan en una morbosa aglomeración de gordas boterianas que gritan que la obesidad es el futuro. El rey Juan Carlos I le dice al escritor Vilas: “Vilas, eres la polla, pero una polla homérica, me he partido el culo leyendo tu bendita novela” (p. 41). Se habla del <em>affaire</em> de nuestro rey con Bárbara Rey. ¿Se llamaba Rey ya antes?</p>
<p>La primera certeza que le viene a uno a la cabeza cuando rememora lo leído es que el autor sufre de esquizofrenia. Una cosa es transitar los vacíos entre la realidad y la ficción al modo del vanguardismo literario y otra muy distinta es hacerlo obsesiva y sincopadamente, con acelerada urgencia maníaca y nerviosa de cocaína. En esto coincido con Álvaro Colomer, que dice del autor que, sin duda, <a href="http://blogs.lavanguardia.com/el-arquero/manuel-vilas-inmortal/#more-305">“ha dejado de tomar la medicación que le fue recetada en el pasado”</a>. El libro tiene mucho de novela, <em>nívola</em> unamuniana o noVila(s) (como ha dicho Colomer) escrita por uno de sus personajes: no ya Manuel Vilas (que también), sino Corman Martínez, ese ruso-español comunista romántico y psicótico empedernido que siempre lleva en el bolsillo una fotocopia arrugada de una imagen del Arcipreste de Hita.</p>
<p>No es broma. Quizás Vilas es un maestro de la metamorfosis, un camaleónico narrador, un proverbial imitador de síntomas tanto del bipolar tipo uno como del esquizofrénico. No lo niego. Pero, si es verdad lo que comentan psiquiatras como Sass o Fuchs, la esquizofrenia es una descorporalización, un experimentarse el yo fuera de los límites convencionalmente marcados por el propio cuerpo y las circunstancias de éste. Vilas, o el Vilas maquinado por Vilas, no sólo es un esquizofrénico sino que crea personajes que son alucinaciones. Incluso alucinaciones de sí mismos. Traduciendo a Sass, en su interesante libro <em>The paradoxes of Delusion</em> (1994): “la locura (…) es el punto de llegada de una trayectoria seguida por la conciencia cuando ésta se separa del cuerpo y de las pasiones, y del mundo social y práctico, y se vuelve sobre sí misma; es lo que se podría llamar una perversa auto-apoteosis de la mente” (p. 12). Me parece que leer <em>Los inmortales</em> a la luz de esto clarifica bastante el contenido de la obra. Invito a hacer la prueba.</p>
<p>Muchas veces la esquizofrenia hace aparecer síntomas depresivos, como le sucede al principio del libro a Corman Martínez. Recuérdese a los protagonistas de <em>Shutter Island</em> (Martin Scorsese, 2010) o de <em>Spider</em> (David Cronenberg, 2002) y se me enterá, creo. Ante esto, algunos psiquiatras foucaultianos, al considerar que la esquizofrenia es un modo privilegiado y alternativo y más inteligente de ver la realidad, y no una enfermedad, se limitan a recetar inhibidores selectivos de la serotonina (Prozac et al.) contra los efectos depresivos que puedan resultar de la falta de coherencia entre la realidad y el propio mundo subjetivo. El psiquiatra malagueño Juan Francisco Ferré es de ésos. Es el que medica al psicótico y visionario Corman Martínez con antidepresivos, convirtiéndolo en un maníaco que alucina (eco del narrador de esta narración por etiquetar). Lo vemos cuando Ferré, tras seis meses de medicación, le dice a su excitado paciente: “La fluoxetina rompe las inhibiciones emocionales –contestó Ferré-, incluso cambia el carácter, hay mucha literatura sobre eso, pero como médico lo que me interesa es que usted se sienta mejor, que no sufra, en definitiva” (p. 64). Se le sigue apareciendo Stalin, pero está entusiasmado.</p>
<p>Y dicho todo esto vamos a intentar hacer lo que se supone que hay que hacer cuando la fragmentariedad se impone. No recomponer el puzle, porque nunca hubo una unidad primigenia, sino descubrir homogeneidades, temas que conviertan la miríada de relatos delirantes y de datos sacados de un viaje psicotrópico en algo con un cierto significado. Se trata de decir algo así como que <em>Magnolia</em> (Paul Thomas Anderson, 1999) versa sobre el perdón o <em>Vidas Contadas</em> (Jill Sprecher, 2002) sobre la soledad.</p>
<p>¿De qué va el libro? Según dice el mismo Vilas va sobre la alienación y sobre la imposibilidad de liberarse de ella. Somos materia, como se nos repite por activa y por pasiva a lo largo de los relatos, pero nuestro deseo siempre está más allá de ella. Estamos atrapados en un cuerpo y ya está, “el Espíritu resultó ser tecnología” (p. 200). La única inmortalidad a la que podemos aspirar es a la de la materia. Y sin embargo, como el esquizofrénico, el hombre se siente extraño con respecto a esta limitación. Como dice Virgil (rencarnación de Virgilio en el cuerpo de un negro): “el cuerpo navega hacia la destrucción” (p. 165). Pero es que ni siquiera los arcángeles venidos del espacio sideral, de millones de años luz, gozan de libertad, porque en su nave espacial “Arcan se pasa el día barriendo, limpiando, fregando la aeronave. Alguien tiene que limpiarla” (p. 204).</p>
<p>De igual modo que el idealismo moderno quiso desprenderse de la realidad para desarrollar sus abstracciones, el esquizofrénico se percibe a sí mismo como algo más que pura materia y al unísono cree saber que eso es una mera alucinación (porque contra lo que solemos creer, la mayor parte de los psicóticos saben que sus alucinaciones no son reales) y negando el propio deseo de inmortalidad se entrega a la nueva religión del materialismo nihilista como única reconstrucción/deconstrucción posible de la inmortalidad. El nuevo profeta del nuevo credo hace acto de comparecencia: “Arcan llega. El aire se transforma en perfume. Regresa la esperanza. Va a tener lugar la revelación que alimentará los próximos milenios, un crecimiento exponencial del ser humano. Vendrá el superhombre, que será un superartista de la existencia concebida como una interminable consumación de los placeres del amor. El amor es el mapa secreto de la inmortalidad. Gabriel está tocando el mundo, de nuevo. Todo se llena de <em>love</em>” (p. 213).</p>
<p>O sea, que Baudrillard no erraba demasiado cuando hablaba de que nuestra sociedad está esquizofrénica perdida. En este sentido, Vilas acierta. Al final resulta ser un profeta del apocalipsis. Y además es sincero, porque todo el libro destila algo que reconoce sencillamente en una entrevista, después, que <a href="http://www.heraldo.es/noticias/cultura/manuel_vilas_muerte_quot_paron_que_nadie_entiende_quot_172906_308.html">“la muerte es un parón que nadie entiende”</a>.</p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Louis A. Sass, <em>The Paradoxes of Delusion</em>, Cornell University Press, Ithaca, 1994.</p>
<p>Manuel Vilas, <em>Los inmortales</em>, Alfaguara, Madrid, 2012</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/inficcion.wordpress.com/132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/inficcion.wordpress.com/132/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inficcion.wordpress.com&amp;blog=28235083&amp;post=132&amp;subd=inficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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			<media:title type="html">la condición humana</media:title>
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		<title>Lo que los zombis me cuentan&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 15:38:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>In/ficción</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Ensayo Z]]></category>
		<category><![CDATA[Foucault]]></category>
		<category><![CDATA[Grupo Almuzara]]></category>
		<category><![CDATA[Indignados]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Martínez Lucena]]></category>
		<category><![CDATA[novedad editorial]]></category>
		<category><![CDATA[riesman]]></category>
		<category><![CDATA[The Walking Dead]]></category>

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		<description><![CDATA[Como algunos de los lectores de este blog ya saben, acaba de aparecer mi nuevo libro Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera (Berenice, 2012). En breve haré una presentación en Barcelona. Habrá que ver dónde y con quién. De momento, os dejo algunas citas que insinúan por donde van los tiros: El zombi [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inficcion.wordpress.com&amp;blog=28235083&amp;post=128&amp;subd=inficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_129" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/zombies.jpg"><img class="size-medium wp-image-129 " title="zombies" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/02/zombies.jpg?w=300&#038;h=239" alt="" width="300" height="239" /></a><p class="wp-caption-text">La luz de la mirada zombi</p></div>
<p><em>Como algunos de los lectores de este blog ya saben, acaba de aparecer mi nuevo libro <a href="http://www.editorialberenice.com/inicio.php?libro=342">Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera</a> (Berenice, 2012). En breve haré una presentación en Barcelona. Habrá que ver dónde y con quién. De momento, os dejo algunas citas que insinúan por donde van los tiros:<span id="more-128"></span></em></p>
<p><strong>El zombi y los indignados</strong></p>
<p>“(…) tenemos a un engendro que permite relacionar la visión materialista que tenemos de nosotros mismos con los problemas sociales, políticos, económicos, de manipulación mediática, que piden ser repensados bajo esta nueva luz tenue de la finitud (…) El zombi es, en este sentido, la contraparte del indignado, su simbiótico catalizador, porque pone delante de nuestros ojos un grito similar al que se oyó en los arrabales de París; en tantas plazas de España; en Tottenham, uno de los barrios más pobres de Londres; y, últimamente, en los numerosos manifestantes del movimiento <em>Occupy Wall Street </em>en Nueva York.” (pp. 60-61)</p>
<p><strong>La depresión melancólica y la horda zombi</strong></p>
<p>“El deprimido, así, como el zombi, forma parte de la <em>muchedumbre solitaria</em> de la que nos hablaba Riesman. Una marea de enfermos que viven fuera del tiempo de sus coetáneos, que no están al día, sino que han sido sustraídos de la actualidad que nos guía. De lo que podemos afirmar que “el deprimido ha caído fuera del tiempo común y se ha convertido en un anacronismo vivo. Literalmente vive en otro tiempo, muchos más lento” (Fuchs, 2001, p. 184). Y con ello, queda claramente afectada la capacidad de encontrarle el sentido a las propias acciones, para lo cual es necesaria la tensión entre los propios pasado, presente y futuro” (pp. 85-86)</p>
<p><strong>El zombi: entre el animal y el hombre</strong></p>
<p>“(…) el zombi se encuentra a caballo entre el hombre y el animal. Sin ser humano, tiene rasgos de humanidad degenerada. Sin ser un animal, por no estar vivo, tiene un comportamiento similar al de algunas especies no humanas” (p. 106)</p>
<p><strong>Foucault y su filosofía zombi</strong></p>
<p>“Tenemos pues en el subgénero los dos sujetos de Foucault. El atravesado por líneas de fuerza, por relaciones de poder que lo insertan en un holístico bio-poder. Y el inexplicable aparecer de la libertad, el acontecimiento de lo humano, que pese a las situaciones adversas, en que parece que lo único que queda es lo calculable, lo causado, lo previsible, se da un sujeto diverso, previo e inaudito. Sin duda es este último sujeto el único que es verdaderamente diferente con respecto a los muertos vivientes” (p. 149)</p>
<p><strong>La mutua infección zombi/hombre según Derrida</strong></p>
<p>“(…) el zombi contamina/infecta al hombre. Lo hace porque todo hombre es hombre, precisamente, porque va a morir, porque es un ser-para-la-muerte o un muerto-viviente. Como ya hemos dicho, es precisamente la muerte y el tipo de relación que tiene con ella la que le hace estar vivo como hombre. Pero también hemos visto cómo el hombre contamina/infecta al zombi. Y lo hace a través de una diseminada multiplicidad de puntos, porque el zombi, por ejemplo, resulta ser una síntesis sociológica del hombre observado a vista de pájaro, obviando sus intenciones. (…) De todo esto podemos colegir la imposibilidad de ser puramente hombre. Lo cual en Derrida no quiere decir necesariamente que no existan los hombres o la humanidad, sino que éstos, si existen, son una figura de lo imposible (no necesariamente imposible), un acontecimiento, como su tan bregado don, algo que no se deja poseer sino meramente notar por parte del sujeto (…)” (p. 158)</p>
<p><strong>El hombre nuevo </strong></p>
<p>“Frente a esa insuficiencia en el desarrollo del pensamiento occidental, en la multiplicidad de retratos filosóficos del sujeto, la idea derridiana del acontecimiento permitiría desbancar al zombi, al mero cadáver andante, como la imagen más precisa de nosotros mismos, permitiendo el acceso a una observación de nosotros mismos no embalsamada en el formol de los conceptos que irremisiblemente está sufriendo la deconstrucción, la descomposición, la infección o contaminación de lo animal y de la muerte. La humanidad, en este sentido, sería lo imposible, y su supervivencia coincidiría con la reincidencia del acontecimiento, que da un nuevo horizonte a nuestra mirada y que abre nuestra humanidad ya dada a lo que está por venir.” (p. 163)</p>
<p><em>Todo profusamente condimentado con generosas citas extraídas de los 14 volúmenes editados en castellano del cómic The Walking Dead, origen de la exitosa serie televisiva, así como de numerosas películas de zombis, de obras universales de la literatura y de la filosofía, de controvertidos ensayos sociológicos, de artículos científicos del campo de la psiquiatría, etc.</em></p>
<p><em>Si lo leéis, lo comentamos.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
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<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/inficcion.wordpress.com/128/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/inficcion.wordpress.com/128/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inficcion.wordpress.com&amp;blog=28235083&amp;post=128&amp;subd=inficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Me pido ser el Coyote</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2012 10:58:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>In/ficción</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_123" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/01/looney-tunes.jpg"><img class="size-medium wp-image-123" title="Looney-Tunes" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/01/looney-tunes.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a><p class="wp-caption-text">Los dibujos animados nos invaden</p></div>
<p>Me entero por Antón Castro de que en breve aparece la novela póstuma de Félix Romeo. Se titulará <em>Noche de los enamorados</em> (Mondadori) y hablará de aquellos tiempos en que lo encerraron por insumiso, parece. Se presentará en el vestíbulo del Teatro Principal el lunes 27 de Febrero, en un acto organizado por la editorial y por la librería <em>Portadores de Sueños</em>, amigos de Félix de toda la vida. Habrá que ir a Zaragoza…</p>
<p>Todo esto me devuelve a Félix, al que leí de nuevo hace poco. <span id="more-122"></span>En Navidad. Su primera novela: <em>Dibujos animados</em>  (2001). Me habían dicho que era, sin duda, la mejor. Tras leerla, diría que está al mismo nivel que <em>Amarillo</em> (2008), aunque tiene algo que la hace profundamente innovadora a la vez que extrañamente familiar. No sabría decir qué exactamente. Quizás no es más que esa sensación que surge al leerla de estar asomándote a tu propia infancia. Siempre a través de ese estilo despojado que te hace el pasado transparente, puntuado de ironías y melancolías.</p>
<p>Como ya conté en <a href="../2011/11/02/carta-en-sepia-a-felix-romeo/">otra ocasión</a>, no conocí a Félix en vida. Pero cuanto más lo leo –y espero ansioso la publicación de <em>Noche de los enamorados</em>- más siento que tengo un hermano mayor. Ése que nunca tuve. Formula con claridad y distinción cartesianas sensaciones que yacían sepultadas en el doble fondo del olvido. Es capaz de resucitar a personajes que ya me inclinaba a pensar que no habían existido y que no eran más que el fruto de mi imaginación enfermiza. Porque navega a la perfección en ese interregno de indefinición que se abre entre la realidad y la ficción. Porque ilumina una España que nuestra literatura, durante mucho tiempo, mantuvo en la oscuridad por aparentemente inútil y sinsentido.</p>
<p><em>Dibujos animados</em> es un libro rompedor en estos sentidos y en muchos otros. Está hecho de entradas cortas y cortísimas. Como <em>Discotèque</em>, pero sin estar atascada en el presente televisivo. Oscilando entre el pasado y su ambivalente relación con el presente. Espeta frases sencillas y pletóricas de significaciones poéticas. Ya en su tercera entrada leemos: “Una braga es lo más diferente a la muerte que conozco” (p. 14). Para dejar caer, unas páginas más adelante: “Quien no ha ido detrás de una buena braga limpia está muerto” (p. 18).</p>
<p>Hay en estas páginas mucho de relato sincero de un desencanto: “El deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota. Lo sé. He deseado como un cabrón. He dejado tanto tiempo en mis deseos que pienso que en cualquier momento puedo encontrarme con la lámpara de Aladino. Y que el genio me conceda tres deseos. Deseaba que Coyote le diera un tajo en la garganta a Correcaminos” (p. 21)</p>
<p>Por cierto, ayer vi con mi hijo <a href="http://www.youtube.com/watch?v=_Lh_77Lw6vU">la muerte de Correcaminos</a> en <em>Youtube</em>, y me hubiese gustado comentarla con Félix, que vio la increíble mentira de esos dibujos animados, algo que yo siempre había sospechado pero que no alcanzaba a explicar como él: “Estaba delante de la tele y sufría como un cabrón. Sufría por Coyote. Esperaba que de una vez por todas Coyote acabara con Correcaminos. Coyote recibía el paquete de ACME y preparaba un dispositivo infalible. Un tirachinas gigante o un cañón de precisión o una jaula automática o dinamita que se accionaba a distancia. Aparecía el hijoputa de Correcaminos y siempre se libraba de la historia. La piedra caía sobre Coyote o Coyote se incrustaba en una montaña o Coyote acababa encerrado o a Coyote le explotaba la dinamita en la cara. Correcaminos era una nube de polvo que se quedaba quieta, decía «mic mic» y sonreía estúpidamente mientras el silbido del tren anunciaba que pronto Coyote iba a ser atropellado. Ahí estaba la vida. Una cuestión de velocidad” (p.53). Todo un elogio del antihéroe, que idea contra viento y marea, con una esperanza contra toda esperanza. Todo un ejercicio arqueológico en cuanto a los intentos de manipulación de los niños desde los dibujos animados…</p>
<p>Félix le hace decir a su narrador que “el pasado es un tiempo en el que yo era culpable” (p. 23). Parece que sus experiencias con el nacionalcatolicismo reinante en la España de su infancia le hicieron sacar esas conclusiones. Sin embargo, hay en todo ese pasado que nos cuenta una extraña fascinación. ¿A qué se debe? Sin duda a que fue presente. El pasado, como los dibujos animados, no es más que una des-realización de la realidad. En cambio, el presente no se puede falsificar, aunque se pueda eludir: viviendo en el añorado pasado o en el utópico futuro. Por eso el presente entraña un cierto punto de fascinación que Félix siempre ha explorado en su corta obra. En <em>Amarillo</em> se pregunta cómo el pasado, incluso el trágico, alimenta el presente. En <em>Discotèque</em> hace el presente infinito y lo deja huérfano de pasado o futuro, como la televisión, convirtiendo a sus personajes en un cruce de dibujo animado y personaje de película porno. En <em>Dibujos animados</em> intenta exorcizar su pasado y librarse de su impedimenta. Se lee: “Y si sólo pudiera pedir un deseo le pediría que me borrara el pasado. Que me quitara de la cabeza un montón de cosas. El pasado es una pesadilla. Cada vez el pasado es más grande. Y eso parece que no lo piensa nadie. Que nadie se da cuenta. El pasado devora. El pasado es como una piedra en el centro de la cabeza. Le pediría que mandara al infierno mis recuerdos. Todos” (p. 60).</p>
<p>Pero el lector vive una paradoja. Por un lado, lee lo que dice este narrador que en ciertos momentos roza la depresión (¿era una recreación de Chusé Izuel?). Por el otro, percibe un cierto atractivo en aquellos años, aunque solo sea por el propio recuerdo de aquellos tiempos. Lo cual me hace pensar. Y sigo leyendo: “El domingo era el día en que la cola podía ayudarte a ser feliz. Un poco más feliz. A olvidarte del mundo y de ti mismo. Luego venía un dolor de cabeza muy plácido y luego un largo sueño. La cola los domingos estaba bien. En una bolsa grande de galerías podíamos meter dos la cabeza. Dos respiraciones que se iban haciendo más lentas y que pasaban de la nariz a la boca. Dos perros cansados. Y dejabas de ser culpable en un desierto enorme” (p. 83).</p>
<p>Todo esto me hace pensar, como he dicho. Me hace preguntarme por qué esa doble impresión con respecto al pasado. El narrador lo delezna una y otra vez. De nuevo dice: “Yo también quería olvidarme de mi nombre” (p. 95). Y, sin embargo, yo como lector percibo en lo que describe Félix Romeo una cierta resurrección de aquella carne pasada. Quizás el meollo del asunto está en el presente, como he dicho, y en el modo que tuvimos y tenemos de vivir el pasado y mirar al pasado. Quizás, y sólo quizás, ese pasado como culpa no sólo tenga que ver con un entorno provinciano y supersticioso que nos quería convencer de que todo lo que hacíamos o éramos estaba mal, sino también con el estar o no presentes en nuestro pasado. El narrador de Félix estuvo presente, por lo menos en ocasiones, en su pasado. Lo vemos cuando nos habla de su deseo, que le definía, aunque nunca encontrase para él respuesta suficiente. Sin embargo, había muchos adultos muertos, ausentes, que descargaban la felicidad en la otra vida o en el futuro, o que idealizaban el pasado por el mero hecho de ser tradicional, desrealizando este mundo, convirtiéndolo en un mundo de dibujos animados que no tenía maldita la gracia.</p>
<p>Es hacia el final del libro cuando vemos un rápido retrato de su familia. En él, su padre, como en un relato de David Foster Wallace, habla con palabras robadas a la tele. Su padre se convierte en  Super-ratón: “Mi hermano se casó y no volvimos a saber de él. Cogió unas cuantas cosas y dijo «Me voy a casar». Dijo «Ya llamaré». Pero mi padre hacía ya dos semanas que había arrancado el teléfono. Mi padre le dijo «Y no olviden vitaminarse y supermineralizarse». Mi madre no dijo nada. Mi hermana estaba dentro de su caja de cartón” (p. 131). O sea, como una familia de Haneke o de Von Trier o de Deleuze.</p>
<p>“Eso es todo amigos”.</p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Felix Romeo, <em>Dibujos animados</em>, Anagrama, Barcelona, 2001.</p>
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	</item>
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		<title>Lo que tengo de Monster High</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Jan 2012 21:36:39 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Me llamaréis malasombra, pero la cosa canta cada vez más. Estamos instalados en la civilización más avanzada y globalizada de todos los tiempos -aunque en crisis, que por algo será-, y nuestra plantilla (no laboral) para emitir juicios sobre lo que nos rodea es peligrosamente precaria o incluso primitiva. La sencillez, sin duda, puede ser [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inficcion.wordpress.com&amp;blog=28235083&amp;post=117&amp;subd=inficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_118" class="wp-caption aligncenter" style="width: 268px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/01/francis_bacon_autoretrato2.jpg"><img class="size-medium wp-image-118" title="francis_bacon_autoretrato2" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/01/francis_bacon_autoretrato2.jpg?w=258&#038;h=300" alt="" width="258" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Autorretrato monstruoso de Bacon</p></div>
<p>Me llamaréis malasombra, pero la cosa canta cada vez más. Estamos instalados en la civilización más avanzada y globalizada de todos los tiempos -aunque en crisis, que por algo será-, y nuestra plantilla (no laboral) para emitir juicios sobre lo que nos rodea es peligrosamente precaria o incluso primitiva. La sencillez, sin duda, puede ser un más, pero en muchas ocasiones no es otra cosa que el estandarte de la estulticia. La vida anda revestida de complejidad. Por eso, ser sencillo puede convertirse en un prodigio de adecuación o en mayúscula torpeza convencida de su acierto. En el segundo de los casos, es muy posible que tal ceguera sea producida por una acrítica fidelidad a algún esquematismo o cuadrícula.</p>
<p>Tenemos, por ejemplo, el caso <span style="text-decoration:underline;"><a href="http://www.youtube.com/user/MonsterHigh?blend=3&amp;ob=video-mustangbase"><em>Monster High</em></a></span>. <span id="more-117"></span>Esas muñecas monstruosamente bellas o bellamente monstruosas, como se quiera, que se han agotado en todas las tiendas estas navidades, por una sola razón: nuestros hijos/as las pedían a los Reyes Magos, a Papá Noel y demás regaleros. Les resultaban atractivas en algún sentido, imagino, tras mucho verlas en la serie de televisión que protagonizan. Ante esto, son muchos los que han blandido sus prejuicios y se han <em>indignado</em>. Han escrito artículos, como <a href="http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120106/54243663976/pilar-rahola-que-regalo-tan-feo.html">Pilar Rahola</a>, o se han rasgado las vestiduras en foros diversos. Resumiendo: unas muñecas con aspecto gótico no entran en su patrón de belleza, lo cual indica que uno está en el lado bueno de la frontera, mientras que <em>los otros</em>, los partidarios de las muñequitas por resucitar, están infectados de modernidad, de pesimismo, de muerte, de relativismo o de alguna de esas cosas malas pero que muy malas que nos circundan, acechan, deforman, sigilosamente, como el lobo feroz. Resumiendo el resumen: alarmémonos: estamos perdiendo los valores.</p>
<p>Lo primero que sorprende cuando se escucha este tipo de jeremiadas es que la mayor parte de los padres que ahora se <em>indignan</em> (un verbo que está sin duda de moda, por eso lo repito), estaban encantados cuando sus hijos/as pedían que se les regalase una Barbie con su Ken (monísimos), cuyo oculto significado también merecería una mínima inspección que mostrase su filiación semántica con el mundo burgués (<a href="../2011/11/26/masturbacion-y-burguesia-un-arbol-que-no-deja-ver-el-bosque/">que ya hemos analizado en otras ocasiones</a> aquí mismo). Barbie es al individualismo moderno lo que las Monster High son a la posmodernidad y sus aficiones góticas y gore.</p>
<p>Lo que no solemos preguntarnos, como buenos burgueses que somos –aunque ahora el sector pequeño-burgués esté quedando ampliamente mellado por la crisis-, es por la <a href="http://www.youtube.com/watch?v=UTaX1YcLo_M&amp;feature=fvst">relación de parentesco entre Barbie y las Monster High</a>, entre la burguesía y el teñirse de muerte de la humanidad posmoderna. Dicho de otro modo: ¿Por qué las preferimos rubias y no góticas, como la Ivonne de Carlo de la legendaria serie <a href="http://www.youtube.com/watch?v=UzGnjY4klHc"><em>La Familia Monster</em></a> (1964-1966) o la memorable Alaska de <a href="http://www.rtve.es/television/20091125/bola-cristal-vuelve-rtvees/302670.shtml"><em>La bola de cristal</em></a> (80’s) (o la que se despelota ahora en <em>Interviu</em>, recompuesta cual erótica novia de Frankenstein con el Photo-shop), aquel programa de cuando niños patrocinado por la movida madrileña. Creo que la única o mayoritaria respuesta que se daría a esta pregunta por parte de los fariseos de FAMOSA es que tanto Barbie como Ken se adaptan mucho más a ideales estéticos del canon clásico (esto es, el clásicamente burgués), sin más.</p>
<p>Ahí es donde a mí me gustaría hacer unas mínimas aclaraciones, con vocación de promover un cambio en nuestro modo de relacionarnos con los productos culturales y de emitir juicios sobre ellos.</p>
<p>En primer lugar, me parece que -siguiendo uno de esos sabios dichos castellanos: de aquellos polvos estos lodos. Traduciendo: de aquellas rubias estas góticas (Pero que no se lea aquí que tengo nada ni estética ni moralmente contra unas u otras. Evidentemente uno tiene sus preferencias pero no trata de convertirlas en categorías de juicio: son un glorioso resultado, siempre hijo de la generosidad del mundo, nunca un pre-concepto).</p>
<p>Y con esta aclaración viene lo <em>politically uncorrect</em> del post (mi segunda aclaración): poniendo sobre la mesa la noticia de ese <a href="http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/12/internacional/1326372899.html">matrimonio italiano</a> que se ha suicidado porque no se atendían sus <em>justas</em> demandas por parte del gobierno y los políticos de su país. Creo que muchas veces actuamos en nuestras <em>indignaciones</em> culturales como estos mártires de los desfavorecidos, auto-eliminándonos de la ecuación. El procedimiento de auto-supresión es el siguiente: lo que sucede masivamente no me gusta, no lo apruebo, me enerva y saca de mis casillas, y por eso me niego a jugar, porque lo que está sucediendo es <em>indignante</em> y no merece atención, me da asco, me repugna porque sí y basta: en resumen, no está en mi listado de calidad de elementos aprobados. Basar la participación cultural en esta actitud tiene el mismo resultado que el suicidio de Kirilov, cuyo acto, en <em>Los demonios</em> de Dostoievski, pretende demostrar que Dios no existe, y  lo que verdaderamente consigue es quitarse de en medio y no participar en debate alguno.</p>
<p>Por último, me gustaría aportar un último elemento de reflexión a raíz de lo ya comentado. Creo que contra estas polaridades bueno/malo, yo/otros, los míos/los otros, mis convicciones/sus aberraciones, mi estética/su mal gusto, etc., lo único que se potencia es el inmovilismo mental y la incapacidad de afinar las propias opiniones sobre el mundo. A este respecto, considero interesante plantearse la propia infección por lo diferente, por lo que no encaja en nuestros siempre oxidados moldes, por esa alteridad que viene o adviene, sin la cual no seríamos nosotros mismos (recordando aquél tema de la auto-inmunidad que tocamos recientemente en nuestra <a href="../2011/12/24/feliz-navidad-a-todos-los-auto-inmunes-tambien-a-borjamari-jordi-2/">felicitación navideña</a>). En concreto, y centrando la pregunta que aquí nos conviene: ¿Que tenemos nosotros de Monster High? ¿Por qué nuestros hijos/as, y no los hijos/as del vecino, están inquietos por jugar con ellas?</p>
<p>No sé si alguno de los que lee esto han leído a su vez el cómic <em>Los muertos vivientes</em>, en el que se inspira la tan exitosa teleserie <em>The Walking Dead</em>. Una de las reglas del juego narrativo que en él se propone es que todos los humanos están infectados por la epidemia zombi, de modo que se convierten en tales engendros o bien por mordedura y muerte, o bien por mera muerte. Esta segunda opción es la que quiero poner aquí en juego. Por mucho que no nos hayamos convertido, a pesar de que el virus todavía no predomine en nosotros: anida en nuestra sangre. Traduciendo: lo zombi tiene algo de lo humano, es una visión reducida de lo humano, según la cual, como desapercibidamente, continuamente nos tratamos. Por eso, ir al fondo de lo que los muertos vivientes son nos permite plantear mejor la pregunta antropológica en la actualidad. Aunque para desarrollar esto invito a leer mi <em>Ensayo Z. Antropología de la carne perecedera</em>.</p>
<p>Y si alguien no se cree que lo zombi y lo humano están mutuamente infectados que vea la <a href="http://www.youtube.com/watch?v=7MS_FKLIQho">última escena</a> de <em>Dead Set</em> (2008), donde, después de haber arrasado un rápido apocalipsis zombi con toda la población, encontramos a la protagonista, ya convertida, mirando, curiosa y sin apenas entender nada, a la cámara de Gran Hermano. Su ojo añil se convierte en el emblema de ese ojo que Orwell ya situó vigilante tras nuestras pantallas. Incluso extinguidos los humanos, el bulto antropomorfo que es el muerto viviente sigue hablando de todos nosotros y de cómo nos miramos. Incluso una miniserie inglesa, bastante serie B, se convierte en un poema del que es posible aprender, sin quedarse fuera de juego.</p>
<p>Así, para terminar y con toda tranquilidad, puedo decir, con Jorge Fernández Gonzalo, que estas líneas“fueron escritas por un zombi entre otros tantos” (Fernández Gonzalo, 2011, p. 204). Quizás por eso nuestros hijos/as piden las <em>Monster High</em>: para que los padres seamos un poco más humanos y razonemos.</p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Jorge Fernández Gonzalo, <em>Filosofía zombi</em>, Anagrama, Barcelona, 2011.</p>
<p>Jorge Martínez Lucena, <em>Ensayo Z. Una antropología de la carne perecedera</em>, Berenice, Córdoba, 2012.</p>
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		<title>Los vecinos decían que era una persona normal</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Jan 2012 21:04:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>In/ficción</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Alzheimer]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_112" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/01/magic-realism-of-rob-gonsalves81.jpg"><img class="size-medium wp-image-112" title="magic-realism-of-rob-gonsalves8" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2012/01/magic-realism-of-rob-gonsalves81.jpg?w=300&#038;h=174" alt="" width="300" height="174" /></a><p class="wp-caption-text">El laberinto de nuestra normalidad</p></div>
<p>El frío acuchilla en las calles, acosa en los pasillos. En este escenario glacial, el único lugar blindado al constipado es el consumo de productos culturales a modo de medicamento o de fuga a los paraísos artificiales. Aunque, quizás, tanto libro y tanto filme no son más que placebo. Lo que realmente funciona es la manta. Bajo ella voy tramando esta nueva antropología posmoderna sin calefacción, tras mi candente antropología de la carne perecedera (también llamada <a href="http://www.editorialberenice.com/inicio.php?libro=342" target="_blank"><em>Ensayo Z</em></a>).</p>
<p>El pasado diciembre concedieron el III Premio Otras Voces a <em>Habitación doble</em> (2010) de Luis Magrinyà. Obediente a las mareas de la<span id="more-111"></span> opinión pública, estas fiestas lo he leído. Sobre todo por el prurito intelectualoide de que se trata de un galardón concedido a la mejor novela del año con unas ventas inferiores a 3000 ejemplares. Me he dejado caer en el orgasmático tobogán en el que uno se desliza al oír ese oscuro abracadabra que es la palabra <em>minoría</em>, siempre, y a la vez, tan <em>cool, </em>tan<em> vintage</em>, tan <em>cult</em>, tan emblema de la <em>vera</em> cultura.</p>
<p>De la lectura de tan especial artilugio narrativo (relato/s-ensayo) profundamente in-ficcionado e in-ficcioso, no voy a intentar convencer a nadie. Digamos simplemente que es una novela herzoguiana –por el cineasta, no por la novela- en el sentido de que se sale y se meta-sale constante y conscientemente de esta categorización, vulnerando los cánones, sin tapujos ni ambages.</p>
<p>Pero no me interesa ahora esto, sino el retrato del hombre de nuestros días que se muestra ya en el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=FUxZA_BoG6g" target="_blank">complemento recreativo</a> que le acompaña desde <em>Youtube</em>. Por eso, a través de algunos entresacados de tal instalación posmoderna de sentidos, intentaré dibujar un esbozo de la humanidad que amanece en nuestra más hodierna actualidad. Comienzo. Lo primero que me sorprende es la maravilla que les produce a los personajes aseveraciones de sentido común, percibiéndolas con una cierta extrañeza e incluso rebelión antropológica (algo que quizás nos muestra también la <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_471" target="_blank">portada</a> de la obra mencionada):</p>
<p>“(…) las experiencias pasadas no se contentan con haber acontecido, y en algunos casos reacontecido, sino que se ilusionan con la idea de influir en lo que pueda acontecer, y por eso opinan, enérgica e interesadamente. (…) No sé si me explico. Una tiene experiencias, las pasa, y, desde el pasado, las experiencias vuelven. Acosan. Dicen cosas como: «No vayas a hacer lo mismo que la última vez», como si la última vez y esta vez se parecieran en algo” (p. 13).</p>
<p>Y en otro contexto, radicalmente distinto, leemos los pensamientos de un <em>camello</em>:</p>
<p>“Estuve pensando en si la experiencia que estaba a punto de concluir tendría algún significado, o alguna consecuencia, para mí; me dije que las experiencias no tenían por qué significar nada, ni –tal vez- valer nada (…) Bueno, quizá sí significasen algo para alguien” (p. 221).</p>
<p>Esta secreta insurrección hacia lo establecido, hacia las circunstancias dadas y los significados a los que éstas apuntan, vuelve a aflorar en otro de los relatos compendiado en este heteróclito todo narrativo, cuando se dice: “Si he de ser feliz, prefiero que no sea porque los demás me lo exigen” (p. 237). O cuando se nos habla de los meta-relatos y leemos:</p>
<p>“las leyendas son un «lavado» de la sangre derramada a costa de «los poderosos», a fin de que «el pueblo» se consuele pensando que su muerte engrosa los bellos recuerdos de la patria; por debajo de ellas, dice, se vislumbra tan sólo un mundo elemental de pobreza y violencia” (p. 77).</p>
<p>Un hondo anhelo de autenticidad clama desde la última de las células de estos polichinelas <em>posmo</em>, siempre actuando en el quicio de la libertad, de ese deseo de satisfacción bifronte, que parece no ser verdaderamente gozoso si no consiente. El peligro de este drama que se sigue desarrollando en los teatros de la Tierra está en olvidarse del horizonte de lo real (dado al presente por el pasado –aunque ahora intentemos reconvertir el pasado en un <a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/hipertrofia/presente/elpepicul/20120107elpepicul_1/Tes" target="_blank">producto de consumo presente</a>, como bien nos ha contado recientemente el filósofo José Luis Pardo), que no se escoge, y que constituye el único marco de la experiencia y de la felicidad, siquiera como posibilidad.</p>
<p>Otros de los momentos de la narración reseñables a este respecto emancipador, los encontramos de nuevo en las que son, quizás, las dos mejores historias, muy austerianas ambas, centradas en sendos personajes afectados por Alzheimer y depresión profunda, respectivamente. Dos personajes incapacitados para ser ellos mismos, enfermos de la identidad, sea neurológica que psiquiátricamente hablando. En el caso del primero, una de las personas presentes en una cena de amigos, resulta ser alguien que nadie sabe quién es y a quien nadie ha invitado, destapándose así el espejismo en el que vivimos cuando otorgamos una identidad a los demás sin preguntarles quiénes son. El narrador lo articula del siguiente modo:</p>
<p>“Debo insistir en que fue curioso ver cómo una persona que hasta entonces apenas poseía una identidad subsidiaria, definida únicamente como «pareja» de un hombre que acaparaba, como si las mereciera, todas las especulaciones, atraía de pronto la atención, entre salvaje y dogmática, de las mismas personas que habían claudicado sin esfuerzo ante su presencia tolerablemente borrosa. Si no tenía identidad era porque nadie se la había dado, pero, ahora que estaba claro que esta negación se sustentaba en una prerrogativa falsa, aparecía un vacío real, calamitoso, además de inadmisible. Era urgente reunir todas las fuerzas de llenarlo” (p. 173).</p>
<p>Sólo nos sentiremos tranquilos cuando podamos etiquetar al personaje en cuestión… Y así llegamos al insospechado ensayo que funciona como capítulo final de la obra. Nada más y nada menos que una reflexión sobre el libro, escrito a modo de confesiones,  de Lionel Dahmer, padre de Jeffrey Dahmer, más conocido como el carnicero de Milwaukee. Tras múltiples circunvoluciones discursivas se anuncia la muy foucaultiana sospecha sobre la normalidad. Según se insinúa, ésta es nada más y nada menos que un constructo consensuado por inabarcables relaciones de poder. Así, lo normal se hace sinónimo de morbosamente inquietante cuando leemos en los estertores de este libro lo siguiente:</p>
<p>“La normalidad sólo era una máscara, y a lo que nos insta el libro de Lionel Dahmer es a desconfiar de ella, a descifrar sus secretos, a ver por debajo de sus apariencias. Una tarea terrible y dolorosa que deberemos emprender en solitario, porque las instituciones sociales –al menos hasta que se cree el Estado psiquiátrico- no tienen la obligación de ayudarnos y toda la labor de detección y prevención caerá sobre nuestras espaldas. Lionel Dahmer no sólo describe la constitución de la normalidad, sino que, una vez identificados con sus patrones, define nuestra responsabilidad en ella. Porque, si alguna vez, queridos padres, alguien da un portazo y desencadena un terremoto, ese alguien será como usted o como yo” (p. 298).</p>
<p>Y es precisamente ahí donde uno se apercibe de que lo que dice Magrinyà en la dedicatoria –curiosamente escrita al final del libro- es verdad (“creo que es obvio que este libro está dedicado a mi hija Paula” (p.305)). El <em>quid</em> de la cuestión de esta novela-acertijo parece no ser otro que la increíble incertidumbre que se vive hoy educando a los hijos -esas presencias inevitablemente positivas para nosotros, los padres. No tenemos certezas porque nuestra experiencia ha sido desmantelada, no tenemos tradición porque desconfiamos de la experiencia de los demás ya que nos resulta una imposición (ante la propia inanidad e incapacidad crítica), la libertad es concebida como la mera posibilidad de equivocarnos porque el conocimiento es puro vacío. Estamos, pues, en pelota picada (no nos queda ni siquiera un ridículo tanga de mínimos), porque el mundo, la alteridad pasada y presente, así como nosotros mismos, según una cierta sabiduría posmoderna, no somos más que el territorio de lo inexplicable y de lo incomunicable, lo cual nos deja abismalmente lejos de nuestros hijos, que no paran de preguntarnos, como buscando respuestas…</p>
<p>Y mientras tanto, como en el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=oLioQmX4yUY" target="_blank">mítico chiste de Eugenio</a>, el hijo no para de reclamarnos: <em>Papá…</em> No sabe, pobre, que papá es posmo-papá. No sabe leer todavía, pobre diablo, la inscripción de la camiseta negra y ajustada de papá. Ésta reza: <a href="http://www.google.es/imgres?imgurl=http://blogs.elpais.com/.a/6a00d8341bfb1653ef0133f000df15970b-500wi&amp;imgrefurl=http://blogs.elpais.com/el_rincon_del_distraido/luis-magrinya/&amp;h=750&amp;w=500&amp;sz=39&amp;tbnid=qTNh4ucZguKsKM:&amp;tbnh=105&amp;tbnw=70&amp;prev=/search%3Fq%3DLuis%2BMagriny%25C3%25A0%26tbm%3Disch%26tbo%3Du&amp;zoom=1&amp;q=Luis+Magriny%C3%A0&amp;docid=65jcTiE753vwlM&amp;hl=es&amp;sa=X&amp;ei=3pwMT4eZDJHqOe-_0aoH&amp;ved=0CD0Q9QEwAw&amp;dur=1573" target="_blank">“LOS VECINOS DECÍAN QUE ERA UNA PERSONA NORMAL”</a></p>
<p>Jorge Martínez Lucena</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Luis Magrinyà, Habitación doble, Anagrama, Barcelona, 2010.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/inficcion.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/inficcion.wordpress.com/111/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inficcion.wordpress.com&amp;blog=28235083&amp;post=111&amp;subd=inficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Feliz Navidad a todos los auto-inmunes (también a Borjamari-Jordi)</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 15:16:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>In/ficción</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_95" class="wp-caption aligncenter" style="width: 289px"><a href="http://inficcion.files.wordpress.com/2011/12/nativita12.jpg"><img class="size-medium wp-image-95" title="nativita1" src="http://inficcion.files.wordpress.com/2011/12/nativita12.jpg?w=279&#038;h=300" alt="" width="279" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Extraña familiaridad, la de la Natividad</p></div>
<p>Con la Navidad, en el mundo cristiano, siempre se ha conmemorado y designado un suceso histórico impensable: lo imposible irrumpiendo en el mundo de lo posible, aunque manteniendo su posibilidad/imposibilidad  intacta. Los más crédulos/creyentes, incluso sostienen que esta eventualidad sigue acaeciendo en toda su pertinencia. Los belenes, los <em>pastorets</em>, <a href="http://www.youtube.com/watch?v=LhryawWLErI">los Papanoeles</a>, <em>Cagatiós</em>, Reyes Magos, la italiana <a href="http://www.youtube.com/watch?v=wUHDmAa2xZw&amp;feature=related">Befana</a>, y las <a href="http://www.youtube.com/watch?v=pSLOnR1s74o">variopintas liturgias laicas</a> y religiosas intentan representar esto de modo sencillo y tradicional. Pero el único modo humano de ser fiel a la tradición es desafiar su actualidad. No hay nada interesante en la tradición sino su capacidad de anunciar y abrazar lo nuevo.<img title="Más..." src="http://inficcion.wordpress.com/wp-includes/js/tinymce/plugins/wordpress/img/trans.gif" alt="" /><span id="more-94"></span></p>
<p>En muchas ocasiones, la metanoia o conversión posibilitada por la imposibilidad de la encarnación, suele representarse literariamente en figuras extremas como el Raskolnikov de <em>Crimen y Castigo</em>, el <em>Miguel Mañara</em> de Milosz, el cura rural de Bernanos, el Jean Valjean de <em>Los miserables</em> o el requetenavideño Ebenezer Scrooge del infinitamente recontado <em>Cuento de Navidad</em>. Se trata de personajes extremos, marcados y acosados por su pasado, dispuestos a arriesgar la vida entera por encontrarle algún destello de sentido a ese lodazal que es la supervivencia en el subsuelo, tan tematizada por Dostoievski. Ante personajes de este calibre, nos descubrimos. Sin embargo -¿quién podría negarlo?- éstos son un poco lejanos en nuestras desencantadas geografías tardo-burguesas.</p>
<p>Mi intención/experimento aquí va a ser el de recrear un personaje aglutinante de dos características básicas: ser un pequeño-burgués y practicar la religiosidad cristiana occidental. ¿Es posible que en la vida de este ficticio cobaya se produzca la irrupción de algo llamado Navidad consistente en acontecimiento inaudito que cambia el modo de mirar y valorar las cosas? Dicho sencillamente y en literario: ¿es posible que personajes del entorno del Joseph K. de <em>El proceso</em>, del Gregorio Samsa de <em>La Metamorfosis</em>, de la Marisa Vaughan de <em>La Señora Dalloway</em> o del Ulrich de <em>El hombre sin atributos</em> cambien de mentalidad, por mucho barniz cristiano que pudiera dársele a sus creencias? Uno piensa inmediatamente en los evangélicos y pre-cristianos Zaqueo o Mateo, tan recurrentemente representados en la historia de la pintura…  ¿No tenemos acaso potenciales Zaqueos entre las filas católico-burguesas?</p>
<p>Pero dejemos el arte y vayamos al día a día. Volvamos, recordemos, imaginemos, suspendámonos entre la realidad y la ficción. Fijemos el foco sobre un supuesto personaje satírico que llamaremos aleatoriamente <a href="http://www.youtube.com/watch?v=CdEaLUPwAD4&amp;feature=related">Borjamari</a>, aunque siendo de Barcelona y alrededores podríamos también llamarle <a href="http://www.youtube.com/watch?v=Qkby3p_IV58">Jordi</a> (somos tantos…). Se trata del arquetipo de pequeño-burgués cristiano. Este hombre deambula repeinado con una nítida raya al lado, ataviado con un impecable, clásico y marengo traje cuya chaqueta cruzada deja aparecer unos puños de camisa blancos solícitamente ensartados por un magnífico par de gemelos dorados. Taconea ostentosa pero civilizadamente con sus relucientes mocasines SEBAGO, como anunciando la firmeza de sus principios cristianos y su insobornable voluntad de enfrentarse a todos aquellos que osen vulnerar alguna de esas sagradas causas que son la familia, la vida, la moralidad y los siempre prestos valores cristianos. Nuestro héroe marengo es el cabeza de familia que dispone de su tiempo para medrar y mejorar, para ganar puntos con sus jefes de traje todavía más a medida y caro que el suyo y corbata de cenefa clásica cándidamente atornasolada. Todo por la familia, que es el verdadero prójimo: ése que es tan cercano a uno que casi se confunde con uno mismo. Borjamari-Jordi es inteligente, eficiente, eficaz, productivo, tecnocrático, coherente, sagaz, realista hobbesiano –ya se sabe que la gracia de Dios es algo que llueve a posteriori del <em>homo homini lupus,</em> bañándonos en sus lluvias de purpurina y otras dádivas- y milita en causas justas y doctrinalmente sanas y limpias, sobre todo limpias. Vive en barrios homologados de <em>buena gente</em>, sonríe ante bromas estandarizadas y previsibles salpimentadas de atenuado racismo, socarrón machismo y sexualidad acomplejada, pilota algún coche alemán, siempre rutilante y perfumado, y nunca deja de asistir a la misma misa dominical con todos sus hijos uniformados al estilo hermanos Dalton de centro-derecha, con sus hijas ataviadas con faldas plisadas de uniforme como si acabasen de salir del Anime japonés, aunque sin catana y en modositas, y su atractiva mujer, sobriamente emperifollada con castos pendientes de perla, coronada por un peinado minuciosamente descuidado. Toda la familia siempre muy recta. Todos contenidos hasta el estreñimiento e intentando justificar cualquier salida de tono con sonrisas cómplices al resto de integrantes de la misma clase u horda pequeño-burguesa, tan empalados todos por invisibles y erectas escobas.</p>
<p>Dostoievski se preguntaba si un hombre culto, un europeo contemporáneo, podía realmente creer en la divinidad de Jesucristo. Yo me pregunto aquí si este esquemático y kafkiano pequeño-burgués católico de nuestros días cree realmente en la Navidad tal y como la hemos definido, es decir, como algo <a href="http://www.youtube.com/watch?v=oDc2aIunnr0">imprevisible</a> (no estereotipado) que sustraería de la homologada existencia, no porque añadiese nada a la realidad, sino porque, en la misma realidad nos permitiría vislumbrar una riqueza de relaciones y una totalidad de significados que hasta el momento nos habrían pasado completamente desapercibidos. La vida se convertiría en algo inyectado de una alegría más potente que la muerte (y que el qué dirán…).</p>
<p>La incompleta respuesta que soy capaz de dar a este acertijo pop navideño, es que la Navidad sería algo así como que yo pudiese mirar a Borjamari-Jordi sin cabrearme o -dependiendo de cómo se mire- que Borjamari-Jordi no despertase en mí tal animadversión, náusea y desprecio, recordándome cómo somos capaces de <em>jibarizar</em> la propia existencia y los propios ideales.</p>
<p>Y eso es lo que pasó el otro día: me encontré a Borjamari-Jordi y, pese a su incomodidad ante mi presencia, me despertó una mezcla de lástima y ternura, y me di cuenta de que todo lo que tiene y toda la obsesión que tiene por protegerlo y mantenerlo no es otra cosa que un instrumento para su malestar: para que se dé cuenta de que, pese a su discurso, es un zombi Ralph Lauren, como la mayoría de nosotros. En esto, me sumo a Millás cuando decía, en un <a href="http://www.elpais.com/articulo/ultima/marcha/elpepiult/20110225elpepiult_2/Tes" target="_blank">artículo</a> de hace no tanto: “Los hay que se resignan, aceptando lo ocurrido [la existencia perfectamente planificada] como una suerte de jubilación anticipada y forzosa, una especie de pequeña muerte a la que tarde o temprano, a base de sofá y telebasura, piensan, se acostumbrarán. Pero la mayoría, me gusta imaginar, espera tenazmente el regreso de esa vida, desde donde quiera que esté, para subirse de nuevo a ella, y vivirla, en esta oportunidad, con mayor frenesí que antes. La mitad de la gente que vemos bajo las marquesinas callejeras -yo entre ellos- fingiendo esperar al autobús, esperan en realidad que vuelva a pasar su vida por delante para retomarla de nuevo, aunque sea en marcha.”</p>
<p>Pese a lo dicho, la burguesía no es un atributo que se pueda otorgar sólo a los arquetipos radiografiados anteriormente. La mayoría tendemos a aburguesarnos porque no nos gusta estar a merced de la voluntad de otro, ya que nos inclinamos a considerarnos los mejores valedores de nosotros mismos. Estamos estúpidamente persuadidos de que el mejor escenario de nuestras vidas es el que nosotros mismos somos capaces de pertrechar, convirtiéndonos al unísono en actores principales, tramoyistas y carceleros. Los decorados de cartón-piedra que logramos levantar, nuestros más esforzados y consistentes logros, no consiguen eliminar esa insatisfacción que solicita sin descanso nuestra atención.</p>
<p>Hablando de la humana auto-inmunidad, esto es, de la consustancial apertura a la alteridad que somos, Derrida ha comentado que ésta “no es un mal absoluto. Permite la exposición al otro, a lo <em>que </em>viene y a <em>quien </em>viene —y debe pues permanecer incalculable—. Sin autoinmunidad, con la inmunidad absoluta, nada ocurriría ya. Ya nadie esperaría nada, nadie se esperaría nada, no se esperaría el uno al otro, ni se esperaría ningún acontecimiento (Derrida, 2005, p. 182). Sin la constante posibilidad de ese acontecimiento que en nuestra historia occidental es la encarnación, estaríamos condenados a ser los <a href="http://www.youtube.com/watch?v=DTSBw3xoEyY">burgueses de Haneke</a> o  los zombis de <em><a href="http://www.youtube.com/watch?v=waoPreCwO4Y">The Walking Dead</a></em>, siempre obsesionados por asimilar la alteridad cual bolo alimenticio…</p>
<p>Por todo esto, que nos acomuna, os deseo Feliz Navidad a todos, porque si la Navidad es lo que supuestamente es, resulta, cuanto menos, deseable y esperable por todos. Incluso por Borjamari-Jordi, y especialmente por mí: todos auto-inmunes.</p>
<p><strong>Bibliografía </strong></p>
<p>Jacques Derrida, <em>Canallas. Dos diálogos sobre la razón</em>, Trotta, Madrid, 2005.</p>
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